Como suele suceder con la mayoría de las tradiciones, ésta también se comercializó, lo que significa que las librerías catalanas encargan los pedidos más grandes del año para el día de Sant Jordi, que las editoriales envían en esa fecha a sus escritores estrella a firmar libros a Barcelona, y que hay un montón de autores que se enfadan con sus editores porque no les han considerado lo suficientemente importantes como para pagarles un billete y una noche de hotel a fin de que en tan señalado día puedan encontrarse firmando sus obras en un puesto de las Ramblas. Y no sé a qué les viene el cabreo, porque si al final conmovieran a sus editores y les tocara hacerse el paseíllo de tenderete en tenderete igual hasta se arrepentían de tanta súplica tras acabar baldados (no, si ya lo decía santa Teresa, líbrame Dios de las plegarias atendidas), porque al escritor firmante en Sant Jordi le despiertan a las siete de la mañana y desde las diez hasta las nueve de la noche (exceptuando la pausa de la comida) se las pasa de caseta en caseta, desplazándose de un lado a otro de la ciudad y firmando libros hasta que se le agarrotan las articulaciones. Eso si tiene suerte, como yo -toco madera-, y firma, que también los hay que se la pasan mano sobre mano mirando desfilar al gentío y sin que nadie les venga con un triste ejemplar de su obra.

En fin, que debían de ser la seis de la tarde y estábamos en el puesto de El Corte Inglés tu tía Paz (tía adoptiva y no biológica), Bea (la chica de prensa de la editorial) y yo, alucinadas ante el panorama que se nos presentaba: frente a nosotras había una fila, una fila, de gente que venía a comprar un libro sobre el que se estampara una firma MÍA, de tu madre. Bien que no se trataba de una fila muy larga, en realidad no habría allí más de cinco personas (dos casetas más allá Andreu Buenafuente tenía a una masa de cientos de individuos apiñándose y poco menos que pegándose codazos por conseguir su rúbrica estampada en un libro de monólogos), pero seguía siendo una fila, y ya era más de lo que tenían otros escritores que miraban al tendido con cara de aburrimiento y mano inmóvil. Me invadió un sentimiento ambiguo: por una parte me halagaba tener lectores, y estaba segura de que el día en que la suerte cambiara y me encontrase de la noche a la mañana sin ellos me vería más deprimida que Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses, por mucho que prefiriera que mi público me amase más por una novela que por un libro de encargo (aunque, como bien decía tu casi madrina Consuelo, la misma que dijo aquello de que no era indigno escribir por dinero, al fin y al cabo Enganchadas era una mezcla entre libro de cuentos y nuevo periodismo; es más, acabó comparándolo con A sangre fría por aquello de la realidad confundida con la ficción, con lo cual si bien no contaba con lectores de novela, al menos sí contaba con lectores, y menos daba una piedra: con Consuelo por amiga, la que no se consuela es porque no quiere). Pero, por otra, los desconocidos me inspiran un miedo terrible, por no hablar del temor al compromiso y a la responsabilidad que a tu madre la caracteriza, y que hace que, cuando siente que alguien la admira por cualquier razón -razón, en cualquier caso, para ella incomprensible- se sienta agobiada por una especie de tenaza que le aprieta la garganta a fuerza de pensar que no va a estar a la altura de lo que esperan de ella. Es por eso que necesitaba a Paz y a Bea cerca, porque si no me hubiera visto incapaz de quedarme allí sentada, de dedicarles sonrisas a cada uno de mis «clientes» y de comportarme con cierta amabilidad.

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