Yuri sólo pasó en nuestra celda tres semanas, durante las cuales no dejé de discutir con él. Yo decía que nuestra revolución había sido justa y magnífica, que lo único horrible había sido que la traicionaran en 1929. El me miraba con lástima y encogía nervioso los labios: ¡Antes de hacer la revolución debíamos haber erradicado las chinches de nuestro país! (Aunque partían de posiciones tan diferentes, curiosamente, él y Fastenko coincidían hasta cierto punto.) Yo le decía que durante mucho tiempo el país de los soviets había estado dirigido exclusivamente por personas de elevadas intenciones y total abnegación. El respondía que habían sido de la misma carnada que Stalin desde el principio (Stalin era un bandido, en eso no disentíamos.) Yo ensalzaba a Gorki: ¡qué inteligente! ¡Qué opiniones tan atinadas! ¡Qué gran artista! El me rebatía: ¡qué personalidad más insignificante e insulsa! Se había inventado a sí mismo, había inventado a sus personajes y sus libros eran una patraña de cabo a rabo. Lev Tolstói, ¡ése sí que era el rey de nuestra literatura!

Estas discusiones diarias, vehementes a causa de nuestra juventud, nos impidieron intimar y descubrir en el otro algo más que lo que rechazábamos.

Se lo llevaron de la celda, y desde entonces, por lo que he podido preguntar, nadie estuvo preso con él en Butyrki, ni nadie se lo encontró en las cárceles de tránsito. A los vlasovistas, aunque fueran rasos, los hacían desaparecer sin dejar rastro, lo más probable bajo tierra; algunos hasta hoy ni siquiera tienen documentos para abandonar sus confines perdidos del norte. Además, Yuri Yevtujóvich, con su destino singular, se distinguía del resto de ellos. [141] 2

A partir de aquí utilizo la palabra «vlasovista» en el sentido impreciso con que brotó de forma espontánea, si bien su uso me tan pertinaz que quedó implantada en el lenguaje soviético. Nunca se le ha dado una definición clara, y es que ponerse a buscar una habría sido peligroso para el ciudadano de a pie e incómodo para las personalidades oficiales: «vlasovista» era, en general, todo subdito soviético que en esa guerra se hubiera puesto del lado del enemigo con las armas en la mano. Serán precisos muchos años y libros para analizar este concepto y establecer las diferentes categorías que abarca. Sólo entonces estaremos en condiciones de distinguir a los «vlasovistas» propiamente dichos, es decir, los partidarios o subordinados directos del general Vlásov a partir del momento en que éste, prisionero de los alemanes, prestó su nombre al movimiento antibolchevique. Durante algunos meses sus seguidores se contaron sólo por centenares y aún no había llegado a formarse un ejército vlasovista con mando unificado o siquiera como fuerza real. Pero en diciembre de 1942 los alemanes recurrieron a una artimaña propagandística: difundieron la (falsa) noticia de que había tenido lugar la «asamblea constituyente» de un «Comité ruso» en Smolensk. El comunicado daba a entender tanto que dicho Comité aspiraba a ser algo así como un gobierno ruso como que no; jugaba con la ambigüedad y daba además unos nombres: el del teniente general Vlásov y el del capitán general Malyshkin. Los alemanes podían permitirse estos devaneos: anunciar un proyecto, anularlo después y, más tarde, actuar incluso en contra; sin embargo, las octavillas ya habían caído revoloteando de los aviones, se habían posado en los campos de batalla y también en nuestra memoria. Era natural que nos imagináramos ese «Comité Vlásov» como un movimiento o unas fuerzas armadas, y cuando vimos ante nosotros, en el seno del ejército alemán, a los primeros compatriotas armados —en forma de unidades rusas o de otras nacionalidades—, les dimos el único nombre que conocíamos: «vlasovistas», a lo que nuestros comisarios políticos no pusieron ningún reparo. De esta manera accidental, pero persistente, todo aquel movimiento quedó relacionado con el nombre de Vlásov.

¿Así pues, cuántos compatriotas nuestros se levantaron en armas contra su Patria? «Como mínimo ochocientos mil ciudadanos soviéticos se alistaron en organizaciones combativas cuyo objetivo era luchar contra el Estado soviético», —atestigua un investigador (Thorwald: Wen sie ver-derben wollen...,Stuttgart, 1952)—. Otros hacen estimaciones parecidas (por ejemplo, Sven Steenberg: Wlassow, Verráter oder Patriot?,Colonia, 1968). La dificultad de establecer cifras exactas se debe en parte a una pugna entre tendencias distintas dentro del mando militar y la administración alemanas. Por ello se exigía a las instancias inferiores, que veían con más realismo el curso de la guerra, que quitaran peso a estas cifras, de modo que las altas esferas no se alarmaran con el crecimiento de unas fuerzas que aunque antibolcheviques, no eran necesariamente germanófilas. Todo esto ocurría mucho antes de que se hubiera formado el Ejército Ruso de Liberación a finales de 1944.

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