Sólo la idea de que, ahora que se acercaba el final, los vlasovistas quizá fueran de utilidad a los aliados podía iluminar de algún sentido su largo pender de la soga alemana. Nunca habían dejado de acariciar —mejor digamos asirse— a esta esperanza: terminaba la guerra y había llegado la hora de que los poderosos anglonorteamericanos exigieran de Stalin un cambio en su política interna. Cada vez había menos distancia entre los ejércitos del Este y el Oeste ¡iban a encontrarse sobre el cadáver de Hitler! ¿Cómo no va a estar Occidente interesado en aprovechar y utilizar
¡Pues no, no lo comprendían, ni mucho menos! ¡Ay, la necedad de la democracia occidental! ¿Cómo? ¿Dicen ustedes que constituyen la oposición política? ¿Pero desde cuándo existe oposición en su país? ¿Y entonces, por qué no se ha manifestado nunca públicamente? Bueno, si no les gusta Stalin, vuelvan a casa y en la primera campaña electoral le niegan el voto, ése es el camino honesto. Pero es que recurrir a las armas, y encima alemanas... No, ahora tenemos la obligación de entregarlos, otra cosa no sería correcta y además, se resentirían nuestras relaciones con nuestro valeroso aliado.
En la segunda guerra mundial, Occidente defendió su libertad y la defendió para sí mismo, pero a nosotros (y a la Europa del Este) nos hundió en una esclavitud dos veces más profunda.
La última tentativa de Vlásov fue la siguiente declaración: el mando del ROA estaba dispuesto a comparecer ante un tribunal internacional, pero la entrega del ejército a las autoridades de la URSS, donde les esperaba una muerte cierta, era tanto como entregar un movimiento de oposición, lo cual contravenía el Derecho Internacional. Nadie oyó este grito desesperado, e incluso la mayoría de jefes militares estadounidenses se quedaron estupefactos al enterarse de que había rusos no soviéticos; lo más natural era ponerlos en manos soviéticas.
El ROA no sólo capituló ante los norteamericanos, sino que