Yo, al principio, tampoco reaccioné, y me quedé allí plantada, ahogada de humillación, como si me hubieran atornillado al pavimento, porque no me acababa de creer lo que había pasado. Sí, por supuesto que me habían pegado antes. Me había pegado mi padre, me había pegado mi hermano Vicente en alguna de las numerosas riñas domésticas, me había pegado algún novio borracho en la primera adolescencia, pero nunca habría esperado que me pegase un señor que vestía de Dolce amp; Gabanna, que desayunaba con champán (rectifico, espumoso californiano) y que cenaba en restaurantes en los que hay que reservar mesa con semanas de antelación, y porque además, no sé, desde el principio toda la historia había parecido tan perfecta y tan suave… Y de pronto caigo en la cuenta de que de alguna manera todo encaja: los trajes de Versace, las conversaciones inexistentes, las rayas de cocaína en la piscina, las horas que me he pasado haciendo nada mientras él habla de cifras y acuerdos y hace un trato aquí y negocia otro allá y ni se toma la molestia de explicar a la rubia que le sigue a todas partes como un perrito faldero qué son todas esas cosas tan importantes que discute con los hombres trajeados y que le impiden dedicarme un poco de atención, y reconozco, gracias a un instinto primario e instantáneo parecido al que al caminar nos hace poner un pie delante de otro antes de que tengamos tiempo de pensarlo, una historia parecida a tantas historias que ya he vivido y a tantas historias que ya he escuchado en boca de aquellas mujeres que asistían a la terapia de grupo, y me vienen de pronto a la memoria y cobran retrospectivamente un valor de advertencia, de presagio, y me digo que esto es sólo el principio, que a partir de ahora todo va a acelerarse rodando cuesta abajo.
Ahí está el taxi, frente a nosotros.
Entra, me dice él.
No.
No seas idiota, entra.
No.
No es tonto, no me va a meter en el taxi a la fuerza, no delante de toda esta gente, no siendo él el FMN. Puede que en realidad se muera de ganas de cogerme de los pelos y meterme en el vehículo a patadas, pero no lo va a hacer.
Pues muy bien. Ahí te quedas. Él entra y cierra de un portazo, mientras el taxi se pierde engullido por el tráfico.
Diez minutos después, yo encuentro otro taxi que me lleve a casa. El conductor se pasa el trayecto entero intentando convencerme para que me vaya a tomar una copa con él.
Sé que me ha tomado exactamente por lo que parezco.
15 de noviembre.
Nos reciben dos médicos en el cuartito destinado a la información a familiares. Sólo por la expresión de sus rostros ya sé, antes de que abran la boca, que las noticias no son buenas. El doctor nos explica que el resultado del electroencefalograma muestra un daño en la corteza cerebral. Es decir, en algún momento ha habido falta de riego de oxígeno, una anoxia. Esto significa que, en el caso de que mi madre sobreviviera, es bastante probable que esa falta de riego en el cerebro le haya afectado a las facultades mentales. Que volvamos a casa con una niña de dos años encerrada en un cuerpo de ochenta.
El lunes le harán otro TAC y un escáner para verificar si hay daño en la región subcortical, por si hubiera una lesión más grave.
– Y entonces -dice el médico más mayor-, tendríamos que actuar en consecuencia.
No hace falta que me explique qué se entiende por «actuar en consecuencia»: desconectar el respirador. Mi padre se queda tan blanco como si acabara de ver pasar un fantasma por el cuarto. El doctor joven, que ha debido de notar el impacto de las palabras de su compañero en mi padre, intenta arreglar la cosa.
– De todas formas, han de recordar que la palabra más importante en medicina es siempre paciencia.
– Y resignación -añade el mayor-, una palabra desgraciadamente muy olvidada en la cultura occidental.
Parece que estén jugando a poli bueno y poli malo.
– Estamos haciendo todo lo posible, podemos asegurárselo. Pase lo que pase, nunca se podrá decir que no lo hemos intentado todo -dice el joven-. El problema es que en nuestra cultura el proceso de vejez se está dilatando hasta extremos insospechados desde hace menos de medio siglo, y con la edad se van acumulando los factores de riesgo. Es por eso que una simple pancreatitis como la de su madre puede provocar una reacción en cadena y desatar un proceso de altísimo riesgo.
Él no lo dice, pero yo interpreto el subtexto: ¿es mejor morir más joven o apurar la carrera hasta los cien años a costa de sufrir muchísimo en el último tramo?
– Y… -intervengo yo-, ya sé que esta pregunta es difícil de contestar, pero, más o menos, ¿con cuántas posibilidades contamos?
– A esa pregunta no le puedo contestar -me responde el médico joven-. Nunca se puede contestar. Aquí las cosas dan muchas vueltas. Llegan pacientes con un cuadro muy simple, que a primera vista no es mortal, y de la noche a la mañana la cosa se complica y fallecen, mientras que entran otros por los que nadie apuesta y acaban saliendo adelante. Nosotros aquí estamos muy acostumbrados a ver milagros.