Sonia se acababa de mudar a la calle 103, entre Lexington y Park Avenue, zona conocida como «El Barrio» (en español), en pleno corazón del Harlem Hispano. Había tenido que hacerlo de prisa y corriendo después de que Klara, la chica con la que compartía piso en el Bronx -que trabajaba de portera en un sex shop del Soho y que debía de medir dos metros de ancho por dos de largo- se enrollara con una «bailarina exótica» (así es como llaman en Nueva York a las strippers), la cual, intimidada por la presencia de Sonia en casa (imponente presencia, debo puntualizar, pues Sonia luce orgullosamente un cuerpo que le permitiría de sobra vivir del baile exótico o de cualquier tipo de profesión en la que tuviera que exhibirlo -y de ahí el sobrenombre de «Slender Sonia»-, pero no lo hace porque además de guapa es lo suficientemente inteligente como para saber buscarse los garbanzos de otras maneras), se dedicó a hacerle la vida imposible a la compañera de piso de su novia mediante trucos tan antiguos pero tan efectivos como hacer desaparecer sistemáticamente los mensajes en el contestador que venían de parte de la agencia Magnum -para la que Sonia trabajaba-, usar su carísima crema hidratante y dejar el bote abierto en la encimera del lavabo o acabar con sus reservas de crema suavizante -también ridículamente cara- para lavarse su abundante melena -teñidísima y permanentadísima, como corresponde a cualquier bailarina exótica que se precie-. Finalmente Sonia se plantó y le dio a elegir a su roommate. o la novia o ella. Obvia decir que la roommate prefirió a la novia y a Sonia entonces le tocó elegir entre mudarse de piso o asesinar a Klara y, ya puesta, también a su cariñito. Dado el desorbitado precio de los alquileres en NY y el hecho de que, pese a que el piso lo habían buscado y alquilado juntas, la fornida portera era la titular del contrato, puesto que Klara tenía la nacionalidad americana y Sonia no tenía ni tarjeta de residencia, mi amiga se planteó seriamente la segunda opción, pero finalmente la desechó, muy a su pesar, al no ocurrírsele la manera de deshacerse de los cuerpos.
Por fin Sonia encontró un apartamento en Spanish Harlem a través de, paradojas de la vida, otra stripper compañera de la novia de Klara. Esta bailarina era exótica por partida doble, pues era mezcla de negro y filipina. Se acababa de mudar a vivir con su novia finlandesa -una superrubia que le sacaba dos cabezas- y estaba dispuesta a subarrendar su antiguo piso a un precio más que razonable, por no decir irrisorio. La ultraexótica se negaba a cambiar el contrato de alquiler a nombre de Sonia, supongo que porque, previsora ella, debía de contemplar la posibilidad de que su convivencia con la rubia pudiera hacer aguas en un futuro y no querría verse sin techo amén de sin amor si semejante cosa ocurriera. Este subarrendamiento ilegal era cosa bastante común en NY, donde los apartamentos son escasos y los contratos de alquiler un lujo, así que la titularidad del contrato implicaba que la bailarina podía echar a Sonia en cualquier momento pero, como contrapartida, si un día a Sonia le daba por quemar el edificio, a quien le iban a echar la culpa era a la joya oriental puesto que, a efectos legales, Sonia nunca habría estado allí.
En la escalera de la puerta de entrada del edificio vivían unos portorriqueños a los que Sonia me presentó nada más llegar y que, muy amablemente, se ofrecieron a cargar con mi maleta y subírnosla hasta el apartamento, pues el edificio no tenía ascensor. Digo «vivían» porque se pasaban allí el día y la noche: durante los quince días que pasé en NY no los vi moverse de su sitio. A veces me los encontraba haciendo dribblings con una pelota de baloncesto, otras jugando con una Playstation, pero la mayor parte del tiempo se la pasaban hablando por lo que al principio tomé por teléfonos móviles y luego reconocí como walkie talkies. Sonia me contó que al principio pensó que eran radioaficionados, hasta el día en que se encontró con otro colega de la agencia que vivía en la calle 106 y que, cuando se enteró de que Sonia se había mudado a los edificios amarillos del barrio, le dijo: «Joder, qué ovarios tienes… ¡Te has mudado a los bloques de la heroína!», y aunque Sonia en principio se quedó de piedra, tras reflexionar un rato (no mucho) decidió que, con lo caros que estaban los pisos en Manhattan, de ahí no iba a moverla ni una grúa, por mucho yonqui o camello que tuviera por vecino.
Tras contarme esta historia me aconsejó que me colgara un crucifijo al cuello, como ella, porque la gente de la zona (negros y chicanos en su mayoría) era muy religiosa y/o supersticiosa (para muchos una cosa equivale a la otra) y lo más posible era que a ningún yonqui se le ocurriera asaltar a una chica protegida por Jesús.