¿A qué se debieron aquel ensanchamiento del asta, aquella suavización? Figner los atribuye en parte a la humanidad de algunos alcaides aislados, y en parte al hecho de que «los gendarmes se hicieron a los presos», de que se acostumbraron a ellos. En mucho se debió a la entereza de los presos, a su dignidad y su firme actitud. De todos modos, yo creo que estaba en el aire de aquellos tiempos, en aquella humedad y frescor general que disipaba los nubarrones de la tormenta, en aquella brisa de libertad que ya empezaba a soplar sobre la sociedad, ¡aquello dio el primer impulso! De no ser por esto, los lunes los habrían puesto a estudiar el Curso Breve junto con los gendarmes (bueno, aún no lo tenían) y les hubieran seguido apretando las clavijas, hubieran seguido tirando de la cuerda.
Y Vera Figner, por arrancarle los galones a un guardián, hubiera recibido, en lugar de la oportunidad de escribir sus memorias,
Naturalmente, el sistema penitenciario zarista no se tambaleaba ni llegó a relajarse porque sí, sino debido a que toda la sociedad, solidaria con los revolucionarios, ponía su empeño en zarandearlo y ridiculizarlo. El zarismo perdió la cabeza no en los tiroteos callejeros de febrero de 1917, sino algunas décadas antes, cuando la juventud de las familias acomodadas empezó a tener por un honor haber estado en la cárcel, y cuando los oficiales del Ejército (y hasta los de la Guardia) comenzaron a considerar deshonroso estrechar la mano de un gendarme.
Y cuanto más se relajaba el sistema penitenciario, con más nitidez prevalecía la «ética de los presos políticos», y los militantes de los partidos revolucionarios tanto más claramente tomaban conciencia de su fuerza y la de sus propias leyes, no dictadas por el Estado.
Así entraba Rusia en el año Diecisiete, y con él a cuestas, en el Dieciocho. Y si aquí pasamos inmediatamente al año 1918 es porque el objeto de nuestro análisis no nos permite detenernos en 1917: a partir de marzo se quedaron vacías todas las cárceles políticas (y también las de los comunes), así como las de prisión preventiva, las de reclusión y los presidios. Resulta asombroso cómo pudieron sobrevivir los funcionarios de prisiones y presidios, seguramente tuvieron que llegar a fin de mes a base de patatas cultivadas en pequeños huertos. (A partir de 1918 las cosas les irían mejor, y en la prisión de Shpálernaya, en 1928, servían sus últimos años con el nuevo régimen, como si nada.)
A partir del último mes de 1917 empezó a verse claro que sin cárceles no se iba a ninguna parte, que ciertas personas no podían estar más que entre rejas (véase el capítulo II), sencillamente porque en la nueva sociedad no había lugar para ellas. Así se salvó el espacio mullido entre las astas y pudo empezar a palparse la segunda protuberancia.
Como es natural, de inmediato se pusieron a proclamar que no se repetirían nunca más los horrores de las cárceles zaristas, que no podría darse ninguna clase de «reeducación coercitiva», ni imposición de silencio, ni incomunicación, ni aislar a los reclusos en los paseos, ni hacerles marcar el paso en fila india, y ni siquiera mantener las celdas cerradas con llave,
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38o sea, reunios, estimados huéspedes, charlad cuanto queráis, quejaos unos a otros de los bolcheviques. Mientras, los esfuerzos de las nuevas autoridades penitenciarias se concentraban en mejorar la eficacia de la guardia en el perímetro exterior de las cárceles y en integrar en el nuevo sistema de prisiones los establecimientos zaristas que habían heredado (ésta era precisamente