Hasta aquí la cadena de acusaciones, desgranadas con minucia por el fiscal (le habían restituido esta denominación con ocasión del proceso). Ya fuera a fuerza de cavilar a solas en su despacho, o fruto de súbitas inspiraciones en el estrado, el caso es que supo dar con un tono cordial y compasivo, amistosamente reprobador, que iría cultivando en los procesos siguientes con más aplomo y profusión, y que en 1937 habría de proporcionarle un éxito apoteósico. Su tono buscaba una comunión entre jueces y acusados frente al resto del mundo. Era una melodía que se tocaba con la cuerda más sensible del acusado. Desde el estrado de la acusación, decían a los socialistas revolucionarios:
¡Cómo no había de rompérseles el corazón a algunos de los acusados!: ¿cómo habían podido caer tan bajo? Y es que la compasión del fiscal en una sala iluminada impresiona mucho al preso recién sacado de la celda.
Krylenko encontró aún otro derrotero lógico (que resultaría muy útil a Vyshinski contra Kámenev y Bujarin): al entrar en alianzas con la burguesía aceptasteis su ayuda financiera. Primero la tomasteis por la causa, de ningún modo para los fines del partido, pero
Tantas acusaciones colmaban ya con creces la medida y el tribunal habría podido retirarse a deliberar, a cargarle a cada uno el castigo merecido, pero se habían metido en un embrollo:
—todos los hechos imputados al partido eserista habían tenido lugar en 1917 y 1918;
—en febrero de 1919, el consejo del PSR dispuso el cese de hostilidades contra el régimen bolchevique (ya fuera porque estaban agotados por la lucha o persuadidos por la conciencia socialista). Tras lo cual, el 27 de febrero de 1-919 el gobierno soviético decretó la amnistía de los socialistas revolucionarios por todo su pasado. El partido fue legalizado y salió de la clandestinidad, pero al cabo de dos semanas empezaron las detenciones en masa y le echaron el guante a toda la cúpula del partido (¡eso sí es hacer las cosas a la soviética!);
—desde aquellos tiempos los eseristas no habían vuelto a la lucha en la calle, y menos aún tras ser puestos en prisión (su Comité Central se encontraba encerrado en Butyrki y por alguna razón no se había fugado, como era costumbre en tiempos del zar), de modo que después de la amnistía no habían hecho nada hasta el presente 1922.
¿Cómo salir del atolladero?
¡Por si fuera poco, no sólo habían renunciado a la lucha, sino que habían reconocido al régimen soviético! (Es decir, que habían abjurado del extinto Gobierno Provisional y también de la Asamblea Constituyente.) Sólo pedían que se celebraran elecciones a los soviets y que los partidos tuvieran libertad para hacer campaña. (Y todavía ante el tribunal, el acusado Hándelman, miembro del Comité Central, se atrevería a pedir: «Dadnos la posibilidad de gozar de toda la gama de lo que se conoce como derechos civiles y nosotros no infringiremos ninguna ley». ¿Pero qué se habrán creído?, ¡Vamos, hombre! ¡Y además «toda la gama»!)
¿Pero han oído ustedes? ¡Por ahí se ve despuntar el repugnante morro de la burguesía! ¿Pero será posible?
¿Y encima queréis que los partidos tengan libertad para hacer campaña, hijos de perra?
Toda persona políticamente sensata —afirma Krylenko— no podía sino responder echándose a reír o encogiéndose de hombros. De ahí esta justa decisión: «impedir inmediatamente, con todos los medios represivos de que dispone el Estado, que dichos grupos tengan la posibilidad de hacer propaganda contra el régimen» (pág. 183). ¡Por esto, todo el Comité Central del PSR (al menos los que habían podido agarrar) estaban en la cárcel!
¿Pero de qué acusarlos ahora? «La instrucción judicial no ha investigado este periodo en igual medida», se lamenta nuestro fiscal.