¿Y qué pasa entonces? Pues que el pacha accede. ¿O es que con ello no le estoy entregando el tocino, acatando su autoridad y revelando de paso una manera de ser cercana a la suya? ¿No entendería con ello que yo también tengo por costumbre cebarme en los más débiles? El pacha ordena a dos de aquellas figuras grises e indefinidas que abandonen su sitio en las literas inferiores cercanas a la ventana y que nos las cedan a nosotros. Ellos acatan sumisamente y nosotros nos tendemos en los mejores sitios. Aún lamentamos nuestras pérdidas durante un rato (los cofrades no ponen los ojos en mis pantalones gálifet*de oficial, no es ése su uniforme, pero uno de los ladrones está palpando ya los pantalones de paño de Valentín, se ve que le han gustado). Y no es hasta el anochecer que llega hasta nosotros el murmullo de nuestros vecinos. Nos están reprobando: ¿Cómo hemos podido pedir protección a los cofrades y enviar bajo los catres a dos de los nuestros?Y sólo entonces empieza a remorderme la conciencia por mi bajeza y se me suben los colores (durante muchos años enrojeceré de vergüenza sólo de pensar en ello). Aquellos seres grises de las literas inferiores son mis hermanos del Artículo 58-1-b, son prisioneros de guerra. ¿Acaso hace tanto tiempo que me juré a mí mismo que compartiría su suerte? Y ahora ya estoy metiéndolos bajo los catres. Cierto que no han salido en nuestra defensa ante los cofrades, pero ¿por qué debían defender nuestro tocino si nosotros tampoco lo hacíamos? Siendo prisioneros de guerra, ya han visto suficientes reyertas como para creer en las acciones nobles. Ellos no me han hecho ningún daño, pero yo a ellos sí.

Y así debemos darnos golpes una y otra vez, en el costado y en los morros, para convertirnos al fin aunque sea a fuerza de años, en personas... Para convertirnos en personas...

* * *

Y sin embargo, aunque pierda hasta la camisa, el novato necesita pasar por la prisión de tránsito. ¡Sin lugar a dudas! La prisión le permite ir acostumbrándose gradualmente al campo penitenciario. No habría corazón humano capaz de soportar un paso así de un solo golpe. No habría conciencia que pudiera orientarse tan de inmediato en este embrollo. Hay que meterse en ello poco a poco.

Además, la prisión de tránsito le brinda la ilusión de seguir en contacto con su familia. Desde aquí escribirá la primera carta a que tiene derecho. A veces para decir que no lo han fusilado, a veces para indicar adonde lo mandan, en todo caso son siempre las primeras y chocantes palabras que dirige a los suyos un hombre trillado ya por la investigación judicial. En casa le siguen recordando como era, pero él ya nunca volverá a ser el mismo. Es una certeza que de pronto estalla como un rayo en alguna de esas líneas retorcidas. Retorcidas porque por más que esté permitido enviar cartas desde una prisión de tránsito, por más que en el patio haya colgado un buzón, no hay quien consiga papel ni lápices, y mucho menos algo que sirva para sacar punta. De todos modos, siempre se podrá alisar un envoltorio de tabaco o de un paquete de azúcar, y en la celda alguien habrá que tenga un lápiz. Con esos garabatos indescifrables se escriben las líneas que han de traer la paz o el desasosiego a las familias.

Hay mujeres que tras recibir una de esas cartas pierden la cabeza y corren en pos de su marido hasta la prisión de tránsito, aunque jamás les concederán una entrevista y lo único que van a conseguir será traerle nuevas preocupaciones. Una de esas mujeres proporcionó, a mi entender, una idea para lo que habría de ser el monumento a todas las esposas. E incluso indicó el lugar para erigirlo.

Перейти на страницу:

Поиск

Похожие книги