Abatido tras un mes de encierro en un foso, Chulpeniov comparece ante el tribunal de la 36ª División motorizada. Están presentes: el comisario político de la División Lébedev y el jefe de la sección política Slesariev. El testigo Lozovski ni siquiera es convocado por el tribunal. (Sin embargo, después del juicio, se requirirá la firma de Lozovski y del comisario Serioguin para legitimizar sus falsos testimonios.) Preguntas del tribunal: ¿mantuvo usted alguna conversación con Lozovski? ¿Qué le preguntó a usted? ¿Qué le respondió usted? Chulpeniov declara con llaneza, aún no ve su culpa. «¡Pero si hay muchos que dicen lo mismo!», exclama ingenuamente. El tribunal está muy atento: «¿Quién concretamente? ¡Dé nombres!». ¡Pero Chulpeniov no está hecho de esa madera! Le conceden la última palabra. «Ruego al tribunal que ponga otra vez a prueba mi patriotismo, ¡que me confíe una misión con peligro de muerte!». Y aun añadió el candido gigantón: «¡A mí y al que me ha calumniado, iremos juntos!».

¡Ah, eso sí que no!. Nosotros estamos aquí para erradicar en el pueblo estos gestos de hidalguía, Lozovski a su botica, y Serioguin a educar a sus soldados. [174] 4¿Qué importa que mueras o no mueras? Lo importante es que nosotrosnos hemos mostrado vigilantes. Salieron, fumaron un cigarrillo y volvieron: diez años más tres de privación de derechos.

Durante la guerra, asuntos como éste hubo más de diez en cada división (de otro modo habría salido un poco caro mantener un tribunal). ¿Que cuántas divisiones había en total? El propio lector puede echar la cuenta.

...Las sesiones de los tribunales son siniestramente parecidas entre sí. Los jueces, siniestramente impersonales e insensibles: como unos guantes de goma. Las sentencias, fabricadas en cadena.

Todos ponen cara seria, pero todos saben que aquello es una caseta de feria, sobre todo los muchachos de la escolta que tienen mucha menos picardía. En 1945, en la prisión de tránsito de Novosibirsk, la escolta ordenaba a los presos que llegaban llamándolos por sus respectivos artículos:«¡Fulano de Tal!, 58-1a, veinticinco años». El jefe de la escolta estaba intrigado: «¿Y a ti por qué te han echado veinticinco años?». «Pues, por nada.» «¡Mentira. Por nada, lo que te cae son diez!»

Si el tribunal tiene prisa, la «deliberación» dura un solo minuto: lo que tardan en entrar y salir. Cuando la jornada de trabajo del tribunal se alarga dieciséis horas seguidas, por la puerta de la sala de reuniones puede verse un mantel blanco, una mesa puesta y unos centros con frutas. Si no tienen mucha prisa, gustan de echarle «psicología» a la lectura de la sentencia: «...condenar a la medida suprema...». Una pausa. El juez mira al condenado a los ojos, le resulta interesante saber cómo lo está encajando, qué debe sentir en un momento así; «...Mas, teniendo en cuenta su sincero arrepentimiento...».

Todas las paredes de la sala de espera del tribunal están llenas de inscripciones, arañadas con clavos o a lápiz: «Me han condenado a muerte», «me han condenado a veinticinco años», «me han condenado a diez años». Estas muescas no las borraban: eran edificantes. Teme, baja la cabeza, no pienses que puedes cambiar algo con tu conducta. Aunque pronunciaras un discurso digno de Demóstenes para defenderte ante un puñado de jueces en la sala vacía (Olga Sliozberg en el Tribunal Supremo, 1938), no te serviría de nada. Lo único que puedes conseguir es elevar tu pena de diez años a la capital si por ejemplo les gritas: «¡Sois unos fascistas! ¡Me avergüenzo de haber militado varios años en vuestro partido!». (Nikolai Semió-novich Daskal, ante la Magistratura Especial de la región del mar Negro y del mar Azov, presidida por Jelik, en Maikop, 1937), entonces te endiñan un nuevo proceso y ya estás perdido.

Chavdárov recuerda un juicio en el que los acusados, ya ante el tribunal, se retractaron de las falsas declaraciones que habían hecho durante la instrucción del sumario. ¿Y qué pasó? pues que si hubo una interrupción, ésta no duró más que algunos segundos, lo justo para que los jueces intercambiasen unas miradas, y que el fiscal exigió un receso sin explicar por qué. Los jueces de instrucción llegaron volando desde sus respectivas cárceles, acompañados de los correspondientes maceros. Propinaron una buena paliza a todos los acusados, repartidos por los boxes, y les prometieron que si volvían a interrumpir la vista los matarían a palos. Finalizado el receso, el juez volvió a interrogarles: esta vez todos se declararon culpables.

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