Pero tú y yo tenemos un problema: necesitamos dinero. (Dinero, dinero, metal sin corazón, no compra lo que quiero, que decían el tango y mi tía Reme, pero sí paga las facturas.) Y la única forma en la que tu madre ha demostrado, hasta el día de hoy, que sabe conseguir tan vil metal es escribiendo. La pena es que ahora mismo tu madre, yo, se ve incapacitada para hacerlo sobre otra cosa que no seas tú y tus circunstancias, las razones por las que llegaste, a través de mi cuerpo, hasta aquí. Y escribir sobre ti es arriesgarse mucho, es poner la propia vida en bandeja, festín en una orgía de palabras que muerden, a disposición de cualquiera que desee trincharla y desmenuzarla. Sí, por supuesto, estas notas se expurgarán convenientemente y se eliminará cualquier referencia que pueda hacer reconocible a algunos personajes, se cambiarán los nombres y me escudaré además en eso que se dice de que la ficción es siempre ficción y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Aunque, a fin de cuentas, ¿qué es realidad? Algo tan maleable, gaseoso e inasible… En fin, no tengo ni idea de si esto se publicará o no. Puede que te dé estas notas cuando cumplas los dieciocho años y entonces tú decidirás. O, si resuelvo publicarlo antes, lo haré previa poda y censura y luego tú tendrás el dudoso honor y privilegio de acceder a las partes no rechazadas, para que sepas qué tipo de madre te ha tocado en gracia. De todas formas, para cuando estés en condiciones de leer esto, me temo que ya tendrás una idea bastante precisa sobre el particular.

(Por cierto, cuando yo dudaba sobre si aceptar o no el encargo de Enganchadas, tu madrina Consuelo -una de tus muchas madrinas, porque tú eres demasiado especial para tener una sola-, doula en tu nacimiento y «hermana en dios» de tu madre -así se les llama a las mujeres que asisten al parto de otra-, insistía en recordarme, para convencerme de que escribir por dinero no es algo indigno ni mucho menos, que Dostoievski escribió El jugador a toda prisa porque necesitaba pagar unas deudas. Pues dicho -escrito- queda.)

Verás, me acuerdo de cuando tú llevabas cuatro meses o más dentro de mí y eras un feto que medía aproximadamente dieciocho centímetros y pesaba cerca de ciento veinte gramos. Algunas partes de tu esqueleto ya se habían endurecido en forma de huesos y los músculos del cuello y la espalda ya podían sostenerte la cabecita hacia arriba. Eras todo un pequeño ser humano, ovillada flotante en la placenta, donde el amor era un fruto que pesaba y maduraba, con diez dedos en las manos y diez dedos en los pies, cada uno rematado con su correspondiente uñita. Ya te movías y yo ya sabía que eras una niña. Y que te ibas a llamar Amanda. Pues bien, entonces tuve que ir a Barcelona a promocionar Enganchadas porque acababan de lanzar, como antes te dije, su decimoquinta edición. En Cataluña es tradición que los enamorados se regalen por Sant Jordi una rosa y/o una espiga de trigo (según rezaba la tradición, el chico debía regalarle a la chica una rosa y una espiga, símbolos del amor y la fertilidad, y ella a él un libro, pero con la emergencia de lo políticamente correcto y el auge del movimiento gay, ahora cada cual regala rosa, o libro, o ambas cosas, sin que el género del destinatario cuente demasiado). La cuestión es que la calle se llena de tenderetes y casetas de venta de libros y flores y hay una muchedumbre enorme que se desplaza de un lado a otro de la ciudad, rosa o libro en mano, a la búsqueda del amante; o con las manos vacías y ávidas de comprar el susodicho ejemplar o la rosa que, si no se destinan al enamorado, irán a parar a la madre, la tía, la mejor amiga, la vecina del quinto… (Yo, sin ir más lejos, recibí aquel mismo día unas quince rosas, todas ellas con su correspondiente espiga pese a que a mí puñetera la falta me hicieran los amuletos para la fertilidad.) El caso es participar en la fiesta, regalar y ser regalado.

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