Y he aquí que los tres eremitorios donde estaban confinados los socialistas —San Sawa, la Trinidad y Muksalma— a pesar de hallarse dispersos en distintas islas, fueron capaces de ponerse de acuerdo a escondidas. El mismo día, las fracciones políticas de las tres ermitas hicieron llegar una declaración y un ultimátum a Moscú y a la administración de Solovki para que los sacaran a todos de allí antes de que quedara interrumpida la navegación, o que el régimen continuara sin cambios. El plazo del ultimátum era de dos semanas y en caso de negativa, las tres ermitas se declararían en huelga de hambre.

Semejante unidad hizo que se les escuchara. Un ultimátum como aquél no podía dejarse de tener en cuenta. Sin embargo, la víspera de cumplirse el plazo se presentó Eichmans en cada una de las ermitas e informó de que Moscú había rechazado las demandas. El día señalado empezó en las tres ermitas (que habían perdido ahora la posibilidad de comunicarse) una huelga de hambre (aunque no era un ayuno «en seco», pues agua sí bebían). En San Sawa secundaron la huelga alrededor de doscientos hombres, salvo los enfermos, a quienes dispensaron del ayuno. Uno de los presos, que era médico, visitaba cada día a los hombres en huelga. Siempre es más difícil la huelga de hambre colectiva que la individual, puesto que la primera debe regirse por los más débiles y no por los más fuertes. Una huelga de hambre sólo tiene sentido si existe una determinación implacable, si cada hombre conoce personalmente a los demás y está seguro de ellos. Dada la existencia de diversas fracciones políticas, y tratándose de varios centenares de hombres, las discordias eran inevitables, así como la carga moral de unos sobre otros. Después de quince días, en San Sawa hubo que proceder a una votación secreta para decidir si se continuaba la huelga o se desconvocaba (la urna fue pasando por las habitaciones).

Moscú y Eichmans se mantenían a la expectativa: a fin de cuentas, ellos estaban bien comidos, los periódicos de la capital no habían puesto el grito en el cielo por lo de la huelga, y los estudiantes no convocaban mítines ante la catedral de la Virgen de Kazán. [247]Un hermético silencio había comenzado a conformar de forma inexorable nuestra historia.

Las ermitas cesaron la huelga. Por tanto no alcanzaron ninguna victoria. Pero, según se vio después, tampoco habían perdido: durante el invierno se mantuvo el antiguo régimen, al que sólo se añadió la tarea de recoger leña en el bosque, lo cual no estaba exento de cierta lógica. En la primavera de 1925 pareció, por el contrario, que la huelga se había ganado: ¡Se llevaron de Solovki a los presos de las tres ermitas que habían tomado parte en la huelga! ¡Se los llevaban al continente! ¡Se acabaron la noche polar y los seis meses anuales de incomunicación!

Pero la escolta que debía conducirlos era tan rigurosa (para lo que era aquella época) como exiguos eran los víveres previstos para el viaje. Pronto fueron víctimas de un pérfido engaño: los separaron de sus dirigentes con el pretexto de que los síndicos estarían más cómodos en el vagón de «intendencia», que transportaba los pertrechos y provisiones. El vagón de los síndicos fue desengachado en Viatka y enviado al izoliatorde Tobolsk. Hasta llegar a este punto no comprendieron que la huelga de hambre del pasado otoño había fracasado: los separaban de sus síndicos, fuertes e influyentes, para poder someter al resto al nuevo régimen penitenciario. Yagoda y Katanián dirigieron en persona el traslado de los antiguos reclusos de Solovki a un centro penitenciario que ya existía desde hacía tiempo pero que hasta entonces no había estado habitado, el izoliatorde Verjne-Uralsk, que este grupo «inauguró» en la primavera de 1925 (Dupper fue el alcaide) y que en décadas sucesivas sería un célebre y temido lugar.

En el nuevo lugar los veteranos de Solovki perdieron inmediatamente su libertad de movimiento, pues las celdas se cerraban con llave. Consiguieron pese a todo elegir a unos nuevos síndicos, pero éstos no estaban autorizados para ir de celda en celda. Se prohibió el derecho, hasta entonces ilimitado, a intercambiar dinero, objetos y libros entre celdas. Los reclusos se hablaban a gritos por las ventanas, hasta que un día el centinela disparó contra las celdas desde su torre. Aquellos veteranos respondieron organizando lo que denominaban una «protesta por obstrucción»: rompieron los cristales y dañaron el material de la prisión. (Pero en nuestras cárceles hay que pensárselo muy bien antes de romper una ventana, pues puede que no las reparen en todo el invierno, no tendría nada de extraño. En tiempos del zar sí se podía, porque el vidriero acudía al instante.) La lucha continuó, pero ya con desesperación y llevando las de perder.

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