También me podía haber aburrido, en otro tiempo, su carácter tranquilo y reservado que, sin embargo, acabó siendo, de entre sus rasgos, uno de los que más me gustaban. Todo lo que decía lo expresaba claramente y con naturalidad, sin prisas ni dudas, sin aderezar la historia con chistes ni bromas ni circunloquios. Parecía de una absoluta inocencia y simplicidad, pero una se daba cuenta en seguida que había algo misterioso en él que se notaba, precisamente, en sus silencios. Y tiempo atrás habría encontrado ridículas, seguramente, algunas de sus manías, como la obstinación en no usar jamás el microondas o la enconada resistencia a comprarse un móvil (debió de ser, probablemente, la única persona que yo conociera en Nueva York que no tenía uno), aparatos que, según él, no eran necesarios y podían causar cáncer (afirmación que hasta entonces yo había considerado una superchería pero que, salida de los labios de un científico, cobraba un siniestro valor admonitorio). Y si bien años antes lo habría calificado de soso, es más que probable que en aquel verano me atrajera el hecho de que, a diferencia de la mayoría de los hombres que yo había conocido hasta entonces, en ningún momento intentara rebasar una distancia de seguridad invisible que tácitamente establecimos entre nuestros cuerpos. Normalmente, cuando acabábamos de cenar, me proponía dar un paseo, o más bien me obligaba, porque él opinaba, y con razón, que la debilidad que sentía no sólo no mejoraría con el reposo estricto sino que probablemente se incrementaría. Yo, aprovechando que para andar no me quedaba otro remedio que colgarme de su brazo, pues todavía me mareaba demasiado como para atreverme a avanzar sola, intentaba acortar aquella invisible distancia y apretarme contra él, pero parecía no advertir mis evidentes señales, porque se comportaba tan respetablemente como si yo fuera una anciana de ochenta años y él mi enfermera de enlace.
Hubiéramos podido mantenernos mucho tiempo en aquella situación imprecisa, como de quien sueña despierto, lo cual, en cierto modo, tenía mucho que ver con mi realidad pues no en vano me pasaba la mayor parte del día moviéndome de forma confusa entre el sueño y la vigilia: de pronto me quedaba dormida y se me caía de las manos el libro que leía, y cuando despertaba no tenía muy claro si lo que recordaba del sueño lo había soñado, lo había leído o quizá incluso lo había vivido.
El libro que leía, por cierto, resultó ser
– Como me sé la novela prácticamente de memoria no hace falta que entienda todas las palabras del idioma en que esté escrita, el significado lo imagino a través del sentido de la frase y lo que recuerde de la primera lectura del libro. Así que primero la leí en rumano, la segunda vez en francés, la versión inglesa la compré aquí para practicar y la rusa me la encontré en una librería de viejo y pensé que me vendría bien leer trozos del libro de cuando en cuando para no olvidarme del poco ruso que sé, porque aquí no lo practico nunca.
– ¿Me estás diciendo que habías leído
– Pues sí. ¿Tan raro te parece?
– No… O sí. O sea, que yo también había leído el libro en francés y en español a los quince años, pero era la rara de la pandilla. Vamos, que casi ni me atrevía a decirlo.
Claro que no me atrevía a decirlo, porque cada vez que abría la boca en clase de literatura y osaba exponer una opinión o hacer una pregunta faltaba tiempo para que el grupo de gañanes capitaneados por David Muñoz se liara a llamarme pedante y empollona. Por esa razón me enamoré de aquella manera de José Merlo, porque era el único hombre al que conocía -padre y hermano incluidos- al que no sólo no le resultaba raro que me gustara tanto leer sino que me alentaba y me admiraba por ello.
– ¿De verdad? -preguntó el rumano-. ¿Me lo dices en serio?
– ¿Ahora te haces tú el sorprendido?
– No, es que no me parecías ese tipo de chica…
– ¿Y por qué?