Uno de nuestros antiguos proverbios ya justificaba la rendición: «El cautivo puede gritar, el muerto jamás». En tiempos del zar Alexéi Mijaílovich ¡concedían títulos nobiliarios por haber sufrido cautiverio!En todas las guerras siguientes, la sociedad se impuso la tarea de canjear sus prisioneros, darles cuidado y calor. Toda evasión del cautiverio se celebraba como una gran heroicidad. Durante toda la primera guerra mundial, hubo colectas en Rusia para socorrer a nuestros prisioneros, se permitió que nuestras hermanas de la caridad fueran hasta Alemania a visitarlos, y cada periódico recordaba a diario al lector que había compatriotas languideciendo en cruel cautiverio. Todos los pueblos occidentales hicieron lo mismo en esta última guerra también: paquetes, cartas, todas las formas de apoyo circulaban con libertad a través de los países neutrales. Los prisioneros occidentales no se rebajaban a comer del rancho alemán, trataban con desprecio a los guardianes alemanes. A los militares que habían caído prisioneros, los gobiernos occidentales les contaban el cautiverio como años de servicio, y les concedían los ascensos correspondientes e incluso un sueldo.

¡Sólo los soldados del Ejército Rojo, único en el mundo, no se rinden!Así está escrito en el reglamento («Ivan píen nkht»,nos gritaban los alemanes desde sus trincheras), ¿pero quién podría haberse imaginado todo lo que de esto se desprendía? Hay guerra, hay muerte, ¡pero no hay rendición! ¡Qué descubrimiento! Eso significa: anda y muérete, que nosotros seguiremos viviendo. Pero si tú, aunque hayas perdido las piernas, vuelves del cautiverio, con muletas pero vivo (como el leningradense Ivanov, jefe de una sección de ametralladoras en la guerra de Finlandia, que después estuvo preso en el campo de Ust-Vym), te vamos a juzgar.

Sólo nuestro soldado, aborrecido por la patria, despreciable a los ojos de enemigos y aliados, anhelaba la bazofia que le servía el Tercer Reich por el portón de atrás. Sólo él tenía cerrada a cal y canto la puerta de la patria, aunque los más jóvenes se resistieran a creer que había cierto Artículo 58-1-b según el cual, en tiempo de guerra, no había pena inferior al fusilamiento. ¡Por no haber querido morir de una bala alemana, tras el cautiverio el soldado debía morir de una bala soviética! Otros mueren de las balas del enemigo, nosotros de las nuestras.

(Sería ingenuo preguntarse: por qué.Los gobiernos de todas las épocas tienen muy poco de moralistas. Si han encarcelado y ejecutado a la gente, jamás ha sido poralgo. ¡Encarcelan y ejecutan para que no! Atodos estos prisioneros los encarcelaron, claro está, no por traición a la patria, pues hasta el más imbécil veía claramente que sólo a los vlasovistas se los podía condenar por traición. Los encerraron para que no evocaran Europa entre sus paisanos. Ojos que no ven, corazón que no sueña...)

Así pues, ¿qué caminos se le ofrecían al prisionero de guerra ruso? Legal, sólo uno: tenderse y dejarse pisotear. Cualquier brizna de hierba procura vivir, abriéndose camino con su endeble tallo. Pero tú, tiéndete y déjate pisotear. Aunque sea ya algo tarde, puedes morirte ahora, ya que no lograste morir en el campo de batalla, entonces no se te juzgará.

Duermen los soldados. Han dicho su palabra. Y con ellos, la razón. Por siempre jamás.

Todos, todos los demás caminos que pueda inventar tu desesperado cerebro, todos conducen a enfrentarse con la Ley.

La evasión para alcanzar la patria atravesando las alambradas del campo, cruzando media Alemania y luego por Polonia o los Balcanes, conduce al SMERSH y al banquillo de los acusados: ¿Cómo has logrado evadirte si los demás no lo consiguen? ¡Esto huele a chamusquina! Di, canalla, con qué misiónte han enviado (Mijaíl Bumatsev, Pável Bondarenko y muchos, muchos otros).

En nuestra crítica literaria ha quedado establecido que Shólojov, en su inmortal relato El destino de un hombre,expuso la «verdad amarga» sobre esta «faceta de nuestra vida», que «puso al descubierto» este problema. Nos vemos obligados a replicar que en dicho relato, por lo demás muy flojo, donde las páginas de guerra son pálidas y poco convincentes (es evidente que el autor no conoció la última guerra), donde se caracteriza a los alemanes de una manera tópica, como en las estampillas populares hasta convertirlos en figuras cómicas (el único personaje logrado es la esposa del protagonista, que es una mujer piadosa típica de Dostoyevski), en este relato, pues, sobre el destino de un prisionero, el verdadero problema del cautiverio queda escamoteado o tergiversado:

1. Se ha elegido el caso de cautiverio más inocuo: el protagonista había perdido el conocimiento, con lo que éste queda «fuera de toda duda» y el autor pasa de puntillas sobre el quidde la cuestión: y si se hubiera rendido sin haber perdido el conocimiento, como sucedió con la mayoría, ¿qué habría pasado entonces?

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