Los objetos y los actos cambian totalmente de aspecto según desde donde se miren. En este capítulo hemos descrito la resistencia de los socialistas en prisión desde supunto de vista, y como hemos podido ver, está iluminada por una luz pura y trágica. Pero aquellos KR de Solovki, a quienes los políticostrataban con desdén, los recuerdan de otra manera: «¿Los políticos?¡Vaya una gente desagradable! Miraban a todos por encima del hombro, siempre estaban en un grupo aparte, exigiendo raciones especiales y privilegios. Y peleándose entre sí a todas horas». ¿Cómo no ver que aquí hay también verdad? Y esas disputas infructuosas, interminables y hasta ridículas. ¿Y ese exigir raciones suplementarias cuando la mayor parte de prisioneros padecía hambre y miseria? En la época soviética, el honroso título de «político» se había convertido en un regalo emponzoñado. Y de pronto, surge aún otro reproche: ¿Por qué los socialistas, que en tiempos del zar se fugabanpor las buenas se habían aplacado tanto en las cárceles soviéticas? ¿Qué había sido de sus fugas? En general, no es que hubiera pocas evasiones, ¿pero quién recuerda haber oído que tomara parte en ellas un socialista?

Y a su vez, los trotskistas y los comunistas guardaban las distancias con los socialistas, de quienes estaban más a la «izquierda», y los consideraban tan contrarrevolucionarios como a los demás, y así cerraban en círculo el foso de su aislamiento.

Trotskistas y comunistas estaban convencidos de que su orientación política era la más pura y noble y por tanto desdeñaban e incluso odiaban a los socialistas (así como se odiaban entre sí), por más que todos estuvieran encerrados tras las mismas rejas y pasearan por los mismos patios. Recuerda E. Olitskaya que en 1937, en la prisión de tránsito de la bahía de Va-nino, los socialistas gritaban por encima de la tapia que separaba las secciones de hombres y de mujeres preguntando por los suyos o comunicándose noticias. Las comunistas Liza Kótik y María Krútikova estaban indignadas, pues creían que este comportamiento irresponsable de los socialistas podía atraer sobre todos el castigo de la administración. Esto es lo que decían: «Todos nuestros males vienen de esta chusma socialista (¡vaya una profunda explicación, y además qué dialéctica!). ¡Habría que estrangularlos a todos!». Y si aquellas otras dos muchachas que en 1925 se pusieron a cantar en la Lubianka habían elegido una coplilla sobre las lilas, era sólo porque una era socialista revolucionaria y la otra de la «oposición» (trotskista), y por tanto no tenían himnos en común. Además, en teoría, la oposicionista no tendría que haberse unido a una socialista revolucionaria en una protesta conjunta.

Y si en las prisiones zaristas los partidos a menudo habían hecho causa común (recordemos la evasión de la Casa Central de Sebastopol), en las cárceles soviéticas cada corriente creía defender la pureza de su bandera manteniéndose apartada de las demás. Los trotskistas luchaban al margen de los socialistas y de los comunistas, y los comunistas simplemente no luchaban, pues, ¿no hubiera sido intolerable luchar contra su propio régimen, contra sus propias cárceles?

Por esa misma razón, en cada izoliator,en cada cárcel, los comunistas fueron oprimidos antes y en mayor medida que los demás. En 1928, en la Central de Yaroslavl, la comunista Nadezhda Súrovtseva salía al paseo en una fila india de presos sin derecho a conversar, mientras los socialistas aún formaban ruidosos corrillos en el patio. Ya no se le permitía cuidar las flores que habían plantado en el patinillo los reclusos anteriores, los que habían luchado por sus derechos. Y también la privaron de los periódicos. (En compensación, la Sección Política Secreta de la GPU le permitía tener en la celda las obras completas de Marx, Engels, Lenin y Hegel.) Le concedieron una entrevista con su madre en una sala casi a oscuras. Desmoralizada, la madre murió al poco tiempo. (¿Qué podía pensar de las condiciones en que su hija cumplía condena?)

Esta diferencia en el trato penitenciario duró muchos años y se profundizó hasta llegar a convertirse en una diferencia en las recompensas. En 1937-1938 a los socialistas los encerraban como a todos los demás y también les caían los diez años de rigor. Pero por lo general, no les obligaban a autoinculparse, ya que ellos jamás habían ocultado que pensaban de manera diferente, y eso bastaba para que les cayera una condena. Pero a un comunista que no tenía ideas propias,¿de qué iban a acusarlo si antes no le arrancaban una confesión?

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