el caso del suicidio del ingeniero Oldenborger(Tribunal Revolucionario Supremo, febrero de 1922); un proceso que nadie recuerda, insignificante y nada característico. No es nada característico porque abarca una sola vida humana y porque ésta ya había terminado. Pero de no haber muerto, en el banquillo de los acusados se habría sentado aquel ingeniero, y con él una decena de hombres más, con quienes habría constituido un centro,y entonces el proceso se habría ajustado de lleno a los cánones. En cambio, quienes estaban ahora sentados en el banquillo eran el camarada Sedelnikov —un preeminente miembro del partido—, dos inspectores de la Rabkrin* y un par de sindicalistas.

A pesar de todo, como ocurre con la cuerda que se parte a lo lejos en la pieza de Chéjov, [194]hay algo inquietante en este proceso contra ese precoz precursor de los acusados en el caso Shajty o en el proceso contra el «Partido Industrial».

V.V. Oldenborger había trabajado treinta años en la Compañía de Aguas de Moscú y según parece, a principios de siglo ya era su ingeniero jefe. El país había conocido la Edad de Plata del arte, [195]cuatro Dumas estatales, tres guerras y tres revoluciones, y a pesar de ello, todo Moscú seguía bebiendo el agua que suministraba Oldenborger. Acmeístas y futuristas, reaccionarios y revolucionarios, junkers y guardias rojos, SNK, Cheká y RKI, todos bebían el agua pura y gélida de Oldenborger. No estaba casado, no tenía hijos, en toda su vida no había más que aquella red de suministro de aguas. En 1905 no había consentido que los soldados enviados a montar guardia se acercaran a las instalaciones porque «al no ser entendidos, los soldados podrían dañar las cañerías o las máquinas». (Y en aquel entonces, nadie pudo impedir que la red se declarara en huelga; en 1905 Moscú estuvo sin agua, por tanto, ¿fue Oldenborger en persona quizás el que cerró los grifos?) A la mañana siguiente de la Revolución de Febrero, dijo a sus obreros que la revolución había terminado, que ya era suficiente, que cada cual volviera a su trabajo, que el agua debía correr. Durante los combates de Octubre en Moscú, su única preocupación fue mantener el suministro de agua. Sus empleados, en huelga en respuesta al golpe de Estado de los bolcheviques, le pidieron que se uniese a ellos. Pero él respondió: «Perdonen ustedes, pero hay cuestiones técnicas que me impiden sumarme a la huelga. Por lo demás..., por lo demás, yo estoy con ustedes...». Tomó en custodia los fondos del comité de huelga, extendió un recibo, eso sí, pero una vez hecho esto, corrió en busca de una junta para una tubería averiada.

Mas poco importa: ¡era un enemigo! He aquí lo que le había dicho a un obrero: «El régimen soviético no se mantendrá ni dos semanas». En la nueva situación que precede a la NEP, Krylenko se permite una indiscreción ante el Tribunal Revolucionario Supremo: «No eran los especialistas los únicos que entonces lo pensaban, también nosotros lo creíamos a veces»(pág. 439, la cursiva es mía. - A.S.).

Mas poco importa: ¡era un enemigo! Como nos enseña el camarada Lenin: para vigilar a los especialistas burgueses necesitaremos al perro guardián de la RKI.

Desde entonces Oldenborger contó con dos de esos perros guardianes que no lo dejaban ni a sol ni a sombra. (Uno de ellos, Makárov-Zemlianski, un vivales empleado de oficinista en la Compañía de Aguas y más tarde despedido por «conducta improcedente», ingresó en la RKI porque «pagaban más», ascendió hasta llegar a la sede del Comisariado Popular en Moscú porque «la paga era todavía mejor», y tuvo así ocasión de controlar a su antiguo jefe y vengar su afrenta con toda su alma.) Pensemos que además el Comité Sindical, como es de suponer, tampoco dormía, por algo era el mejor defensor del obrero. Y que los comunistas se habían hecho los amos de la Compañía de Aguas. «Los altos cargos deben ser desempeñados exclusivamente por obreros, sólo los comunistas deben detentar el mando en toda su plenitud. Este proceso confirma la validez de esta afirmación» (pág. 433). Añadamos que la organización del partido en Moscú tampoco le quitaba la vista de encima a la Compañía de Aguas. (Y detrás de ella, estaba además la Cheká.) «Con sana hostilidad de dasesentamos, en su día, las bases de nuestro Ejército; y en nombre de esta misma hostilidad, no confiaremos ahora ni un sólo puesto de responsabilidad a personas ajenas a nuestro bando, sin poner a su lado a un [...] comisario» (pág. 434). Inmediatamente empezaron a enmendarle la plana al ingeniero jefe, a darle orientaciones, a reprenderle y cambiarle el personal técnico sin su consentimiento («limpiaron a fondo aquel nido de negociantes»).

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