No, yo no fui muy feliz en la infancia. Ni mucho ni poco. De hecho, conozco poca gente que lo fuera. Los padres de Sonia se divorciaron cuando ella tenía cuatro años. Tania, por su parte, ni siquiera conoció a su padre, un señor casado que dejó a su madre embarazada. El conocimiento me ha hecho entender que las únicas familias felices son aquellas que no conocemos bien y que mi tragedia personal no es ni mejor ni peor que la de otros, sólo distinta. Pero es mía, es mi equipaje, mi recuerdo, mi memoria. Es el fardo con el que tengo que cargar o del que me tengo que deshacer. El caso es que no fui feliz. Desde que tuve uso de razón vi llorar a mi madre al menos una vez por semana por una cosa u otra, bien porque se había peleado con mi padre o porque se trataba de uno de aquellos días en que se encontraba demasiado fatigada y no podía levantarse de la cama. ¿Su corazón? Sí, era su corazón el que le impedía levantarse, pero nunca sabré si se trataba del órgano físico, el músculo que bombea la sangre a los tejidos del cuerpo a través de los vasos, ese que tiene dos atrios y dos ventrículos, o el metafórico, los sentimientos inexpresables que se guardan ahí y que afloraban en forma de síntomas físicos, el puro cansancio de cargar cada día con la culpa, la amargura y la frustración a las espaldas. No importaba lo que hiciéramos por ella, nunca era suficiente. Como los niños, exquisitos barómetros sensitivos, están tan bien sintonizados a la frecuencia emocional de sus padres, y como yo vivía en mi propio mundo y era incapaz de darme cuenta de que ella tenía un mundo ajeno, personal e intransferible, del que yo no formaba parte, vivía convencida de que, si mi madre no estaba bien, de alguna manera yo había sido la causante, y así estar cerca de ella se convertía en una experiencia de culpa constante y, consecuentemente, cuando crecí acabé por evitarla al máximo. Tenía por otra parte un padre guapo e inteligentísimo, pero también distante e imprevisible. Ya te he dicho que un día parecía encantado con nosotros y al siguiente nos prohibía entrar en su despacho bajo ningún pretexto y no salía de allí excepto para irse a la cama. Mi hermano, como bien dijo Jaume, era el repelente niño Vicente, un crío acusica y resentido, herido en el alma con el dolor agudo y puro que sólo los niños pueden sentir, un niño con el que no se podía jugar a nada porque no le gustaba perder y porque a la mínima se aprovechaba de su superioridad física para emprenderla a patadas o pellizcos. Y mis hermanas vivían en su propio universo exclusivo, en su habitación compartida de estampados florales y colchas y cortinas a juego, en una existencia paralela que se intuía brillante y armoniosa y a la que yo no tenía acceso porque,
como la más pequeña, me hallaba siempre muy lejos de sus preocupaciones, adolescentes ellas cuando yo era niña y universitarias cuando yo era adolescente. A su lado me sentía incómoda y ridícula, poca cosa, insignificante, tonta. Y fea. Fea porque yo era una niña regordeta y torpe, mientras que a las dos las recuerdo siempre delgadas y espigadas, siempre con la barbilla apuntando al cielo. Sí, en algún tiempo ellas debieron de haber sido regordetas y torpes como yo, pero entonces yo no había nacido, o era muy pequeña como para darme cuenta.
Puede que hubiera una parte feliz en mi infancia, sin duda la hubo (las tardes sesteando al calor de la playa, la espuma rizada del mar caliente, la luz reverberando en las crestas de una agua limpia y turquesa que parecía jarabe de sol, un bañador de lunares y un flotador con forma de foca, las monas de Pascua, las lagartijas dormidas en el borde de la tapia, la sorpresa que una vez me tocó en el roscón de Reyes o el día en el que hice de arcángel san Gabriel en una función del colegio porque la profesora dijo que con esos ricitos rubios parecía clavadita a un ángel) y te juro que he intentado recordarla muchas veces, porque ésa era mi única forma de sobrevivir, pero el caso es que los malos recuerdos envenenan todos los demás porque, incluso cuando las cosas parecían ir bien y mis padres no se peleaban y mi padre no se encerraba en el despacho y mi madre se levantaba de la cama, yo vivía sabiendo que eso no iba a durar, que antes o después iba a haber otra bronca, y nunca me sentí protegida, ni sentí que yo sirviera para nada, ni que el mundo fuese un lugar agradable o acogedor.