¿Cómo se explica que los rusos, que llevan todo el peso de la guerra, reciban el peor trato?

De aquí y de allá van llegando poco a poco las explicaciones: la URSS no reconoce la firma de Rusia en la Convención de la Haya sobre prisioneros de guerra, [139]por tanto no contrae ninguna obligación respecto al trato de los prisioneros, ni exige ninguna protección para los suyos capturados por el enemigo. [140] 1La URSS no reconoce a la Cruz Roja Internacional. La URSS no reconoce a sus soldados de ayer: no le trae cuenta socorrerlos en el cautiverio.

Al entusiasta coetáneo de Octubre se le hiela el corazón. Ahí, en su departamento del barracón, el anciano pintor y él se enzarzan en discusiones (Yuri no atiende a razones y se resiste a entender, pero el anciano le va descubriendo una capa tras otra). ¿Qué está ocurriendo? ¿Se trata de Stalin? ¿No te parece exagerado cargárselo todo a Stalin? Ni siquiera él tiene tan larga la mano... El pretende sacar conclusiones pero se queda a medio camino, al final no saca ninguna. ¿Y los demás? ¿Y los que rodean a Stalin o están por debajo, por todos los rincones de la patria, en fin, todos aquellos a los que la patria ha autorizado a hablar en su nombre?

¿Y qué comportamiento es el justo si la madre nos ha vendido a los gitanos, o aún peor, nos ha arrojado a los perros? ¿Acaso sigue siendo nuestra madre? Si la esposa va por los garitos, ¿acaso estamos obligados a serle fieles? Una patria que traiciona a sus soldados, ¿es acaso una patria?

¡Qué giro dio todo para Yuri! ¡Él, que admiraba a su padre, ahora lo maldecía! Por primera vez pensó que su padre, en realidad, había traicionado el juramento de fidelidad al ejército en que se había formado, lo había traicionado para que se implantara un régimen que ahora era desleal a sus soldados. ¿Por qué habría de considerarse Yuri vinculado por el juramento que hiciera a este pérfido régimen?

En la primavera de 1943, cuando se presentaron los reclutadores de las primeras «legiones» rusas, algunos se alistaron para salvarse del hambre, pero Yevtujóvich se enroló por unas firmes convicciones. Mas no estuvo mucho tiempo en la legión: cuando te despellejan, ya no se echa de menos el pelo. Yuri dejó de ocultar su buen conocimiento del idioma y, al poco, uno de los jefes alemanes oriundo de Kassel, comisionado para crear una escuela de espionaje de enseñanza acelerada, hizo de Yuri su mano derecha. Aquí empezó un giro que Yuri no había previsto: él perseguía una meta, pero se vio metido en algo muy diferente. Yuri ansiaba salvar a la patria, pero lo ponían a formar espías: los alemanes tenían sus propios planes. ¿Dónde estaba el límite? ¿Desde qué sitio no debió pasar? Yuri se convirtió en teniente del ejército alemán. Ahora iba por Alemania con uniforme alemán, viajaba a Berlín, visitaba a los emigrados rusos, leía a Bunin, Nabokov, Aldanov, antes inaccesibles... Yuri esperaba que en todos ellos, en especial en Bunin, sangraran en cada página las llagas vivas de Rusia. ¿Pero qué les pasaba? ¿En qué malgastaban su inestimable libertad? Otra vez el cuerpo femenino, las pasiones desatadas, las puestas de sol, las hermosas cabezas de las nobles, anécdotas de unos años enterrados por el polvo. Escribían como si en Rusia no se hubiera producido una revolución o estuviera fuera de su alcance explicarla. Dejaban que los jóvenes rusos buscaran por sí mismos un norte en la vida. Asi se debatía Yuri, tenía prisa por ver, tenía prisa por saber, pero al mismo tiempo, siguiendo la ancestral manera rusa, sumergía su angustia en el alcohol cada vez con más frecuencia y desgarro.

¿Cómo era esa escuela de espionaje? Nada serio, naturalmente. En seis meses apenas podían enseñarles a manejar el paracaídas, los explosivos y el radioemisor. No es que depositaran muchas esperanzas en ellos; si los arrojaban al otro lado era sólo para hacer que aumentara la moral. En cambio, según creía Yuri, para los prisioneros rusos, moribundos y abandonados a su suerte, aquellas escuelas de mentirijillas eran una buena salida: los muchachos se hartaban de comida, les daban ropa de abrigo nueva y, por si fuera poco, les atiborraban los bolsillos de dinero soviético. Los alumnos (lo mismo que los profesores) fingían creerse que todo iría así: en la retaguardia soviética se pondrían a espiar, volarían los objetivos señalados, se comunicarían por radio mediante mensajes cifrados y después regresarían. Pero para ellos la escuela era la forma de escapar de la muerte y el cautiverio, querían seguir con vida, pero no al precio de disparar contra los suyos en el frente.

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