Una nube de moscas envolvía el cadáver. Santiago Catalán quedó tan impresionado que soltó a los perros y disparó un perdigonazo al aire. Las moscas se retiraron por un momento y pudo darse cuenta de que el cuerpo era el de una mujer. Recordó, asimismo, que por aquella zona ya se habían encontrado cuerpos de mujeres jóvenes asesinadas. Por unos segundos tuvo miedo de que los asesinos siguieran en el lugar y lamentó haber disparado. Después, extremando las precauciones, salió del cauce seco y contempló el panorama a su alrededor. Sólo choyas y biznagas y a lo lejos algún sahuaro y toda la gama del color amarillo que se superponía por placas. Al volver a su rancho, llamado El Jugador y situado en las afueras de Casas Negras, llamó por teléfono a la policía y les indicó el lugar exacto de su hallazgo. Luego se lavó la cara pensando en la muerta y se cambió de camisa y antes de volver a salir le ordenó a uno de sus empleados que lo acompañara. Cuando la policía llegó al cauce seco, Catalán portaba aún la escopeta y el cinto con las municiones. El cadáver estaba boca arriba y sólo tenía puesta la pantalonera en una pierna, a la altura del tobillo. Se observaron cuatro heridas de arma blanca en el abdomen y tres en el pecho, así como una lesión en el cuello. Era de tez morena, pelo negro teñido, largo hasta los hombros. A pocos metros se encontró el calzado: tenis Converse de color negro con agujetas blancas. El resto de la ropa había desaparecido. La policía rastreó el cauce en busca de pistas, pero no hallaron o no supieron hallar nada. Cuatro meses después, de pura casualidad, se logró identificarla. Se trataba de Úrsula González Rojo, de veinte o veintiún años, sin familia, y aposentada, en los últimos tres años, en la ciudad de Zacatecas. Hacía tres días que había llegado a Santa Teresa cuando fue secuestrada y luego asesinada.

Esto último lo relató una amiga de Zacatecas, a quien Úrsula llamó por teléfono. Se la notaba dichosa, dijo, porque iba a encontrar trabajo en una maquiladora. La identificación fue posible gracias a las Converse y a una pequeña cicatriz en la espalda con forma de rayo.

La realidad es como un padrote drogado en medio de una tormenta de truenos y relámpagos, dijo la diputada. Después se quedó callada un rato, como si se dispusiera a escuchar los truenos lejanos. Y después cogió su vaso de tequila, que volvía a estar lleno, y dijo: yo cada día tenía más trabajo, ésa es la pura verdad. Cada día ocupada con cenas, viajes, reuniones, planificaciones que no llevaban a ninguna parte, salvo a conseguir mi cansancio infinito, cada día con entrevistas, cada día con desmentidos, apariciones en la televisión, amantes, tipos a los que me cogía no sé por qué, por mantener la leyenda, tal vez, o tal vez porque me gustaban, o tal vez porque me convenía cogérmelos, una sola vez, eso sí, que probaran pero que no se acostumbraran, o tal vez simplemente porque me gusta coger cuando y donde se me da la real gana, y no tenía tiempo para nada, mis negocios en manos de mis abogados, el patrimonio Esquivel Plata, que ya no menguaba, no quiero mentirle, sino que crecía, en manos de mis abogados, mi hijo en manos de sus profesores, y yo cada vez con más trabajo:

problemas hidrográficos en el estado de Michoacán, carreteras en Querétaro, entrevistas, monumentos ecuestres, alcantarillado público, toda la mierda de un barrio pasando por mis manos.

Por esa época, supongo, descuidé un poco a mis amigos.

Kelly era la única a la que veía. Apenas tenía tiempo me iba para su casa, un departamento en la colonia Condesa, y tratábamos de hablar. Pero la verdad es que yo llegaba tan cansada que la comunicación era un problema. Ella me contaba cosas, eso lo recuerdo con claridad, me contaba cosas de su vida, en más de una ocasión me explicó algo y luego me pidió dinero y yo lo que hice fue sacar mi chequera y firmarle un cheque por la cantidad que ella necesitaba. Otras veces me quedaba dormida en plena conversación. Otras veces salíamos juntas a cenar y nos reíamos, pero casi siempre yo tenía la cabeza en otro sitio, le daba vueltas a un problema aún no resuelto, me costaba seguir el hilo de la plática. Kelly eso nunca me lo reprochó. Cada vez que aparecía por televisión, por ejemplo, al día siguiente me enviaba un ramo de rosas y una nota diciéndome lo bien que había estado y lo orgullosa que se sentía de mí. Nunca dejó de mandarme un regalo el día de mi cumpleaños. En fin, detalles de ésos. Por supuesto, con el tiempo me di cuenta de algunas cosas. Los desfiles de moda que organizaba Kelly se iban espaciando cada vez más. La agencia de modas que tenía dejó de ser lo que era, un sitio elegante y dinámico, y se convirtió en una oficina más bien oscura y casi siempre cerrada.

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