2. Según el relato, el problema fundamental del cautiverio es que entre los nuestros surgen traidores y no que la Patria nos haya abandonado, negado y maldecido (Shólojov no dice de ello una palabra), cuando es esto precisamente lo que nos sumía en una situación sin salida. (Si eso es lo principal, pues entonces profundiza y explica de dónde han podido salir esos traidores, un cuarto de siglo después de una revolución apoyada por todo el pueblo.)
3. El autor inventa una evasión rocambolesca, de novela policiaca, una serie de patrañas para que la fuga no desemboque en el obligatorio e ineludible proceso de recepción de los que vienen del cautiverio: el SMERSH y el Campo de Control y Filtrado. A Sokolov no sólo no lo ponen tras las alambradas, como exige el reglamento, sino que —¡menudo chiste!— ¡recibe del coronel un mes de permiso! (¿o sea que le dan tiempo para que pueda cumplir la «misión» que le ha encomendado el espionaje fascista? ¡Entonces, el coronel hubiera ido derechito detrás de él!).
Si huías a donde los partisanos del Frente Occidental para alcanzar las fuerzas de la Resistencia, no estabas haciendo más que aplazar el pago de toda tu deuda con los tribunales, y además ello aún te hacía más peligroso: al vivir libremente entre los europeos podías haberte contagiado de un espíritu muy nocivo. Y si tú no temiste escapar y después combatir, es qu eeres un hombre decidido, doblemente peligroso para la patria.
¿Y sobrevivir en el campo de concentración a costa de tus compatriotas y de tus camaradas? ¿Y convertirte en policía de campo, en jefe de barracón, en ayudante de los alemanes y de la muerte? La ley de Stalin eso no lo castigaba con mayor severidad que la participación en las fuerzas de la Resistencia: era el mismo Artículo y la misma condena. (No cuesta adivinar el porqué: ¡hombres así aun son menos peligrosos!) Pero una ley íntima inexplicablemente arraigada en nuestro interior, vedaba este camino a todos, excepto a la escoria.
Excluidos estos cuatro caminos, fuera de tu alcance o inaceptables, quedaba una quinta vía: esperar a los reclutadores y ver qué proponían.
A veces, por suerte, venían delegados de los Bezirk (distritos) rurales a reclutar jornaleros para los Bauer (o sea, los granjeros); o de las empresas, para llevarse a ingenieros y obreros. Por alto imperativo e«stalin»iano, también a esto debías negarte, tenías que ocultar que eras ingeniero u obrero especializado. Si eras ingeniero-aparejador o electricista, la única forma de conservar tu patriotismo inmaculado era quedarte en el campo de concentración a cavar, a pudrirte y a rebuscar en el basurero. En este caso, por simple traición a la Patria podías contar con una condena de diez años de cárcel y cinco de
Era la fina mano de un hipopótamo metido a relojero por la que tanto se distinguía Stalin.
A veces llegaban reclutadores totalmente distintos: solían ser rusos, hasta hacía poco comisarios políticos, pues los guardas blancos no se prestaban a estos quehaceres. Los reclutadores organizaban un mitin en el campo de concentración, echaban pestes del régimen soviético e invitaban a inscribirse en las escuelas de espionaje o en las unidades de Vlásov.
El que no haya pasado el hambre de nuestros prisioneros de guerra, el que no haya roído los murciélagos que llegaban volando al campo de concentración, el que no haya cocido viejas suelas de zapato, difícilmente llegue a comprender qué irresistible fuerza material adquiere cualquier llamada, cualquier argumento, si tras él, tras las puertas del campo, humea una cocina de campaña y todo aquel que da su consentimiento puede comer inmediatamente tanta
Pero además de la
¡Cuando hemos hecho que un hombre se degrade hasta roer murciélagos, nosotros mismos lo hemos eximido de todo deber, no ya ante la patria, sino ante la humanidad misma!