Otro derecho es el de presentar instancias. (¡En sustitución de la libertad de prensa, de reunión y de sufragio, que perdimos al dejar la calle!) Dos veces al mes, el vigilante de guardia pregunta por la mañana: «¿Hay alguien que quiera presentar instancias?». Y anota a cuantos lo deseen, sin rechazar a nadie. Durante el día te llaman y te encierran en un box aislado. Te puedes dirigir a quien mejor te parezca: al Padre de los Pueblos, al Comité Central, al Soviet Supremo, al ministro Beria, al ministro Abakúmov, a la Fiscalía General, a la Fiscalía General de lo Militar, a la Dirección General de Prisiones o a la Sección de Instrucción Judicial, puedes quejarte de que te hayan detenido, de tu juez de instrucción o del director de la cárcel, pero en todos los casos tu instancia carecerá de efecto alguno, no quedará grapada a ningún expediente, y lo más alto que llegará será hasta tu propio juez, aunque esto no podrás demostrarlo. Incluso lo más probable es que ni él se la lea, porque quién va a poder leerse un papelucho de siete centímetros por diez, apenas mayor que el que te dan por las mañanas para el retrete, emborronado con una caña de ave despuntada, o retorcida como un gancho. Y más con aquel tintero, lleno de cendales o rebajado con agua. Apenas hayas garrapateado «Insta...» las letras ya se habrán corrido, cada vez más, por el papel infame, de modo que «...ncia» ya no te cabrá en ese renglón, y la tinta habrá traspasado a la otra cara de la hoja.

Es posible que tengas más derechos, pero el celador de guardia guarda silencio. Probablemente no te pierdes gran cosa por no conocerlos.

Ha finalizado la inspección y comienza la jornada. Están llegando ya los jueces de instrucción. El vertujainos llama con gran misterio, nombrando sólo la primera letra (y de esta manera: «¿quién empieza por "ese"?, ¿quién empieza por "efe"?, o incluso, ¿quién empieza por "am"?), y nosotros debíamos dar muestras de agilidad mental y ofrecernos en sacrificio. Esta costumbre la habían adoptado para evitar que los vigilantes se equivocasen, porque si hubieran llamado un apellido en la celda que no era, los presos se habrían enterado de quién más estaba encausado. Sin embargo, por más que estuviéramos aislados del resto de la cárcel, no por ello nos faltaban noticias de las otras celdas: como quiera que procuraban embutir al mayor número de presos, y como luego nos barajaban, cada trasladado aportaba a la nueva celda toda la experiencia que había acumulado en la anterior. De este modo, aunque estábamos encerrados en el tercer piso, conocíamos la existencia de celdas en el sótano, sabíamos que había boxes en la planta baja, estábamos enterados de la oscuridad que reinaba en el primer piso, donde se había agrupado a las mujeres, de la distribución del piso cuarto en dos galerías y de que su número más alto era el ciento once. Antes de llegar yo, mi predecesor en nuestra celda había sido el escritor de cuentos infantiles Bondarin, que había estado en el piso de las mujeres con no sé qué corresponsal polaco, quien a su vez había estado anteriormente con el mariscal de campo Paulus, por eso conocemos también todos los pormenores de Paulus.

Había pasado la racha de llamadas a interrogatorio, y a los que se quedaban en la celda se les presentaba por delante una larga y agradable jornada rica en posibilidades y no demasiado ensombrecida por las obligaciones. Entre las obligaciones nos podía tocar, dos veces al mes, repasar los hierros de la cama con la lámpara de soldar (en la Lubianka las cerillas estaban rigurosamente prohibidas y, para encender un cigarrillo, debíamos sostener pacientemente una mano en alto cuando estaba abierta la mirilla y pedirle fuego al vigilante, pero las lámparas de soldar nos las confiaban con total tranquilidad). También nos podía tocar algo que parecía un derecho aunque lo planteaban más bien como un deber: una vez por semana nos llamaban uno a uno al pasillo y nos rapaban la barba con una maquinüla ya bastante roma. También podía caernos la obligación de restregar el parquet de la celda (Z-v evitaba siempre esta tarea porque le humillaba, lo mismo que todas las demás). Enseguida nos quedábamos sin aliento porque estábamos hambrientos, de otro modo podríamos haber considerado este deber como un derecho, ya que era un trabajo sano y alegre: con el pie descalzo frotabas con el cepillo hacia delante, mientras el cuerpo se inclinaba hacia atrás, y luego al revés, adelante-atrás, adelante-atrás, ¡hasta que no pensabas en nada más! ¡Un parquet como un espejo! ¡Una prisión digna de Potiomkin!

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