Los objetos y los actos cambian totalmente de aspecto según desde donde se miren. En este capítulo hemos descrito la resistencia de los socialistas en prisión desde
Y a su vez, los trotskistas y los comunistas guardaban las distancias con los socialistas, de quienes estaban más a la «izquierda», y los consideraban tan contrarrevolucionarios como a los demás, y así cerraban en círculo el foso de su aislamiento.
Trotskistas y comunistas estaban convencidos de que su orientación política era la más pura y noble y por tanto desdeñaban e incluso odiaban a los socialistas (así como se odiaban entre sí), por más que todos estuvieran encerrados tras las mismas rejas y pasearan por los mismos patios. Recuerda E. Olitskaya que en 1937, en la prisión de tránsito de la bahía de Va-nino, los socialistas gritaban por encima de la tapia que separaba las secciones de hombres y de mujeres preguntando por los suyos o comunicándose noticias. Las comunistas Liza Kótik y María Krútikova estaban indignadas, pues creían que este comportamiento irresponsable de los socialistas podía atraer sobre todos el castigo de la administración. Esto es lo que decían: «Todos nuestros males vienen de esta chusma socialista (¡vaya una profunda explicación, y además qué dialéctica!). ¡Habría que estrangularlos a todos!». Y si aquellas otras dos muchachas que en 1925 se pusieron a cantar en la Lubianka habían elegido una coplilla sobre las lilas, era sólo porque una era socialista revolucionaria y la otra de la «oposición» (trotskista), y por tanto no tenían himnos en común. Además, en teoría, la oposicionista no tendría que haberse unido a una socialista revolucionaria en una protesta conjunta.
Y si en las prisiones zaristas los partidos a menudo habían hecho causa común (recordemos la evasión de la Casa Central de Sebastopol), en las cárceles soviéticas cada corriente creía defender la pureza de su bandera manteniéndose apartada de las demás. Los trotskistas luchaban al margen de los socialistas y de los comunistas, y los comunistas simplemente no luchaban, pues, ¿no hubiera sido intolerable luchar contra su propio régimen, contra sus propias cárceles?
Por esa misma razón, en cada
Esta diferencia en el trato penitenciario duró muchos años y se profundizó hasta llegar a convertirse en una diferencia en las recompensas. En 1937-1938 a los socialistas los encerraban como a todos los demás y también les caían los diez años de rigor. Pero por lo general, no les obligaban a autoinculparse, ya que ellos jamás habían ocultado que pensaban de manera diferente, y eso bastaba para que les cayera una condena. Pero a un comunista que no tenía
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