Recuerdo avergonzado que durante la conquista (es decir, en el pillaje) de la bolsa de Bobruisk iba yo por la carretera entre vehículos alemanes despanzurrados patas arriba y a cuyo alrededor se desparramaba un exuberante botín de guerra, cuando escuché gritos de socorro en una hondonada, allí, enmedio de coches y carros atascados deambulaban sin rumbo los caballos de tiro alemanes y humeaban unas hogueras hechas con trofeos apilados. «¡Señor capitán! ¡Señor capitán!», en un ruso perfecto estaba pidiéndome protección un soldado q uemarchaba a pie, con pantalones alemanes, desnudo de cintura para arriba, con la cara, el pecho, los hombros y la espalda ensangrentados, mientras un sargento de la Sección Especial montado a caballo, lo acosaba con el látigo y le echaba el animal encima. Fustigaba sus carnes desnudas a latigazos y no permitía que se diera la vuelta ni que pidiera auxilio, le iba empujando a golpes, marcando en su piel nuevas cicatrices rojas. ¡No estábamos en las guerras púnicas ni en las médicas! Cualquier persona que tuviera autoridad, cualquier oficial de cualquier Ejército del mundo, tenía la obligación de detener aquella tortura arbitraria. Cualquier oficial, de cualquier Ejército, sí. Pero, ¿también del nuestro? ¿Con la feroz y absoluta dicotomía con que veíamos la Humanidad? (Si no estás con nosotros,si no eres de los nuestros,etcétera, o sea, sólo mereces el desprecio y la muerte.) Pues bien, me acobardéde defender a un vlasovista ante un sargento de la Sección Especial, no dije ni hice nada, pasé de largo como si no lo hubiera oídopara que esa peste, de todos conocida, no se me pegara a mí (¿Y si el vlasovista fuera un supercriminal? ¿Y si el sargento se cree que yo...? ¿Y si...?). Más sencillo aún para el que conozca el ambiente de entonces en el Ejército: ¿qué caso le habría hecho un sargento de la Sección Especial a un capitán del Ejército?

Con cara brutal, el sargento continuó azotando y acosando a aquel hombre indefenso como si fuera ganado.

Esta escena se me quedó grabada para siempre. En realidad, es casi un símbolo del Archipiélago, podría ilustrar la portada del libro.

Y ellos, que presentían, que sabían todo esto de antemano, se cosían pese a todo el escudo con el campo de San Andrés y las siglas ROA en la manga izquierda de su uniforme alemán.

La brigada de Kaminski, formada en Lokot, en la región de Briansk, se componía de cinco regimientos de infantería, un grupo de artillería y un batallón de tanques. En julio de 1943 se encontraba en una franja del frente cercana a Dmitrovsk-Orlovski. En otoño uno de sus regimientos defendió firmemente Sevsk hasta perder el último hombre: las tropas soviéticas remataron a los heridos y al jefe del regimiento lo llevaron a Ostras, atado a un tanque, hasta matarlo. Cuando la brigada hubo de retarse de Lokot, su región natal, lo hizo en una sola columna, con sus «millas y sus carros, formando un éxodo de más de cincuenta mil personas (¡ya podemos imaginarnos cómo peinaría el NKVD esta regió nautónoma antisoviética nada más entrar en ella!). Más allá de Briansk les aguardaba un largo y amargo periplo: esperaron en forma humillante a las puertas de Lepel, los utilizaron contra los guerrilleros y más tarde tuvieron que replegarse a la Alta Silesia, donde Kaminski recibió la orden de aplastar la insurrección de Varsovia* y no fue capaz de desobedecer. Partió con 1700 hombres solteros que llevaban uniforme soviético y brazaletes amarillos. Así era como entendían los alemanes todas esas escarapelas tricolores, el campo de San Andrés y la efigie de San Jorge Victorioso. Entre el ruso y el alemán era imposible que hubiera traducción, ni comunicación, ni entendimiento.

Los batallones formados a partir de la disuelta unidad de Osintorf también estaban llamados a combatir a los guerrilleros o ser trasladados al Frente Occidental. En 1943 la «brigada de la guardia» del ROA, compuesta por algunos centenares de hombres, se encontraba acantonada cerca de Pskov (en Stremutka) y mantenía contactos con la población rusa de los alrededores, pero el mando alemán impidió que creciera.

Los míseros periódicos de las unidades de voluntarios eran sometidos al machete de la censura alemana. A los vlasovistas no les quedaba más que batirse a vida o muerte, y, en los ratos de ocio, beber vodka y más vodka. La perdición irremediable, ésa fue la tónica de esos años de guerra y exilio. Sin ninguna salida, sin ningún sitio adonde ir.

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