Frank se marchó y Lena miró por la ventana, que daba al césped de la residencia. Había basura por todas partes, y las latas de cerveza se amontonaban hasta formar un monumento junto al aparcamiento de bicicletas.

– Parece que aquí ha habido una fiesta -afirmó Jeffrey.

– Supongo -dijo Lena.

– A lo mejor ese chaval Jeffrey señaló a Scooter- se pasó de la raya.

– A lo mejor.

– Me parece que en este campus tenéis un problema con las drogas.

Lena se volvió hacia él.

– A lo mejor deberías hablar con Chuck.

– Claaaro, él siempre está al tanto de todo -dijo Jeffrey con sarcasmo.

– Tal vez quieras saber dónde estaba este fin de semana.

– ¿En el torneo de golf? -preguntó Jeffrey, acordándose de la primera plana del Grant Observer.

Supuso que Lena se refería al padre de Chuck, y que intentaba recordarle a Jeffrey que Albert Gaines podía buscarle las cosquillas.

– ¿Por qué trabajas en contra mía, Lena? ¿Qué me ocultas? -preguntó Jeffrey.

– Tu testigo está aquí -dijo Lena-. Será mejor que me reúna con mi jefe.

– ¿Por qué tanta prisa? -preguntó Jeffrey-. ¿Temes que tu novio vuelva a pegarte?

Lena apretó los labios y no contestó.

– Quédate -le dijo, dejando claro que se trataba de una orden.

Ethan White apareció por el pasillo acompañado de Frank. Andaba con parsimonia, y llevaba su habitual camiseta negra de manga larga y sus tejanos. Tenía el pelo mojado y una toalla en torno al cuello.

– ¿Dándote una ducha? -preguntó Jeffrey.

– Exacto -dijo Ethan, secándose el oído con el borde de la toalla-. Estaba eliminando las pruebas después de haber estrangulado a Scooter.

– Esto parece una confesión -dijo Jeffrey.

Ethan lo miró con causticidad.

– Ya hablé con su ayudante la cerdita -dijo, mirando a Lena.

Lena le devolvió la mirada, haciendo aún más tensa la situación.

– Cuéntamelo a mí -dijo Jeffrey-. ¿Vives en la primera planta? -Ethan asintió-. ¿Para qué subiste?

– Necesitaba pedirle unos apuntes a Scooter.

– ¿De qué asignatura?

– Biología molecular.

– ¿A qué hora fue eso?

– No lo sé -contestó Ethan-. Unos dos minutos antes de la hora en que la llamé.

Lena pensó que debía aclarar ese punto.

– Yo estaba en la oficina de seguridad. No me llamó, simplemente dio la casualidad de que estaba al teléfono.

Ethan agarró los extremos de la toalla.

– Me fui cuando llegaron. Eso es todo lo que sé.

– ¿Has tocado algo de la habitación?

– No me acuerdo -dijo Ethan-. Estaba un poco nervioso, acababa de encontrarme muerto en el suelo a un compañero de clase.

– No es el primer cadáver que ves -le recordó Jeffrey.

Ethan levantó las cejas como diciendo «¿Y qué?».

– Quiero que hagas una declaración formal en la comisaría.

Ethan negó con la cabeza.

– Ni hablar.

– ¿Estás obstaculizando una investigación? -le amenazó Jeffrey.

– No, señor -replicó Ethan enseguida. Sacó una hoja de cuaderno del bolsillo trasero y se la entregó a Jeffrey-. Esta es mi declaración. La he firmado. Volveré a firmarla ahora si quiere ser testigo de ello. Creo que legalmente no tengo ninguna obligación de hacerlo en comisaría.

– Te crees muy listo -dijo Jeffrey, sin coger la declaración-. Crees que puedes escabullirte siempre sirviéndote de argucias legales. -Señaló a Lena-. O a base de hostias.

Ethan le guiñó un ojo a Lena, como si compartieran un secreto especial. Lena se puso tensa, pero no dijo nada.

– Te pillaré -dijo Jeffrey-. Puede que no ahora, pero estás tramando algo, y voy a crucificarte por ello. ¿Me has oído?

Ethan soltó el papel, y éste cayó al suelo, revoloteando.

– Si eso es todo… -dijo-, tengo que ir a clase.

<p>10</p>

Sara condujo desde el campus al depósito como una autómata, dando vueltas a los detalles de las autopsias realizadas la noche anterior. Había algo en la muerte de Andy Rosen que la inquietaba y, contrariamente a Jeffrey, necesitaba algo más que una coincidencia para calificarlo de asesinato. Como mucho, Sara podía afirmar que se trataba de una muerte extraña, e incluso eso resultaba aventurado. No había ninguna prueba científica que apuntara a que se trataba de un montaje. El análisis toxicológico había resultado negativo, y la autopsia no indicó nada raro. Era muy posible que el suicidio de Andy Rosen no fuera más que eso.

El caso de William «Scooter» Dickson era distinto. La pornografía que había en su vídeo, la espuma entre el cinturón y la piel para que no le quedaran marcas, el cinturón en la pared, que sin duda llevaba allí mucho tiempo: todo indicaba un caso de asfixia autoerótica. Sara sólo había sido testigo de otro caso en su carrera, pero habían aparecido varios artículos sobre el tema en la Journal o f Forensic Science un par de años atrás, cuando la estrangulación manual había alcanzado su máxima popularidad.

– Mierda -dijo Sara al darse cuenta de que se había pasado el hospital.

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