El Código es tan reciente que Krylenko no ha tenido tiempo de aprenderse por su número cada artículo referente a actividades contrarrevolucionarias, ni siquiera los principales. ¡Pero hay que ver cómo los maneja! ¡Con qué profundidad los cita e interpreta! Uno creería que ellos y sólo ellos han sostenido durante décadas el pendiente filo de la guillotina. Y he aquí lo más innovador e importante: ¡La distinción entre métodosy medios,que reconocía el antiguo código zarista, ya no existe en nuestro país! ¡Ya no tiene la más mínima incidencia a la hora de formular cargos o dictar sentencia! ¡Para nosotros lo mismo son propósito y acción! ¿Que habéis tomado una resolución? Pues por ella os juzgamos. Que «haya sido puesta o no en práctica carece de importancia sustancial» (pág. 185). Murmurar a la esposa en el lecho qué bien estaría derribar al régimen soviético, hacer propaganda durante las elecciones, o haber puesto bombas, ¡todo es lo mismo! — ¡El castigo era el mismo!

Del mismo modo que a un pintor penetrante le bastan unos pocos y rápidos trazos de carboncillo para hacer brotar de súbito un retrato, en este esbozo que es 1922 cada vez se perfila con mayor nitidez todo el panorama de 1937, 1945 y 1949.

Fue la primera experiencia de proceso público ofrecido a la vista de Europa y también la primera experiencia de «indignación popular». Una indignación particularmente lograda.

Veamos cómo transcurrió. Las dos Internacionales Socialistas* —la segunda y la «segunda y media» (la Unión de Viena)— ;durante cuatro años habían estado presenciando, si no con entusiasmo, al menos con toda imperturbabilidad, cómo los bolcheviques degollaban, quemaban, anegaban, fusilaban y oprimían a su país en aras del socialismo, y no veían en ello más que un grandioso experimento social. Pero cuando en la primavera de 1922 Moscú anunció que iba a llevar a cuarenta y siete socialistas revolucionarios ante el Tribunal Revolucionario Supremo, los líderes socialistas europeos se inquietaron y alarmaron.

A principios de abril se celebró en Berlín una conferencia de las tres Internacionales (estando representada la Komintern por Bujarin y Radek) con objeto de constituir «un frente unido» contra la burguesía, y los socialistas exigieron de los bolcheviques que renunciaran a este juicio. Como quiera que el «frente unido» era muy necesario en interés de la revolución mundial, la delegación de la Komintern decidió —por cuenta propia— contraer los siguientes compromisos: el proceso sería público, a él podrían asistir representantes de todas las Internacionales y levantar actas taquigráficas, se permitiría a los acusados designar abogados defensores, y lo más importante, arrogándose las competencias del tribunal (lo cual para los comunistas era una cosa sin importancia, y a lo que los socialistas tampoco pusieron inconveniente): en este proceso no se dictarían sentencias de muerte.

Alegría entre los líderes socialistas, que deciden, sin pensárselo dos veces, actuar como defensores de los acusados. Pero Lenin (quien ignoraba estar viviendo sus últimas semanas antes del primer ataque de parálisis) replicó con severidad en Pravda:«Hemos pagado un precio demasiado alto». ¿Cómo han podido prometer que no habrá penas de muerte y permitir que suban a nuestros estrados esos socialtraidores? Por lo que siguió después, vemos que Trotski estaba completamente de acuerdo con él y que Bujarin no tardó en arrepentirse. El periódico Die Rote Fahne,*órgano de los comunistas alemanes, manifestó que muy idiotas habrían de ser los bolcheviques para creerse obligados a respetar los compromisos contraídos: y es que en Alemania, el «frente unido» se había roto, por lo cual aquellas promesas habían perdido todo valor. Pero los comunistas ya habían empezado a comprender la ilimitada fuerza de su proceder histórico. En vísperas del proceso, en mayo, Pravdadecía: «Cumpliremos rigurosamente los compromisos contraídos. Pero, más allá del marco del proceso judicial, esos señores deberán verse sometidos a unas condiciones que amparen a nuestro país de las tácticas incendiarias propias de esos infames». Al son de esta música, a fines de mayo los famosos socialistas Van-dervelde, Rosenfeld y Teodor Liebknecht (hermano del asesinado Karl) partieron hacia Moscú.

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