A mi madre casi le dio un infarto, literalmente, porque sufría del corazón, y hubo que ingresarla de urgencias aquejada de una taquicardia. Mi padre no me habló durante muchísimo tiempo. Dos editoriales dejaron de llamarme/atenderme. La editora de una de ellas me explicó, en
Hubo que desconectar los dos teléfonos, fijo y móvil, porque no dejaban de sonar. Hasta el correo electrónico se colapsó. De repente parecía que todo el país conocía mis números y mis direcciones, incluidos los becarios de
Me llamaron también desde la mismísima revista en la que se había publicado el reportaje ofreciéndome una millonada por un desnudo. Y desde dos programas de televisión directamente relacionados con ella, pues compartían colaboradores. Les mandé sin contemplaciones a la mierda a gritos y les advertí que iba a denunciarlos. Aún me acuerdo de la respuesta, al otro lado del teléfono, del subdirector de uno de los programas: «Si eres lista y sabes lo que te conviene, no lo hagas.»
Después recibí llamadas de todos los programas sensacionalistas habidos y por haber ofreciéndome cantidades de seis ceros por mis declaraciones, cantidades que me hubiesen permitido cancelar la hipoteca y comprarme de paso un chalet en una urbanización de lujo. Y cuantas más ofertas rechazaba, más me llegaban y a más iba ascendiendo el montante de las mismas. Calculo que si hubiera hecho la gira de rigor por todos los programas de la tele, habría sacado limpios alrededor de cien millones de pesetas de las de entonces.
Pero no la hice por tres razones básicas:
La primera porque a mi madre, que siempre había mantenido la consigna de que una dama sólo debe aparecer dos veces en la prensa, el día de su nacimiento y el de su boda, la habría matado del disgusto.
La segunda porque, si bien era consciente de que mis posibilidades de acabar labrándome una carrera literaria eran escasas, tenía muy claro que si participaba en semejante circo iban a dejar de ser remotas para pasar a ser sencillamente inexistentes.
Y la tercera, porque a mí me educaron en el respeto a conceptos como la ética y la dignidad, y me resultaba imposible librarme de semejante condicionamiento. Todo lo que ganara me lo iba a gastar después en psiquiatras, pues no iba a poder perdonármelo.
Así que opté por una solución muy distinta: la de cumplir la amenaza que le había hecho al gilipollas con el que hablé. Llamé a Paz y le dije que quería interponer una demanda contra el semanario.
15 de octubre.