¡No, no los perdonó! A Semiónov y a Kárpov los conocí en Butyrki, cuando a los dos ya los habían sentenciado a los correspondientes... ¿cuántos?, el sagaz lector lo sabe ya: diez años de cárcel más cinco de bozal.¡A ellos, que eran brillantes ingenieros y habían rechazado el ofrecimiento alemán de trabajar en su especialidad! ¡A Semiónov, que en 1941, siendo alférez, había ido al frente de voluntario! Semiónov, que en 1942, por falta de pistolas, todavía andaba con una cartuchera vacía (el juez de instrucción no comprendía por qué, antes que entregarse, no se había pegado un tiro con la funda). Semiónov, que se había evadido tres veces y que en 1945, cuando fue liberado del campo de concentración, como medida disciplinaria lo subieron a un tanque (durante un ataque de blindados), participó en la conquista de Berlín y recibió la orden de la Estrella Roja.* Y después de todo esto fue encarcelado al fin y sentenciado. Éste es el espejo de nuestra Némesis.

Pocos fueron los prisioneros de guerra que cruzaron la frontera soviética como hombres libres, y si en medio del barullo alguno consiguió colarse, más tarde le echarían el guante, aunque fuera en 1946-1947. A unos los arrestaban ya en Alemania, en los puntos de reagrupamiento. A otros, aunque en apariencia no estuvieran detenidos, al llegar a la frontera los metían en vagones de mercancías y los llevaban escoltados hasta uno de los numerosos Campos de Control y Filtrado (PFL) desparramados por todo el país. Esos campos no se diferenciaban en nada de los Campos de Trabajo Correccional, salvo que los reclusos entraban en ellos cuando aún no les habían condenado y no oían sentencia hasta que se encontraban en ellos. En estos PFL nadie permanecía de brazos cruzados —todos estaban situados junto a una fabrica, una mina o una edificación— y los ex prisioneros de guerra, contemplando la patria recobrada a través de las mismas alambradas que en Alemania, podían incorporarse desde el primer día a la jornada laboral de diez horas. En las horas de asueto —de noche y de madrugada— se interrogaba a los internados, y para ello había en los PFL gran cantidad de agentes operativos y jueces de instrucción. Como siempre, la instrucción partía del supuesto de que eras culpable de antemano. Y tú, sin salir de las alambradas, debías demostrar que noeras culpable. Para ello sólo podías basarte en tus testigos, otros prisioneros de guerra, que podían haber ido a parar a otro PFL, en el quinto pino. Por ello los agentes operativos de Kemerovo solicitaban informes a los de Solikamsk, éstos tomaban declaración a los testigos y enviaban las respuestas junto a nuevas peticiones, y entonces también te interrogaban a ti como testigo. Es cierto que para esclarecer tu caso podía hacer falta un año y hasta dos, pero ello no significaba perjuicio alguno para la patria: mientras tanto, tú ibas sacando carbón todos los días. Y si alguno de los testigos declaraba algo desfavorable sobre ti, o si éstos ya no estaban vivos, entonces ¡despídete!: ya eras un «traidor de la patria» y la sesión del tribunal itinerante te estampillaba tus diez años. Y si por más vueltas que le dieran a tu caso, resultaba que al parecer no habías servido a los alemanes, y lo que es más importante, no habías tenido tiempo de ver estadounidenses ni ingleses en carne y hueso (que te hubieran liberado ellos y no los nuestros se consideraba circunstancia enormemente agravante), entonces los agentes operativos decidían de qué grado de aislamiento eras digno. A algunos les prescribían un cambio de residencia (esto siempre destruye los vínculos del hombre con su entorno y le hace más vulnerable). A otros les proponían noblemente que ingresaran en la VOJR, es decir, en la guardia militarizada de los campos penitenciarios: aunque en apariencia quedaba libre, el hombre perdía toda libertad individual y partía hacia lugares apartados. A los terceros les daban un apretón de manos, y aunque merecían el paredón por haberse rendido, dejaban humanamente que se fueran a casa. ¡Pero se alegraban antes de tiempo! Mucho antes que ellos, por los misteriosos canales de las Secciones Especiales, su expedienteya había llegado al país. Esos hombres dejaban definitivamente de ser de los nuestrosy con la primera ola de arrestos masivos (como la de los años 1948-1949) los encarcelaban por propaganda antisoviética o por lo que más les cayera a mano. Con esa gente también estuve preso.

«¡Ay, si lo hubiera sabido...!»: éste era el estribillo en las celdas esa primavera. «¡Si hubiera sabido que me iban a recibir así!, ¡que me iban a engañar así! ¡que me esperaba esta suerte! ¿Iba a volver yo a la patria ? ¡Por nada del mundo! ¡Hubiera hecho todo lo posible por llegar a Suiza, a Francia! ¡Habría cruzado el mar! ¡El océano! ¡Hasta la otra punta del mundo!»

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги