Nada más dar los primeros pasos en un centro de tránsito, el preso comprende que aquí no se haya bajo la férula de los celadores, de unos galones, ni tampoco de los de uniforme, no; todos éstos, mal que bien, aún se someten a alguna ley escrita. En la prisión de tránsito caes en manos de los enchufados.*Como el sombrío bañero que sale a recibir al convoy en que llegas a la prisión: «¡Venga, a lavarse, señores fascistas!». Como el capataz que asigna el trabajo en su tablilla de contrachapado, que escruta vuestra hilera y siempre os mete prisas; [275]como el educador,una cabeza rapada con tupé, que va dándose golpecitos en la pierna con un periódico enrollado mientras mira de reojo los sacos con que han entrado los reclusos; y como otros enchufados que el preso aún no conoce, pero cuya mirada ya está atravesando las maletas como rayos X. ¡Cómo se parecen todos! ¿O es que no has tropezado ya con ellos durante tu corto viaje al centro de traslado? ¿Dónde los habrás visto ya? Claro que entonces no iban tan pulcros ni relamidos, aunque sus jetas de bruto son las mismas, idéntico su rictus despiadado.

¡Mira por dónde! ¡Pero si son los cofrades de nuevo! ¡Son de nuevo los del gremio, que ya cantara Utiosov! Son Zhenka Zhogol, Serioga el Animaly Dimka el Revientatripas,sólo que ya no están entre rejas, ahora van limpitos, visten el ropaje de aquellos en que el Estado deposita su confianza y velan con prosapia [276] 54por la disciplina —nuestra disciplina, claro está—. Si observamos sus jetas detenidamente, con un poco de imaginación podemos llegar a reconocer en sus rostros unas fisonomías rusas como las nuestras; en otro tiempo hubieran sido muchachos campesinos cuyos padres se llamarían Klim, Prójor o Guri. [277]Además, están hechos igual que nosotros: dos fosas nasales, dos círculos irisados en los ojos y una lengua rosada para tragar alimento y pronunciar algunos sonidos del ruso, aunque —eso sí— hilvanados en forma de palabras que nunca antes habíamos oído.

Más tarde o más temprano, todo director de prisión de tránsito acaba teniendo la siguiente idea: con las nóminas del personal en plantilla se puede pasar un sueldo a los propios parientes sin que éstos tengan ni que salir de casa, o también se pueden repartir entre los jefes de la cárcel. Porque les basta dar un silbido para que se presenten tantos elementos socialmente afínescomo sea necesario, dispuestos a ejecutar esos trabajos, a cambio de quedarse escaqueadosen la prisión de tránsito, de no salir a las minas, a los yacimientos o a la taiga. Todos esos capataces, escribientes, contables, educadores, bañeros, peluqueros, responsables de almacén, cocineros, lavaplatos, lavanderas, sastres remendones de ropa interior, son presos en tránsito perpetuo, reciben su ración y obran en los registros con un número de celda. El resto de sopa y de manduca se lo procuran —sin ayuda de los jefes— en el perol común o en la arrobade los zeks en tránsito. Todos esos enchufados de la prisión de tránsito consideran con fundamento que en ningún campo van a estar mejor. Caemos en sus manos cuando aún no nos han desplumado a fondo y ellos nos despachan a placer. Aquí son ellos los que cachean en lugar de los carceleros, pero antes te proponen que les entregues tu dinero para guardártelo, y con toda la seriedad del mundo llevan una lista, ¡y acto seguido se esfuman, tanto la lista como el dinero! «¡Hemos entregado dinero!» «¿A quién?», se asombra el oficial que acaba de personarse. «¡Bueno, era uno así...!» «¿Sí, pero a quién exactamente?» Los enchufados tampoco han visto nada... «¿Y por qué se lo dieron?» «Es que pensábamos...» «¡Andaba pensando el pavo...! [278]¡Pues a ver si pensáis menos!» Y se acabó. O bien te aconsejaban que dejaras la ropa en la antesala del baño: «¡Nadie os va a quitar nada! ¿Pero quién quieres que se lleve eso?». Y ahí dejábamos la ropa. De todos modos, no se podía entrar con prendas al baño. Y al salir faltaban los jerseys, las manoplas de piel. «¿Cómo era tu jersey?» «De color gris...» «¡Bueno, pues será que ha ido él solito a que lo laven!» También pueden quitarte las cosas honradamente:a cambio de guardarte la maleta en el almacén, por conseguirte una celda donde no haya cofrades, para que te trasladen cuanto antes, o al contrario, para que tarden más en expedirte. Lo único que no hacen es desvalijarte directamente.

«¡Pero si éstos no son cofrades!», aclaran los expertos en la materia que hay entre nosotros. «Ésos son los perros,los que se han dejado comprar y se la tienen jurada a los ladrones decentes.Los decentes están en las celdas.» Pero es algo que cuesta comprender a nuestros cerebros de borrego. Las maneras son las mismas, los tatuajes también. Puede que sí, que sean enemigos de los ladrones decentes, pero tampoco son amigos nuestros, ya ven...

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