Estamos cerca de la barra y, como es natural, el tipo me pregunta si me apetece algo de beber, y en lugar de decirle, como sería de rigor, que estoy acompañada y que me ha pillado de camino al baño pero que debería volver en seguida con mi novio, le digo que vale, que sí, que por qué no, y le digo que quiero un vodka con tónica, obligando a mi corazón a latir con el feroz impulso de resistencia que desde el instituto, desde que las pijas de Loden abatieran sobre mí sus miradas por encima del hombro, he aprendido a oponer por instinto a cualquier menosprecio. El tipo me dice su nombre y yo le digo el mío y he de reseñar aquí que transcurrió por lo menos media hora antes de que el FMN se presentase por aquel rincón, lo cual quiere decir que había tardado en echarme de menos, que ni siquiera se había dado cuenta de que me había ido, enfrascado como estaba en su conversación con Dave, Dave Grusin o el Dave que fuera.
Cuando el FMN llega yo le presento, haciendo gala de mi mejor educación europea, al tipo que me ha invitado, que evidentemente reconoce a mi acompañante (al que, por cierto, yo presento como «mi novio») porque se le queda mirando con unos ojos desmesurados. Yo le agradezco muchísimo su amabilidad al tipo y le digo que espero que nos volvamos a encontrar alguna vez, y acto seguido me dirijo hacia el sofá presuntamente antiguo donde estaban sentados Dave y su rubia y donde ya no están. El FMN me agarra por los hombros y el resto de la escena es predecible. Él está enfadado, yo también. Él porque me he ido, yo porque me aburro y porque estoy harta de hacer de florero. Él insiste en la importancia de ese Dave y yo replico que los negocios no se hacen en los bares sino en los despachos. Él me llama estúpida y me dice que no tengo ni idea de lo que estoy hablando. Yo le digo que puede que yo sea una estúpida, pero que por lo menos sé quién es Madame Bovary y cuál es la capital de Perú, y además hablo cuatro idiomas. Él me agarra de la mano y prácticamente me saca a rastras del local. Saca el móvil del bolsillo y llama a un taxi. Le digo que llame a otro también para mí, porque yo me voy a mi apartamento del Bronx. Dice que iremos donde él diga y que estoy demasiado borracha para saber lo que digo. Sí, puede que esté borracha. Hemos cenado en un sitio de la Segunda Avenida que pretende ser mexicano y que estaba hasta los topes de gringos acicalados con camisas de Paul Smith y trajes de Dolce