Incluso cuando ya estaban retrocediendo en todos los frentes y se hallaban en vísperas del desastre, Hitler y sus adláteres no pudieron superar su contumaz desconfianza hacia las formaciones rusas autónomas, ni decidirse a tolerar un asomo de independencia en una Rusia que no estuviera sometida a ellos. No fue hasta que todo se derrumbaba crujiendo a su alrededor, en septiembre de 1944, cuando Himmler dio su aprobación a la creación de un ROA compuesto por divisiones íntegramente rusas, incluso con su pequeña aviación, y en noviembre de 1944 se permitió un espectáculo que de todos modos llegaba tarde: la convocatoria de un Comité de Liberación de los Pueblos de Rusia. Sólo en el otoño de 1944 obtuvo el general Vlásov la primera posibilidad, con visos creíbles, de actuar, aunque a sabiendas de que ya era tarde. Añadamos a esto que el principio federal atraía a pocos: Bandera, puesto en libertad por los alemanes (también en 1944) rehusó una alianza con Vlasov; las unidades separatistas ucranianas veían en Vlásov a un imperialista ruso y no querían caer bajo su férula; por parte de los cosacos rehusó el general Krasnov. Hubo que esperar al décimo día antes del desplome definitivo de Alemania —¡el 28 de abril de 1945!— para que Himmler permitiera que un cuerpo de cosacos se pusiera a las órdenes de Vlásov. El mando nazi ya estaba dominado por el caos: unos jefes permitían que se retiraran del frente unidades de voluntarios rusos para integrarlas en el ROA, y otros lo impedían. Además, en la práctica resultaba difícil arrancar de primera línea a los batallones rusos en pleno combate, como tampoco era tarea fácil encontrar a Ostarbeiter rasos dispuestos a dejar sus trabajos en la retaguardia para alistarse en el ROA. Tampoco los alemanes se dieron prisa en poner en libertad prisioneros rusos para el ejército de Vlásov: al revés la máquina no funcionaba tan bien. Pese a todo, en febrero de 1945 se formó la Primera División del ROA (la mitad eran soldados procedentes de Lokot) y empezó la formación de la Segunda. Ya era demasiado tarde para confiar que esas divisiones fueran a entrar en combate como aliadas de Alemania; en el mando vlasovista se encendía ahora la esperanza, largo tiempo acariciada en secreto, de un conflicto entre los soviets y los aliados. Lo señalaba también un informe del Ministerio de Propaganda alemán (febrero de 1945): «el movimiento de Vlásov no se considera ligado a vida o muerte con Alemania, hay en él fuertes simpatías anglofilas e ideas sobre un cambio de rumbo. El movimiento no es nacionalsocialista y no reconoce en absoluto el problema judío».
Esta ambigüedad se reflejó también en el Manifiesto del Comité de Liberación de los Pueblos de Rusia publicado en Praga (para que fuera en tierra eslava) el 14 de noviembre de 1944. El documento no podía evitar una mención a «las fuerzas del imperialismo, encabezadas por los plutócratas de Inglaterra y EE.UU, cuya grandeza se basa en la explotación de otros países y pueblos» y «ocultan sus miras criminales bajo consignas de defensa de la democracia, la cultura y la civilización», pero al mismo tiempo no contenía sumisión alguna al nacionalsocialismo, al antisemitismo ni a la Gran Alemania. A lo máximo que llegaba era a llamar «pueblos amantes de la libertad» a todos los enemigos de los aliados, aplaudía «la ayuda alemana, recibida en condiciones que no perjudican el honor ni la independencia de nuestra patria» y decía anhelar una "Paz honrosa con Alemania». De hecho, por deshonrosa que fuera, no Podría ser peor que la de Brest-Litovsk, y en las condiciones de entonces, Puede que hasta fuera mejor, aunque de todos modos siguiera siendo Preciso un cambio en el equilibrio de fuerzas europeo. En el Manifiesto seveía un intenso esfuerzo por presentar un proyecto demócrata y federalista (otorgando a las naciones libertad de secesión), mientras que con pie cauteloso tanteaba una doctrina social de resabios soviéticos, todavía inmadura e insegura de sí misma: el «fenecido régimen zarista», «el retraso cultural y económico de la antigua Rusia», «la revolución popular de 1917...». El Manifiesto sólo era consecuente en su antibolchevismo.