Pronto, desde Berlín, habían de traer a nuestra celda al biólogo Ti-moféyev-Ressovski, del que ya hemos hablado. Creo que nada le ofendía tanto en la Lubianka como ese té derramado, pues veía en ello una prueba escandalosa de desidia por parte de los celadores (y de todos nosotros). Llegaría a multiplicar 27 años de existencia de la Lubianka por 730 veces al año y por 111 celdas, y coger más de una rabieta porque resultara más fácil derramar el té dos millones ciento ochenta y ocho mil veces (y otras tantas venir con un trapo a enjugar el suelo) que hacer unos cubos con vertedor.

Éste es todo el desayuno. Las comidas calientes vendrán una pegada a la otra: a la una y a las cuatro de la tarde, y luego, a pasar veintiuna horas con el recuerdo. (Tampoco es por crueldad: el personal de cocina lo que quiere es terminar cuanto antes y marcharse.)

Las nueve. La inspección matinal. Desde mucho antes se oye cómo giran las llaves, haciendo más ruido que a otras horas, cómo dan golpes contra las puertas, también más secos que a otras horas, y cómo uno de los tenientes de guardia en la planta entra todo tieso, casi en posición de firmes, da dos pasos por la celda y mira con severidad hacia nosotros, que estamos de pie (no nos atrevíamos ni a recordar que a los presos políticos les está permitido permanecer sentados). Contarnos no le cuesta ningún trabajo, basta una ojeada, pero en este breve instante de lo que se trata es de poner a prueba nuestros derechos, porque digo yo que alguno debemos tener, aunque no los conozcamos. Su deber, en cambio, es ocultárnoslos. Si algo aprendes en la Lubianka es a alcanzar una mecanización total: ni expresión, ni tono, ni una palabra de más.

Los derechos que conocemos son: permiso para que te remienden los zapatos y para el médico. Pero no vayas a alegrarte por haber conseguido que te lleven a la enfermería, porque ahí precisamente es donde más te impresionará el trato mecánico de la Lubianka. En la mirada del médico no sólo no hay preocupación, sino que ni siquiera se ve una elemental atención. No esperes que te pregunte: «¿Qué le aqueja?», porque son demasiadas palabras, y además no es posible pronunciarlas sin ninguna expresión. Preferirá ser más abrupto: «¿Quejas?». Si empiezas a contarle tu dolencia con demasiado detalle, te cortará en seco. Ya está suficientemente claro. ¿La muela? Extracción. Tal vez arsénico. ¿Curársela? Aquí no curamos (aumentaría el número de las visitas y crearía un ambiente, digamos, humano).

El médico de la cárcel es el mejor auxiliar del juez y del verdugo. El apaleado despierta en el suelo y oye la voz del médico: «Podéis seguir, el pulso es normal». Después de cinco días de gélido calabozo, el médico examina el cuerpo yerto y desnudo del preso y dice: «Aún puede aguantar». Si golpean a uno hasta la muerte, firma el acta: defunción por cirrosis hepática, por infarto. Si le llaman urgentemente a la celda de un moribundo, no se da ninguna prisa. El que se comporte de otra manera no durará mucho en nuestras cárceles. En los penales soviéticos el doctor Haas no se habría podido ganar la vida.

Pero nuestra clueca conocesus derechos mejor que nosotros (si hay que creerle, lleva ya once meses de sumario, pero sólo lo llevan a interrogatorio de día). Hoy, por ejemplo, ha dado un paso adelante y ha solicitado que lo apunten para que lo reciba el director de la cárcel. ¿Cómo, el jefe de toda la Lubianka? Sí. Y lo apuntan. (Y por la noche, después del toque de retreta, cuando todos los jueces estén ya en sus puestos, lo llamarán y volverá con picadura. Es tosco, claro, pero de momento no han inventado nada mejor. Pasar por completo a un sistema de micrófonos sería demasiado costoso y tampoco es cuestión de pasarse días enteros escuchando a las ciento once celdas. Además, ¿quién lo haría? La cluecaes más barata y aún la seguirán utilizando durante mucho tiempo. Pero con nosotros Kramarenko lo tiene difícil. A veces hasta suda de tanto pegar la oreja, y por su cara se ve que no está entendiendo nada.)

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