¡Con lo cómodo que es juzgar a puerta cerrada! No hace falta ni la toga, y hasta puede uno ir en mangas de camisa. ¡Asi da gusto trabajar! Ni micrófonos, ni corresponsales de prensa, ni público. (Bueno, público sí hay, pero son los jueces de instrucción. Por ejemplo, en el Tribunal regional de Leningrado los jueces iban de día a escuchar qué tal se portaban sus reos, y después, de madrugada, visitaban en la cárcel a los que fuera preciso
El segundo rasgo esencial de nuestros tribunales políticos era la previsibilidad del trabajo. Es decir, las sentencias predeterminadas.
Esa misma recopilación De
El juez sabe de antemano qué condena es la más apropiada, ya sea para tu caso concreto, o porque sigue unas instrucciones generales (¡y si no, para algo hay un teléfono en el despacho del juez!). A imagen y semejanza de la OSO, hay incluso sentencias escritas a máquina por anticipado a las que sólo falta añadir a mano el apellido que convenga. Y si a un tal Strájovich durante un juicio se le ocurre gritar: «¿Cómo iba a reclutarme Ignatovski, si yo tenía diez años!», el presidente del tribunal (Región Militar de Leningrado, 1942) se limitaba a gruñir: «¡Le prohibo que calumnie a los servicios de inteligencia soviéticos!». De todos modos, hace tiempo que ya está decidido: a todo el grupo de Ignatovski lo van a fusilar.
[170]
0Pero en el grupo ha aparecido un tal Lípov:
¡Cómo alivia al juez su camino de espinas la decisión previa de las condenas! Es un alivio no tanto mental —no hay nada que discurrir— cuanto espiritual: así no se consumen pensando que, si dictan mal una sentencia, van a dejar huérfanos a sus propios hijos. Hasta a un juez-asesino tan encarnizado como Ulrich —¿habrá algún fusilamiento sonado que no haya sido anunciado por boca suya?— esta predeterminación de la sentencia le predisponía a la benevolencia. Por ejemplo, en 1945, cuando llegó a la Magistratura Militar el caso de los «separatistas estonios». Preside el buenazo de Ulrich, tan bajito y rechoncho él. No pierde ocasión de bromear, no sólo con sus colegas, sino también con los acusados (¡eso sí que es humanidad!, ¡un nuevo rasgo!, ¿en qué otro país puede verse algo así?). Al enterarse de que Suzi es abogado, le dice con una sonrisa: «¡Pues le va a ser muy útil su profesión!». A ver, ¿por qué tendrían que discutir? ¿Por qué enfurecerse? El juicio transcurre en un ambiente muy agradable: se fuma en la propia mesa del tribunal, y cuando apetece, se hace una buena pausa para comer. Cuando llega la noche, hay que ir a
Bueno, y para acabar, un tercer rasgo de nuestros tribunales: la
Si el mundo entero cambia, avanza, ¿no he de osar yo romper mi palabra?
Todos los artículos habían quedado envueltos en interpretaciones, indicaciones, instrucciones. Si los actos del reo no están tipificados en el Código, también puede condenársele:
—por
—simplemente,
—por tener