Me metí dos paracetamoles en el cuerpo y le pedí a Consuelo que por favor me hiciera una taza de café, súplica rara en mí porque detesto el café y siempre tomo té, pero en aquel momento una especie de telaraña en las meninges me entorpecía la razón y me hacía difícil hasta traducir en palabras lo que quería. Me di cuenta de que había pedido una cosa por la otra pero no rectifiqué, porque pensé que el café me ayudaría a despejarme. Cuando Consuelo me acercó la taza, reparamos ambas en que las manos me temblaban, y no ciertamente de frío. Entonces Consuelo se sentó frente a mí en el sofá del salón y me miró con una expresión seria y preocupada que no había tenido ocasión de utilizar en las últimas semanas de fiesta y jolgorio. Me dijo que debía dejar de beber, y yo sabía que tenía razón. Ya me había rebozado en el hondo y bajo fondo donde el barro se subleva, que cantaba Gardel y tararearía mi tía Reme.

No podía caer más bajo.

Te enganchas a las drogas porque tienes un montón de problemas. Y después sólo tienes uno: las drogas. Sea coca, éxtasis, tranquilizantes o alcohol. Por supuesto, el problema real no era que bebiera. El problema real se llamaba inseguridad, depresión, endémica falta de autoestima… Pero el alcohol, que era en principio consecuencia de lo anterior, había dejado de ser síntoma para pasar a ser causa. La pescadilla que se muerde la cola: bebo porque no me aguanto, no me aguanto porque bebo. El paraíso artificial convertido en un infierno. El Síndrome Enganchada.

Haber mantenido una relación larga con un alcohólico me había hecho tener una idea bastante clara del tipo de persona en la que me podía convertir si no lo dejaba a tiempo, pero dos fuerzas contrarias me animaban, como esa tortura antigua en la que dos caballos tiraban de un condenado en direcciones opuestas para despedazarlo. Por un lado, quería dejar de beber. Por otro, me abatía una tristeza hecha de cansancios y renuncias, una amargura que me desbordaba, que se agarraba a la piel como una capa de mercurio, que parecía no caber en mí, como si necesitara extenderse hacia todo lo que tocara para envenenarlo. Pensaba que no tenía sentido esforzarse ni luchar por nada si cualquiera te podía hundir la vida en un momento, fuese un novio o un periodista; si conceptos como la justicia, la honestidad o el amor ya no tenían ningún sentido; si yo ya no me veía como otra cosa que como una débil y una inútil, tremendamente vulnerable y muy molesta para los demás.

Lo que empezaba a tener claro era que, de existir alguna posibilidad de que me centrara, ésta pasaba por cambiar de aires una temporada. Poner tierra de por medio. Ir a un sitio donde nadie me conociera y en el que, en soledad, pudiera enfrentarme conmigo misma y quizá decidir hacia dónde tirar. No pensaba en un cambio definitivo, fantaseaba más bien con unas vacaciones, una escapada.

Decidí aceptar la invitación de Sonia, la fotógrafa, la Sonia primigenia que en su día paseaba orgullosa por el barrio sus túnicas negras y sus muñequeras de pinchos, que llevaba años insistiéndome para que la visitara en Nueva York, ciudad a la que se había mudado poco después de acabar la carrera, dejándome sin más apoyo que una pulsera de plata azteca que sustituyó a los pinchos y alumbró mi muñeca desde entonces.

<p>25 de octubre.</p>

Volvía llorando en el metro desde el hospital, y la chica que estaba sentada enfrente de mí no hacía otra cosa que mirarme con cara de pena. Yo intentaba desviar la vista y fijarla en el cristal de la ventanilla. Cuando llegamos a Sol se levantó para apearse, pero antes de irse se dirigió a mí. Pensé que iba a preguntarme qué me pasaba, pero sólo me dijo: «Perdona, no quiero molestarte, pero he pensado que si yo hubiese escrito un libro y no me encontrase muy bien me gustaría que alguien me dijera que le había encantado leerlo.» Le di las gracias de corazón.

Otra que le quita la razón a Savater.

<p>26 de octubre.</p>

Tiempo sombrío todo el fin de semana. Unas nubes negruzcas de contornos rotos que oprimen el aire. Poco a poco las nubes se juntaron lentamente en una sola, implacable, que acabó deshaciéndose en tormenta, y al ruido de la calle vino a sustituirlo el de la lluvia como una voz de menos peso. El cielo negro, las calles grises, el clima a tono con mi estado de ánimo.

No hago más que recibir notas de gente que me dice algo así como: «Yo he pasado por lo mismo, y sé que la situación es dolorosa y estresante.» Es algo por lo que todos tenemos que pasar, por la enfermedad o la muerte de la madre. La ciencia médica ha conseguido que llegue más tarde, pero como contrapartida ha alargado el proceso. ¿Qué hubiera preferido yo, una muerte rápida o una espera angustiosa como ésta por mucho que en ella exista la posibilidad de sobrevivir? Además, ¿qué posibilidad existe? ¿Que tu abuela tenga que ir en silla de ruedas?

Mal de muchos no es consuelo de tontos, porque en realidad no sirve de consuelo.

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