Una historia familiar que te va a hacer gracia: el que fuera mi tío Miguel, marido de la Reme, fue -antes de casarse con ella- novio de mi madre durante muchos años. Por entonces salían varios amigos juntos en pandilla y no sé cómo Miguel acabó por casarse con Reme y Eva con Vicente, diez años mayor que su hermana. No sé ni dónde ni cuándo escuché lo que te voy a escribir, pero alguna vez, de pequeña, oí a las viejas comadrear. Probablemente pensarían que yo era demasiado chica para enterarme de lo que decían, que si mi madre se casó con Vicente fue en realidad para poder estar cerca de Miguel. La verdad es que de ser cierta la historia quedaría muy romántica y muy novelesca, pero entonces no se explicaría el afecto profundísimo que le profesaba y le profesa la tía Reme a mi madre, a no ser que se encariñara con ella llevada por la pena o por la curiosidad morbosa e, incluso, puestos a rizar el rizo, por una oculta bisexualidad, porque decía Freud que los celosos lo son porque al imaginar posibles aventuras de sus amantes utilizan un truco del subconsciente para visualizar sin culpa a personas de su propio sexo en situaciones eróticas. En todo caso, esta tercera explicación ya se pasaría de rocambolesca y, de cualquier forma, el tío Miguel murió antes de que yo naciera, así que si hubo alguna historia de amor digna de culebrón venezolano que se hubiera podido entrever en las reuniones familiares -miradas de soslayo seguidas de mejillas ruborosas, un temblor sospechoso a la hora de servir la sopa o sostener la cuchara, ya sabes, algo tipo
Por cierto: ¡ha llegado el Kit Bag! Y es mucho mejor de lo que imaginaba, tiene hasta un cambiador de hule con su propio compartimento. A partir de hoy soy una madre organizada.
He encontrado unas fotos de la boda de mis padres en la basílica de Santa María de Elche, capricho de mi madre, por aquello de su devoción a la Virgen de la Asunción (ay, si su pobre abuelo hubiese levantado la cabeza…). Por lo visto le costó muchísimo casarse allí porque ya en aquellos tiempos había una lista de espera interminable, pero como el Mestre de Capella del Misteri era pariente (mi madre vivió toda su vida en Alicante, pero había nacido en Elche, y de allí era toda su familia), la cosa se solucionó, y además los del Coro del Misteri le cantaron en la boda. Se casó tarde para la época, casi a los treinta años. Yo nací cuando ella tenía más de cuarenta, muy mayor para parir según los cánones de entonces. Mi llegada fue un milagro, como la tuya.
12 de noviembre.
Cuando hoy he llegado al hospital me he encontrado con que a tu abuela la han trasladado a una habitación individual dentro de la UVI. Un lujo asiático, porque en toda la unidad sólo hay tres cuartos independientes. Le he preguntado a Caridad el motivo de tal cambio. ¿Te acuerdas de aquel señor que tenía que ir y volver desde fuera de Madrid? Pues su mujer se ha muerto. Y mi madre ahora ocupa su cama.
Dice Asun, que hoy estuvo por la mañana, que el señor lloraba bajito, igual que un niño pequeño.
Mi madre sigue sin volver en sí. Le he preguntado a Caridad si creía que eso era mala señal. Me ha dicho que si la cosa sigue así le tendrán que hacer un TAC para ver si ha habido lesiones en el cerebro. ¿Y si las hubiera?, he preguntado. Primero se ha quedado muy callada, como sin saber qué decirme, luego me ha explicado que hay mucha gente que tarda en despertar tras la sedación, que no es lo normal pero que tampoco es raro, que el hecho de que siga inconsciente no implica necesariamente lesiones.
– Ya, entiendo. Pero si hubiera lesiones, ¿qué pasaría?
– Pues que habría que desconectar.
Inmediatamente, como para cambiar de tema, Caridad me ha preguntado si mi madre bebía mucho. Le he respondido que no, casi nunca. Que estoy casi segura de que los médicos se lo tenían prohibido desde joven por lo del soplo del corazón. Al parecer es muy rara una pancreatitis semejante en alguien que no bebe. También podría ser que hubiera tenido algún accidente en el que pudiera haber recibido un golpe en el abdomen. Le dije que sí, que había tenido varios accidentes (el más aparatoso a la vuelta de un viaje que hizo con mi tía Eugenia de peregrinación a Fátima, se ve que la Virgen no las protegió mucho), pero ninguno grave. Y tuve que admitir que conocía poco de su vida, que apenas me contaba nada de su pasado, que las pocas anécdotas que conozco me han llegado a través de familiares. No quise decirle que en realidad mi madre y yo hablábamos bastante poco.
Cuando vuelvo a casa me encuentro a Tibi apoyado, literalmente, en el quicio de la mancebía. Otra vez impecablemente vestido de chaqueta y corbata, un traje a todas luces insuficiente para resguardarle del frío pelón que hace.
– Tibi, ¿no te congelas?