En el paseo, Suzi y yo procurábamos formar siempre la misma pareja. También charlábamos en la celda, pero nos gustaba rematar aquí nuestras conversaciones importantes. No llegamos a congeniar en un solo día, sino que más bien fuimos comprendiéndonos poco a poco. Eso le dio tiempo para contarme muchas cosas. Gracias a él adquirí un rasgo nuevo: el tesón de asimilar con paciencia y lógica cosas que hasta entonces no habían figurado en mis planes y que en apariencia no tenían ninguna relación con la línea precisa que había ido trazando mi vida. Desde la infancia —no sabría decir cómo— yo tenía la certeza de que mi meta era la historia de la Revolución rusa y que todo lo demás me tenía sin cuidado. Creía desde hacía tiempo que para comprender la Revolución rusa me bastaba con el marxismo y, por tanto, había vuelto la espalda a todo lo demás, aunque tuviera que ver. Pero el destino me hizo coincidir con Suzi, cuyos pulmones habían respirado otro aire y que ahora me contaba con entusiasmo toda su vida, y su vida era Estonia y la democracia. Y aunque antes nunca se me habría ocurido interesarme por Estonia y mucho menos por la democracia burguesa, no dejaba de escuchar sus amorosos relatos sobre aquellos veinte años de libertad en esa pequeña nación discreta y laboriosa, una nación de gigantones con maneras lentas y seguras. Escuché los principios de la Constitución estonia —un extracto de las mejores experiencias europeas— y cómo se aplicaban éstos en un parlamento unicameral de cien diputados, y sin llegar a ver qué falta pudiera hacerme saber todo esto, el caso es que empezó a gustarme y a sedimentarse en mi experiencia (más tarde Suzi diría que yo era una extraña mezcla de marxista y demócrata. Lo reconozco: por entonces todo esto se conjugaba en mí de manera algo extravagante). Me sumergí con avidez en la fatídica historia de Estonia, un pequeño yunque abandonado desde tiempos remotos a los embates de dos martillos: el teutónico y el eslavo. Este y Oeste iban alternándose para descargar sus martillazos y hasta el día de hoy no se veía fin a este repiqueteo. Era la conocida historia (totalmente desconocida...) de cómo quisimos conquistarlos por sorpresa en 1918, pero ellos no se dejaron. La historia de cómo después Yudénich los despreció llamándolos chujná [137]y nosotros los bautizamos «bandidos blancos», mientras en los liceos de bachillerato los estonios se apuntaban como voluntarios. Y el mazo volvió a caer sobre Estonia en 1940, y en 1941, y en 1944. A algunos de sus hijos se los llevaba el ejército soviético, a otros, el alemán, y los terceros se echaban al bosque. Y los viejos intelectuales de Ta-Uin advertían que era preciso escapar de esa rueda embrujada, desligarse como fuera y vivir con independencia (podemos suponer que hubieran tenido a Tiif de primer ministro, por ejemplo, y pongamos que de ministro de Educación a Suzi). Pero ni Churchill ni Roosevelt quisieron saber nada de ellos.

Quien sí se preocupó fue el «tío Joe» (Iosif). [138]Y nada más hubieron entrado nuestras tropas, en las primeras noches detuvieron a todos estos soñadores en sus domicilios de Tallinn. Ahora unos quince de ellos estaban encerrados en la Lubianka, cada uno en una celda distinta, acusados, según el Artículo 58-2, de algo tan delictivo como aspirar a la autodeterminación.

Tras el paseo, el regreso a la celda se te antojaba cada vez como un pequeño arresto. Una vez de vuelta, el aire parecía viciado, incluso en nuestra regia celda. Después del paseo no habría estado mal comer algo, ¡pero era mejor nopensar en ello, no había que pensar! Mala cosa si alguien de los que recibían paquetes, sin tacto alguno, inoportunamente se ponía a desenvolver y empezaba a comer. ¡No importa, fortaleceremos nuestro autocontrol! Malo también que un libro te jugara una mala pasada, si su autor empezaba a describir manjares con lujo de detalles. ¡Fuera este libro! ¡Fuera Gógol! ¡Fuera también Chéjov! ¡No hacen sino hablar de comida!: «No tenía apetito y sin embargo se comió (¡el muy hijo de perra!) una ración de ternera con una cerveza». ¡Hay que leer obras más espirituales! ¡Dostoyevski! ¡Ese sí que es bueno para los presos! Pero vean también qué cosas tiene: «los niños pasaban hambre, llevaban varios días sin ver nada más que pan y embutido».

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