Ya hemos visto que según entendían las autoridades la separación entre Iglesia y Estado, todos los templos y todo cuanto había en ellos colgado, expuesto o pintado, pasaba al Estado, y que a la Iglesia la única casa de Dios que le correspondía era la que, según las Sagradas Escrituras, llevaban los hombres en el alma.Y en 1918, cuando parecía haberse alcanzado la victoria política —más rápida y fácilmente de lo que se esperaba— se dispuso la confiscación de los bienes de la Iglesia. Sin embargo, este primer asalto provocó demasiada indignación popular. En plena vorágine de la guerra civil hubiera sido una imprudencia abrir otro frente interior, esta vez contra los creyentes. No hubo más remedio que aplazar el diálogo entre comunistas y cristianos hasta mejor ocasión.

Al final de la guerra civil, y como consecuencia natural de la misma, hubo en la región del Volga la peor ola de hambre de todos los tiempos. Como esta situación no es precisamente una perla en la corona del vencedor, no suele dedicársele más que un par de líneas. Y sin embargo, fue una hambruna que llevó a los hombres a la antropofagia, hubo padres que se comieron a sus propios hijos, fue un hambre como Rusia no había conocido ni en el Periodo de los Desórdenes* (pues entonces, según atestiguan las crónicas, las gavillas de trigo pasaron varios años bajo la nieve y el hielo sin que nadie las tocara). Bastaría una sola película sobre esta hambre para arrojar luz sobre todo cuanto hemos visto y sobre todo cuanto sabemos de la Revolución y la guerra civil. Pero no hay películas, ni novelas, ni estadísticas: es mejor olvidar, no es una visión agradable. Además, cuando hablamos de oleadas de hambre y de sus causas , estamos acostumbrados a echarle la culpa a los kulaks,¿pero cómo iba a haber kulaks si todo el mundo estaba muriéndose de hambre? V.G. Korolenko, en sus Cartas a Lunacharski(que a pesar de la promesa del destinatario, nunca se publicaron en nuestro país), [197] 02explicaba que el hambre y la miseria generalizados se debieron al total desmoronamiento de la producción (los obreros habían sido llamados a filas) y a la pérdida de confianza de los campesinos, que no contaban con poder conservar ni siquiera una parte de la cosecha. Además, ya llegará el día en que alguien calcule cuántos fueron los interminables trenes cargados de alimentos que —en virtud del Tratado de Brest-Litovsk— estuvimos enviando durante meses desde una Rusia privada hasta del derecho a protestar, vagones procedentes de las regiones que sufrirían el hambre, a la Alemania del Kaiser, que libraba sus últimos combates en Occidente.

Estamos ante una cadena de causas y consecuencias concisa y directa: si en el Volga llegaron a comerse a sus hijos fue porque antes los bolcheviques se habían apoderado del poder por la fuerza provocando una guerra civil.

Pero el político de talento ha de saber sacar partido de las desgracias del pueblo. Fue como un arrebato de inspiración, como matar tres pájaros de un tiro: ¡Pues que los popes den de comer a las gentes del Volga!¿O es que no son almas cristianas y compasivas?

1) Si se niegan, les cargamos a ellos toda la culpa del hambre y acabamos con la Iglesia.

2) Si acceden, dejamos limpios los templos.

3) De un modo o de otro, llenamos de divisas las arcas del Estado.

Es probable que este plan se inspirara en el comportamiento de la propia Iglesia. Como atestigua el patriarca Tijon, ya en agosto de 1921, cuando empezaba el hambre, la Iglesia creó unos comités diocesanos y panrusos de auxilio a los hambrientos e inició una cuestación. Pero permitir la ayuda directa de la Iglesia a las bocas hambrientas era tanto como poner en entredicho la dictadura del proletariado. Se prohibieron los comités y el dinero pasó al erario público. El Patriarca recurrió hasta al Papa de Roma y al Arzobispo de Canterbury, pero también en esto le cortaron las alas, pues sólo el régimen soviético tenía potestad para mantener negociaciones con extranjeros. Además, ¿a qué venía ir dando voces de alarma?: el régimen —decían los periódicos— disponía de recursos propios y suficientes para atajar el problema del hambre.

Pero en el Volga la gente estaba comiendo hierba y suelas de zapato, y royendo los marcos de las puertas. Al final, en diciembre de 1921, el Pomgol* (Comité Estatal de Auxilio a los Afectados por el Hambre) propuso a la Iglesia que hiciera donación de sus tesoros a beneficio de los hambrientos —no todos, sino de los que no fueran canónicamente necesarios para la liturgia—. El Patriarca accedió y el Pomgol dictó una normativa: ¡Toda donación debía ser voluntaria! El 19 de febrero de 1922 el Patriarca hizo pública una carta pastoral que autorizaba a los consejos parroquiales a donar los objetos no sacramentales.

Una vez más, todo podía irse al garete y acabar en un compromiso conciliador que neutralizara la voluntad proletaria.

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