Me colocaron en la cuarta pareja, y el jefe de la expedición, un sargento tártaro, me indicó con la cabeza que tomara mi maleta precintada, que habían puesto aparte. Aquella maleta contenía mis efectos de oficial y todo lo que había escrito, todo lo que me habían confiscado para condenarme.

¿Cómo que la maleta? ¿Él, un sargento, quería que yo, un oficial, agarrara y llevara una maleta? O sea, ¿que llevara un objeto voluminoso, algo prohibido por el nuevo reglamento interno? ¿Y que seis soldados rasos fueran a mi lado con las manos vacías? ¿Y por si fuera poco, teniendo a un representante de la nación vencida?

Al sargento no se lo expliqué de una forma tan complicada, pero sí le dije:

—Soy un oficial. Que la lleve el alemán.

Ninguno de los detenidos volvió la cabeza al oír mis palabras: estaba prohibido volverse. Sólo mi compañero de fila, uno de los «SU», me miró asombrado (cuando ellos habían abandonado nuestro Ejército, las cosas todavía eran de otra manera).

Pero el sargento del contraespionaje no se sorprendió. Aunque para él yo ya no era un oficial, los dos habíamos pasado por la misma instrucción. Llamó al alemán, que ninguna culpa tenía, y le ordenó que llevara la maleta. Menos mal que éste no había entendido nada de la conversación.

Todos los demás nos pusimos las manos a la espalda (los prisioneros de guerra no llevaban ni siquiera un petate, volvían a la patria como habían salido: con las manos vacías) y nuestra columna de dos filas de a cuatro se puso en marcha. Con la escolta sabíamos que no podíamos hablar, y charlar entre nosotros estaba terminantemente prohibido, ya fuera por el camino, en los altos o al hacer noche... Estábamos detenidos y debíamos caminar como si nos separaran unos tabiques invisibles, como si cada uno ya estuviera confinado en su propio calabozo.

Eran días inestables de primavera temprana. A veces se esparcía una ligera niebla y el barro líquido chapoteaba melancólicamente bajo nuestras botas, incluso en el firme de la carretera. Otras, el cielo escampaba y un sol suave y amarillo, inseguro aún de su poder, calentaba las colinas ya apenas cubiertas de nieve mostrándonos, diáfano, el mundo que debíamos abandonar. Otras, irrumpía en el cielo un hostil torbellino que arrancaba de los negros nubarrones una nieve que ni siquiera parecía blanca, y nos fustigaba con ella la cara, la espalda y los pies, empapando de frío nuestros capotes y peales.*

Seis espaldas ante mi, siempre las mismas seis espaldas. Hubo tiempo para examinar una y otra vez las torcidas y feas estampillas «SU», y también el lustroso terciopelo negro en el cuello del alemán. Hubo tiempo para reflexionar sobre la vida pasada y tomar conciencia de la presente. Pero de esto no era capaz. Aun después del estacazo, seguía sin comprender.

Seis espaldas. En su balanceo no había ni aprobación ni reprobación.

El alemán no tardó en cansarse. Se pasaba la maleta de una mano a la otra, se llevaba la mano al pecho y hacía señas a la escolta de que no podía más con ella. Y entonces, el que iba de pareja con él, un prisionero de guerra que sabe Dios qué habría visto en su reciente cautiverio alemán (puede que hasta la misericordia), por voluntad propia asió la maleta y la llevó.

Después le relevaron otros prisioneros, sin que tampoco fuera necesaria una orden de la escolta. Y de nuevo el alemán.

Pero no yo.

Y nadie me dijo ni palabra.

En cierta ocasión nos cruzamos con una larga columna de carretas que iban de vacío. Los carreteros nos observaban con interés y algunos hasta se encaramaban en alto para vernos mejor. No tardé en comprender que tanta animación y hostilidad tenían que ver conmigo, pues destacaba claramente de los demás: mi capote era nuevo, largo, cortado a medida, las tirillas del cuello aún no se habían descosido y los botones intactos sacaban al sol naciente destellos de oro barato. Saltaba a la vista que yo era un oficial fresco aún, recién capturado. Es posible, pues, que su alegría se debiera en parte al mero hecho de toparse con un oficial caído en desgracia (era un resplandor de justicia), aunque lo más probable es que en sus cabezas, embutidas de conferencias políticas, no pudiera caber que lo mismo podría haberle ocurrido a su jefe de compañía. En cualquier caso, todos a una habían concluido que yo venía del otrolado.

—¡Ya verás tú, cabrón vlasovista! ¡Hay que fusilar a este cerdo! —gritaban enardecidos los carreteros, con esa ira de la retaguardia (el patriotismo más fuerte siempre se da en la retaguardia) que aderezaban con una abundante lluvia de obscenidades.

Yo era para ellos una especie de maquinador internacional al que, pese a todo, habían echado el guante, con lo que ahora, en el frente, la ofensiva avanzaría con mayor rapidez y la guerra terminaría antes.

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