3. La alimentación forzada, un procedimiento tomado indiscutiblemente de los jardines de fieras. Para poder aplicarlo es imprescindible que haya secreto. No hay duda de que en 1937 la alimentación artificial estaba a la orden del día. Por ejemplo, en la prisión central de Yaroslavsk, a los socialistas en huelga de hambre colectiva se les aplicó a todos alimentación artificial a partir del decimoquinto día.
Este acto tiene mucho de violación, y en el fondo no es otra cosa: cuatro forzudos se precipitan sobre un ser debilitado para conseguir que rompa su voto una sola vez, luego ya no importa lo que sea de él. Es una violación porque se somete una voluntad ajena: no serás tú, sino yo quien se salga con la suya, así que tiéndete y sométete. Te abren la boca con un disco plano, te separan los dientes y te introducen un tubo: «¡A tragar!». Y si no tragas, te meten el tubo más adentro, de manera que el líquido alimenticio vaya a parar directo al esófago. Luego te dan un masaje en el vientre para que no recurras al vómito. Uno siente su alma profanada, y también un dulce sabor de boca y una succión jubilosa en el estómago, casi voluptuosa.
La ciencia ha hecho progresos y ha desarrollado otros procedimientos de alimentación, como la lavativa en el recto o las gotas en la nariz.
4. Una nueva forma de entender la huelga de hambre: dado que se trata de la continuación de la actividad contrarrevolucionaria dentro de la cárcel, debe ser sancionada con una prolongación de la pena. Ello prometía dar lugar a una nueva y riquísima categoría de prácticas en la Prisión de Nuevo Modelo, pero en esencia no pasó del terreno de las amenazas. Y si esta práctica no siguió adelante, evidentemente no fue por desenfado, sino tal vez por simple pereza: ¿Para qué complicarse la vida si podemos recurrir a la paciencia? Paciencia y más paciencia. La paciencia del harto frente al hambriento.
Hacia mediados de 1937 llegaron nuevas directivas: ¡En adelante, la administración de las cárceles
En otras palabras: ¿Conque quieres reventar? ¡Pues venga, adelante!
Arnold Rappoport tuvo la mala fortuna de iniciar su huelga de hambre justo cuando llegaron las nuevas directivas a la prisión interior de Arjánguelsk. Había escogido la forma más severa y, al parecer, más eficaz: un ayuno «en seco» del que llevaba ya trece días (comparen ustedes con los cinco días que aguantó en seco Dzerzhinski, que además probablemente no estaba en una celda aislada. Y su victoria fue total). En esos trece días, sólo un enfermero asomó alguna vez por la celda aislada donde lo tenían metido, ni siquiera fue a verle el médico, ni nadie de la administración se interesó, al menos, por saber qué pretendía con aquella huelga de hambre. No llegaron a preguntárselo... La única atención que le prestaron fue la de registrar a fondo la celda y quitarle un poco de tabaco barato y algunas cerillas que tenía escondidas. Pues bien, lo que exigía Rappoport era que cesara el trato vejatorio de que estaba siendo objeto durante la instrucción del sumario. Se había preparado científicamente para la huelga de hambre: del paquete que había recibido antes de iniciarla sólo había comido la mantequilla y las roscas blancas, mientras que llevaba una semana sin probar el pan negro. Llegó a tal extremo su ayuno que las palmas de las manos le transparentaban. Recuerda que tenía una gran sensación de ligereza y lucidez mental. Un día entró en su celda Marusia, una celadora amable y sonriente, que le susurró: «Abandone la huelga, no conseguirá nada, sólo morirse. Debió haberla empezado usted una semana antes...». Él le hizo caso y rompió el ayuno sin haber conseguido nada. Bueno, al menos le dieron tinto caliente y un panecillo, que ya es algo, y después los carceleros se lo llevaron en brazos a la celda común. Al cabo de unos días se reanudaron los interrogatorios. (No obstante, la huelga de hambre no había sido del todo inútil: el juez comprendió que Rappoport tenía una voluntad de hierro y que estaba dispuesto a morir, por lo cual suavizó el procedimiento de instrucción. «¡Me han dicho que eres un lobo!» —le dijo el juez—. «Cierto, un lobo», confirmó Rappoport, «pero nunca vuestro perro».)