Pero una Rusia así y una victoria así eran para Hitler mucho más temibles que cualquier derrota. Ni siquiera después de Stalingrado y de haber perdido el Cáucaso advirtió Hitler que algo hubiera cambiado. Mientras Stalin se arrogaba el papel de defensor supremo de la patria, reinstauraba los antiguos galones rusos, restablecía la Iglesia ortodoxa y disolvía la Komintern, Hitler hizo cuanto estuvo en su mano para ayudarle y dispuso en septiembre de 1943 que se desarmara a todas las unidades de voluntariosy se mandara a sus integrantes a las minas de carbón. Luego cambió de parecer: mejor que se los llevaran a la Muralla Atlántica, contra los aliados.

Puede decirse que desde este momento el proyecto de un ejército ruso independiente se había ido al traste. ¿Qué hizo Vlásov? Por una parte, no sabía lo mal que pintaba el asunto (e ignoraba que después de sus viajes se le consideraba de nuevo prisionero de guerra y que por tanto corría peligro), y por otra, emprendió de manera irreversible un camino funesto de esperanzas infundadas y acuerdos con la Bestia, toda vez que ante las bestias del Apocalipsis sólo podemos salvarnos si somos tenaces y no damos el brazo a torcer, desde el primer minuto hasta el último. Pero, ¿es que acaso dispuso alguna vez el Movimiento de Liberación de los ciudadanos rusos aunque fuera de un minuto? Desde el principio estuvo condenado a morir, como víctima tardía en el ara, aún caliente, de 1917. Estas víctimas se extenderían como un rosario de huesos durante el primer invierno de guerra, el de 1941-1942, que aniquiló a varios millones de prisioneros soviéticos. Era un rosario que había empezado ese verano, con el reclutamiento de una milicia popular de hombres desarmados que debían salvar al bolchevismo.

Se impone aquí la comparación entre Vlásov y el general-mayor Mi-jaíl Lukin, comandante del 19º Ejército, que en 1941 aceptó luchar contra el régimen estalinista pero exigió garantías de independencia nacional para una Rusia sin comunistas, y al no recibirlas, no se movió del campo de prisioneros. En cambio, Vlásov cedió a unas esperanzas que nada garantizaban y, puesto ya en este camino, claudicó en más de una ocasión ante los argumentos apaciguadores de sus asesores. Cada vez que intentaba detenerse, echarse atrás o romper con todo, le presentaban un argumento: «desarmarán a todas las unidades de voluntarios», «no habrá salida para los prisioneros de guerra», «empeorará la situación de los Ostarbeiter»(es decir: de los rusos que trabajaban en Alemania). Y atenazado por estas razones, en octubre de 1943 Vlásov firmó una carta abierta a los voluntarios trasladados, ya sin armas, al Frente Occidental: era una medida provisional, había que someterse... Y así fue como ese acerbo voluntariado perdió la poca razón de ser que le quedaba: fueron enviados como carne de cañón contra los aliados y contra la Resistencia francesa, es decir: contra los únicos que despertaban sincera simpatía entre los rusos de Alemania, aquellos rusos que habían sufrido en propia piel tanto la crueldad como la autosuficiencia de los alemanes. Con ello quedaban soterradas las secretas esperanzas que los círculos vlasovistas habían estado acariciando con respecto a los anglonorteamericanos: si los aliados habían apoyado a los comunistas, ¿cómo no iban a apoyar, contra Hitler, a una Rusia democrática, no comunista? Con más razón aún, cuando cayera el Tercer Reich y se manifestara a las claras el ansia de los soviéticos por extender su régimen a Europa y por todo el mundo, ¿cómo iba a continuar Occidente apoyando la dictadura bolchevique? A este respecto existía un abismo entre los puntos de vista ruso y occidental, una divergencia que hasta el día de hoy sigue sin haberse superado. Para Occidente se trataba de una guerra sólocontra Hitler, y en esta lucha consideraba buenos todoslos medios y todoslos aliados, en especial los soviets. Más que no poder, Occidente no quería admitir —hubiera sido un engorro y un obstáculo— que los pueblos de la URSS pudieran tener aspiraciones propias,no coíncidentescon los objetivos del Gobierno comunista. Veamos, si no, este tragicómico botón de muestra: cuando llegaron al Frente Occidental los voluntarios de los batallones antibolcheviques, ¡los aliados difundieron proclamas en las que prometían a los que se pasaran al bando aliado el regreso inmediato a la Unión Soviética!

En sus sueños y esperanzas, Vlásov y los suyos se veían a sí mismos como una «tercera fuerza», es decir: ni Stalin ni Hitler. Sin embargo, tanto Stalin como Hitler —lo mismo que Occidente— arrancaron este cimiento de bajo sus pies: para Occidente los vlasovistas nunca fueron más que una extraña categoría de colaboracionistas nazis sin mayor mérito que los demás.

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