Tampoco fui feliz de mayor y, si has llegado hasta aquí, no hace falta que me embarque en más explicaciones. Y justo cuando empezaba a pensar que mi vida se iba a arreglar y que las cosas se enderezarían, bum, apareció una bomba dispuesta a dinamitar los cimientos del edificio que había empezado a construir y en cuya primera planta me había instalado. Porque yo he buscado la felicidad por muchas vías y me he equivocado en todas. Ni las drogas ni el alcohol ni la escritura ni los amores apasionados proporcionan felicidad. Proporcionan ciertos momentos de exaltación, pero, en el fondo, cuando bebía o me drogaba o me ponía a escribir compulsivamente o me liaba con locos de atar sólo porque decían que me adoraban y que no podían vivir sin mí me sentía igual a como me sentía en la infancia, perdida, porque siempre subsistía la certeza de que se trataba de algo transitorio, de que antes o después bajaría el efecto del alcohol o de las drogas o se ralentizaria el rapto amoroso, o el libro se acabaría y habría que volver a enfrentarse a la cruda realidad. Pero ahora, por primera vez, siento que tengo algo estable y duradero y que incluso puede crecer e ir a más, y no puedo permitir arruinarlo.
Cualquier psiquiatra te dirá que en una familia el único que duda sobre su cordura resulta ser, paradójicamente, el miembro más lúcido. Los demás se instalan en su propia locura y viven en ella más o menos confortablemente mientras que el lúcido es quien paga el pato, pues cuando ve lo que los demás no ven y lo dice, se encuentra con un grupo compacto empeñado en convencerle de que cambie, y es que su visión pone en peligro la visión de los otros al contraponerse a ella enfrentándola a una verdad que no es mejor, ni más pura, ni más útil, ni más fiable, pero que es, eso sí, distinta. Una verdad alternativa.
Que yo recuerde, en mi infancia y adolescencia mi padre y mi madre criticaban por sistema cualquiera de mis actuaciones. Esto es algo que pasa en todas las familias, en las que la personalidad del adolescente ha de construirse por oposición a la de sus padres. Para los míos, las túnicas negras y las muñequeras de pinchos eran uniformes satánicos, mis amigas unas malas influencias y la decisión de estudiar letras puras una ventolera de tantas que sencillamente no podía entenderse. Si iba a la universidad, ¿por qué no iba a estudiar algo serio, como Empresariales, en lugar de perder tiempo y dinero en tonterías? Al final parecía que la única forma de tratar con ellos consistía en renunciar a ser yo misma, con lo cual reduje el contacto a lo imprescindible, consciente como era de las buenas cualidades de mi padre: inteligente, atractivo, socialmente respetado, encantador… (y utilizo la palabra encantador en muchos sentidos, porque es encantador como un encantador de serpientes, porque su encanto es de los que obliga a los demás a danzar al son de su música), pero también conocedor de su carácter colérico que convertía cualquier intento de acercamiento en lo más parecido a avanzar por un campo minado: una nunca sabía cómo o dónde iba a explotar la bomba.
De pequeña hubo una temporada en la que odié a mi madre con toda mi alma porque no conseguía entenderla y porque me exasperaban sus suspiros, sus enfermedades, sus cansancios y sus lágrimas, y transformé mi amor en odio en un intento desesperado, supongo, de zafarme de mi parte de responsabilidad (responsabilidad que no existía, pero eso ¿cómo iba a saberlo yo?), y la aborrecí hasta tal punto que cada vez que me preguntaban en el colegio si quería más a mi papá o a mi mamá respondía orgullosamente que a mi mamá no la quería (y lo que me sorprende ahora que lo escribo es que nadie nunca intentara decirme que aquello estaba mal, nunca). De ahí que después me resultara dificilísimo acercarme de nuevo a ella. Por eso quizá me dolió más que a nadie que se muriera, porque al dolor de la pérdida se mezclaba el de la culpa y ahora estoy pagando el no haber tenido la decencia ni los arrestos de decir que mejor me iba por mi cuenta al funeral y lloraba a mi madre a mi modo y como a mí me diera la gana, y lloraba de paso la posibilidad de una comunicación irrecuperable y que nunca se dio, y lloraba la infancia que no tuve y habría querido tener y la cantidad de cosas no dichas que se han quedado para siempre a este lado de la vida.