La prisión de tránsito de Kniazh-Pogost (sesenta y tres grados de latitud norte) se componía de un montón de chozas ¡asentadas sobre un cenagal! Las chozas consistían en un armazón de palos recubierto por una lona que no llegaba hasta el suelo. Dentro de la choza había unas literas de dos pisos, hechas también de palos (mal desbastados) y como pasillo entre ellas un piso igualmente de varas. De día, el cieno líquido salpicaba a través del suelo y de noche se congelaba. En diferentes lugares de la zona había que pasar sobre varas endebles e inestables y por todas partes la gente, que a causa de la debilidad no estaba para equilibrios, caía al cieno o a la aguacha. En 1938 en Kniazh-Pogost daban cada día lo mismo de comer: un cocido de alforfón y salvado con espinas de pescado. Resultaba ser lo más práctico, pues como el punto de tránsito carecía de escudillas, vasos y cucharas —y los presos con mayor razón—, llamaban a los presos por decenas al caldero y con unos cucharones les echaban esa masa en la gorra, los gorros de abrigo o en los faldones de la propia vestimenta.

O veamos, si no, el punto de tránsito de Vogvózdino (a pocos kilómetros de Ust-Vym), donde había cinco mil hombres. (¿Quién había oído hablar de Vogvózdino antes de leer estas líneas? ¿Cuántos puntos de tránsito desconocidos habrá? ¡Multiplicad los que se conocen por cinco mil!) Ahí hacían un cocido muy líquido, pero tampoco disponían de escudillas. Sin embargo supieron salir del paso (¡adonde no llegará el ingenio humano!): servían el bodrio en una palangana de bañopara cada diez hombres. ¡A ver quién comía más aprisa! (Esto también se vio en Kotlás.)

Cierto que en Vogvózdino nadie permanecía más de un año. (Y si alguien pasaba ahí tanto tiempo era porque estaba ya en las últimas y no lo querían en ningún campo.)

La vida cotidiana de los nativos del Archipiélago supera con creces la imaginación del literato. Cuando quiere describir la vida en prisión y hacer patente su máximo reproche e indignación, el escritor siempre recurre a la cubeta.¡La cubeta! La literatura la ha convertido en el símbolo de la cárcel, en el símbolo de la humillación y del hedor. ¡Cuánta frivolidad! ¿Es que creéis que la cubeta es un mal para el preso? ¡Pero si es el más misericordioso invento de los carceleros! Porque el horror empieza desde el instante mismo en que no hay cubeta en una celda.

En 1937 en algunas prisiones de Siberia no había cubeta, ¡no tenían bastantes! No se habían fabricado con antelación tantas como hubiera hecho falta y la industria siberiana no daba abasto ante tamaña avalancha de población reclusa. De modo que los depósitos estatales no podían atender la demanda de zambullos para tanta celda recién inaugurada. En las celdas antiguas sí los había, pero eran viejos y de poca capacidad. El sentido común aconsejaba retirarlos, pues, ante tal alud de reclusos, ahora eran tanto como nada. Así, en la prisión de Mi-nusinsk, construida en otros tiempos para albergar quinientos presos (Vladímir Ilich no estuvo en ella, y es que Lenin llegó hasta su lugar de destierro por su propio pie), se apiñaban ahora diez mil reclusos, ¡o sea que cada cubeta debiera haber aumentado de capacidad veinte veces! Pero los zambullos no crecen...

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