Y ninguno se lo hemos reprochado.
Una no sabe si las cartas adivinan lo que va a pasar o si la programan para ello. Por ejemplo, si unas cartas te aseguran, como a mí me dijeron en su día, que en septiembre vas a tener una bronca con tu novio y romperás con él, y llega septiembre y efectivamente tienes una bronca con tu novio porque con tu novio tienes broncas de media una vez al mes y tirando por lo bajo, y entonces te dices: «Ésta es la bronca, estaba escrito, tenemos que terminar», y le dejas, esa ruptura ¿estaba escrita en el destino o la has propiciado tú misma porque ya te habías convencido de que tu destino era ése? Y si te dicen más tarde que otras cartas aseguran que en un viaje vas a encontrar el amor con A mayúscula, y si también lo asegura el sueño que tuvo una amiga tuya, ¿no saldrás a la calle mucho más confiada que de ordinario, mejor vestida y peinada, más acicalada? ¿Y quizá no saldrás, como de costumbre, convencida de que no merece la pena que nadie repare en ti, sino muy al contrario, completamente segura de que van a hacerlo, pues al fin y al cabo eso te han dicho las cartas y nunca te han fallado? ¿Y no serás más amable con cualquier desconocido que te aborde en un bar, no le atenderás con el espíritu dispuesto y la sonrisa a flor de labios?
De forma que cuando sucedió lo excepcional, es decir, que yo saliese de marcha a los dos días de llegar a Nueva York y conociese al que tenía todas las papeletas para salir elegido como mi hombre en el sorteo de la vida, lo encontré como la cosa más natural, y no porque me lo hubiesen predicho las cartas, sino porque había salido a buscarlo.
Era viernes, primer viernes de mes y, como era de esperar, quedé con Sonia, que me había asegurado por teléfono que se moría de ganas de verme y que quería llevarme, me dijo, a un club de jazz nuevo en el que tocaba aquella noche su última conquista, «uno de los tíos más guapos que me he tirado nunca», según aseguró, aunque lo cierto es que solía decir lo mismo de cada hombre con el que se liaba, si bien tampoco es menos cierto el hecho de que Sonia siempre se ha liado con hombres guapísimos y cualquier varón bien plantado despierta en ella el instinto adquisitivo del coleccionista de trofeos. De hecho, una de las razones por las que sigue viviendo en Nueva York a pesar de que los alquileres puedan calificarse como mínimo de astronómicos, las relaciones personales casi no existan, los inviernos sean para tártaros y la comida un asco es, según me confesó una vez -recalcando con seriedad que me lo decía muy en serio y sin atisbo de ironía-