Virginia Woolf, que no podía o no quería aceptar que el tifus le había arrebatado a su hermano, ideó una extraña estratagema para negarse la brutal realidad. En sus cartas a su amiga y antigua mentora Violet, que también se encontraba enferma, urdió una fantasía según la cual Thoby continuaba recuperándose y su salud se restablecía. Durante un mes envió cartas aderezadas con informes médicos y detalles esperanzadores, y sólo puso fin a aquellas imaginativas notas cuando Violet descubrió por fin la verdad en una nota del periódico. Finalmente ingresaron a la joven Virginia en una casa de reposo víctima de una crisis nerviosa, la primera de la larga serie que padeció a lo largo de su vida. Entiendo perfectamente su reacción, porque durante un tiempo estuve obsesionada con Virginia y leí primero todas sus novelas y después amplié otras obras hasta devorar todo lo que se había escrito sobre ella (o al menos todo lo que yo pude encontrar), desde biografías a estudios críticos. Además, yo también siento ahora la tentación de desviarme de este diario y escribirte una carta distinta, una carta redactada desde un universo paralelo en el que tu abuela esté en su casa, en su sillón, hojeando una revista y refunfuñando como de costumbre. Me siento incapaz de decir nada sobre su enfermedad aquí. Ése siempre ha sido uno de mis principales recursos de defensa: si algo me duele mucho, no hablo sobre ello. No soy de las que llama a los amigos buscando consuelo. Muy al contrario, si me encuentro mal prefiero que los demás me hablen de sus cosas. Por otra parte, ¿qué hace un escritor más que construirse una realidad alternativa para huir de la presente? (Y en la categoría de «escritor» incluyo también a las novelistas inéditas y a las periodistas con ínfulas.)

Hacía mucho que no pasaba tanto tiempo con mis hermanas y mi hermano, tus tíos, con los que tuve que compartir la larga noche del sábado en la sala de espera. Ninguno acaba de entender por qué te llamé Amanda. Demasiado «antiguo» según Laureta; o «pretencioso» según Vicente, o «raro» según Asun. Asun habría querido un nombre más normal, de los de toda la vida, tipo Cristina o Elena o María; Laureta uno de los que salen en las revistas, Alba, Cayetana, Inés o Alejandra; y Vicente… Vicente no habría pensado en ello siquiera, pero ahora que ya tienes uno se apresura a dejar claro que ése no le gusta. Desde el embarazo estuvieron intentando convencerme de que renunciara a la idea de llamarte así. El caso es que, desde que yo recuerdo, mis hermanos nunca han aprobado nada que yo haga, así que tampoco resultaba muy sorprendente que no les gustara tu nombre. Podría haber elegido cualquier otro y lo más probable es que también le hubiesen puesto pegas. Pero sus críticas me afectaron y, a mi pesar, empecé a pensar en cambiarte el nombre que era tuyo por derecho, porque ya lo llevabas antes de nacer, antes incluso de ser concebida, en cualquier sentido, cuando no eras ni embrión y ni siquiera concepto, apenas una posible bendición futura imaginada en la cabeza de tu madre, que cuando todavía escuchaba a The Cure y a Bauhaus solía tararear, para pasmo de Tania y escándalo de Sonia, una canción de Víctor Jara que le encantaba y que decía: «Te recuerdo Amanda, la calle mojada, corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel, Manuel, Manuel, la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo, no importaba nada, ibas a encontrarte con él, con él, con él, son cinco minutos, la vida es eterna, en cinco minutos suena la sirena de vuelta al trabajo y tú caminando lo iluminas todo, los cinco minutos te hacen florecer.»

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