Así fue como yo dejé de ser conocida y me hice famosa. Era una mujer atractiva, no tenía pelos en la lengua, los dinosaurios del PRI se reían con mis exabruptos, los tiburones del PRI me consideraban uno de los suyos, el ala izquierda del partido celebraba de forma unánime mis salidas de tono. Yo no me daba cuenta ni de la mitad. La realidad es como un padrote drogado.
¿No lo cree usted así?
La primera conferencia de Albert Kessler en la Universidad de Santa Teresa fue un éxito de público que pocos recordaban.
Si se exceptuaban dos charlas dadas en el lugar hacía años, una por el candidato del PRI a la presidencia de la nación y otra por un presidente electo, nunca antes se había llenado el anfiteatro universitario, con capacidad para mil quinientas personas, de esa manera. Según las estimaciones más conservadoras, la gente que fue a oír a Kessler superó con creces las tres mil personas. Fue un acontecimiento social, pues todo aquel que era algo en Santa Teresa quería conocerlo, ser presentado a tan ilustre visitante o, por lo menos, verlo de cerca, y también un acontecimiento político, pues hasta los grupos más recalcitrantes de la oposición parecieron calmarse u optar por una actitud más discreta y menos vocinglera que la mostrada hasta entonces, e incluso las feministas y los grupos de familiares de mujeres y niñas desaparecidas resolvieron esperar el milagro científico, el milagro de la mente humana puesta en marcha por aquel Sherlock Holmes moderno.
La noticia con la declaración de Haas inculpando a los Uribe salió en los seis periódicos que enviaron a sus corresponsales al presidio de Santa Teresa. Cinco de ellos, antes de publicarla, la confrontaron con la policía, quien, al igual que los grandes periódicos de México, de forma expresa no le dio la más mínima credibilidad. También llamaron por teléfono a casa de los Uribe y hablaron con sus familiares, quienes les dijeron que Antonio y Daniel estaban de viaje o ya no vivían en México o habían trasladado sus residencias al DF en una de cuyas universidades estudiaban. La periodista de
Mary-Sue Bravo lo vio a través de los ventanales de un restaurante económico de la colonia Madero en donde el periodista de
Al principio la periodista de
Se saludaron y le preguntó si podía sentarse. El periodista de
El uno de diciembre se encontró el cadáver de una joven de entre dieciocho y veintidós años en el cauce de un arroyo seco, por los alrededores de Casas Negras. El hallazgo lo realizó Santiago Catalán, que se hallaba de cacería y que se extrañó de la conducta que en ese momento, al acercarse al arroyo, mostraron sus perros. De repente, según expresó el testigo, los perros se pusieron a temblar, como si hubieran olfateado un tigre o un oso. Pero como aquí no hay tigres ni osos, yo me imaginé que habían olfateado el