He tenido que interrumpir mi teclear frenético porque a las doce has abierto los ojos y te has empeñado, para variar, en que te coja en brazos. Y me he pasado el resto de la mañana cantándote nanas desafinadas. Hasta las dos, hora en que ha venido tu padre y te has puesto a dormir. Es un patrón de conducta. Empiezo a darme cuenta de que lo haces todos los días. A las doce de la mañana y a las ocho de la noche abres los ojos y gimes. No quieres el chupete ni el biberón ni que te cambie el pañal. Sólo quieres que te coja en brazos. Son tus horas brujas.
Lo que pasa es que por la noche aprovechamos para bañarte y resulta menos pesada la obligación de entretenerte (dejando al margen que por la mañana siempre recibo alguna llamada importante justo cuando empiezas con tus exigencias. Es matemático, una prueba empírica de la Puta Ley de Murphy). O más bien aprovecha para bañarte tu padre, porque no te gusta nada la esponja y siempre que te la pasan por el cuerpo montas un escándalo digno de la Castafiore, y tu papá o bien tiene los tímpanos menos sensibles que yo o la virtud de la paciencia más desarrollada (esto último no es que sea muy difícil). Conste que te perdono la brasa que me das porque la verdad es que eres muy mona y muy divertida (y no es pasión de madre). Por ejemplo, sonríes si te hago cosquillas, y pones cara de profunda concentración cada vez que te canto, como si intentaras identificar la melodía (tarea imposible no sólo porque seas un bebé: de mayor te va a costar igual, porque desafino mucho, aunque comparada con tu padre sea la Callas). Tu padre te llama «la esponja de amor» porque estás diseñada para gustar. Me acuerdo que en uno de estos días en los que me estaba quejando me dijo algo así como: «Venga, no te puedes deprimir… Mira esta niña: es Prozac natural.» Y es verdad, sea porque todos los bebés sois así o sea porque el día en que tú naciste
Había una entre doce posibilidades de que el día de tu nacimiento Venus cayera en la casa de Libra.
Fíjate qué casualidad.
O no.
Paz trabajaba por entonces en uno de los bufetes más prestigiosos de Barcelona, y aunque era una de las abogadas más jóvenes, se la consideraba muy prometedora. Un caso como el que yo le proponía le resultaba sumamente apetecible puesto que, de ganarse, supondría un gran triunfo para el bufete y para Paz en particular, quizá el último empujoncito necesario para que sus jefes la hicieran socia de una vez. Sin embargo, tenía muy claro que la cosa iba a resultar muy difícil por muchas razones. La principal venía a ser que la revista
En primer lugar, el semanario publicaba cualquier noticia que pudiera suponerle ventas incluso cuando estaba clarísimo que ello conllevaría una demanda. Porque, haciendo cuentas, resultaba rentable aventurarse ya que una posible indemnización futura nunca saldría más cara que el beneficio que la noticia podría rentar no ya en ventas sino, sobre todo, en publicidad. Vayamos a un caso concreto: una noticia como la de la presunta infidelidad de David se reseñó en cientos de medios que al hacerlo siempre debían citar el nombre de la revista, lo que suponía un incremento de notoriedad de la publicación que llevaba aparejada que ésta podía aumentar sus tasas de publicidad a los anunciantes. De hecho,