Aunque derrotados por las armas, no mostraron el menor arrepentimiento político. No se hincaron de rodillas ante un Consejo de Comisarios del Pueblo autoproclamado como Gobierno. Se obstinaron en afirmar que el único Gobierno legítimo había sido el precedente. Se negaron a reconocer de inmediato el fracaso de una línea política que habían estado siguiendo durante veinte años (no hay duda de que había resultado un fracaso, pero por entonces aún no era patente), no pidieron clemencia, ni ser disueltos o dejar de ser considerados un partido. (Según este mismo principio, también serían considerados ilegales los gobiernos locales y de las regiones fronterizas: Arjánguelsk, Samara, Ufa u Omsk, Ucrania, Don, Ku-bán, Urales o Transcaucasia, ya que se constituyeron en gobiernos después de que el Sovnarkom se erigiera como tal.)
Veamos la segunda acusación. Habían abierto aún más la brecha de la guerra civil al manifestarse en las calles los días 5/18 y 6/19 de enero de 1918, en abierta rebelión contra el poder legítimo del Gobierno obrero-campesino: habían defendido su ilegal Asamblea Constituyente (elegida por sufragio universal, indistinto, secreto y directo) ante unos marinos y guardias rojos que, con pleno derecho, arremetieron tanto contra la Asamblea como contra los manifestantes. Por eso había empezado la guerra civil, porque no toda la población se había sometido obedientemente y a la vez a los legítimos decretos del Sovnarkom.
Tercera acusación: no reconocían la paz de Brest-Litovsk, una paz legítima y redentora que no había descabezado a Rusia, que tan sólo le había arrancado un trozo de su cuerpo. Concurren pues —decía el pliego de acusaciones— «todas las circunstancias de
¡Alta traición al Estado! La traición es una peonza, no importa las vueltas que dé... siempre acaba cayendo del mismo lado.
Y de ahí dimanaba otra grave acusación, la cuarta: en verano y otoño de 1918, cuando la Alemania del Kaiser sostenía a duras penas sus últimos meses y semanas de combates contra los aliados, cuando el Gobierno soviético, fiel al Tratado de Brest-Litovsk, respaldaba a Alemania en esa dura lucha con trenes de víveres y entregas mensuales de oro, los socialistas revolucionarios prepararon a traición (a decir verdad no prepararon nada, porque lo que más se avenía con su modo de obrar era, en todo caso, estudiar qué pasaría si...) un plan para volar las vías al paso de uno de los convoyes, de modo que el oro no saliera de la patria. O lo que es lo mismo: «tentativa de destrucción criminal del patrimonio del pueblo: las vías férreas». (Todavía no les daba vergüenza: no ocultaban que, efectivamente, estaba enviándose oro ruso hacia el futuro imperio de Hitler, y no se le ocurrió a Krylenko, con sus dos carreras, la de historia y la de derecho —ni ninguno de sus colaboradores se lo insinuó—, que si los raíles de acero eran bienes del pueblo, ¿qué no serían entonces los lingotes de oro?)
Este cuarto cargo de la acusación conducía de forma inexorable al quinto: los socialistas revolucionarios esperaban hacerse con los medios técnicos para volar las vías gracias al dinero recibido de los representantes de los aliados (para no entregar el oro a Guillermo tomaban dinero de la Entente). ¡Eso era ya el colmo de la traición! (Por lo que pudiera venir después, Krylenko dejó caer algo sobre ciertas relaciones entre los socialistas revolucionarios y el Estado Mayor de Ludendorff, pero la piedra no dio en el blanco y hubo que dejar el tema.)
De ahí a la sexta acusación no había más que un paso: ¡en 1918 los eseristas habían sido
En fin, del séptimo al décimo punto de la acusación se hablaba de colaboración con Savínkov, o con Filonenko, o los kadetés, o la «Unión para el Renacimiento», o con los del forro blanco* o hasta con los Guardias Blancos.