Cuando el juez Goldman le dio a Vera Kornéyeva el formulario 206 para que lo firmara, ésta hizo valer sus derechos y empezó a leer con detenimiento la causa contra los diecisiete miembros de su «grupo religioso». El juez se enfureció, pero no podía impedírselo. Para no aburrirse con ella, la dejó en una amplia oficina donde había media docena de funcionarios diversos y se marchó. Al principio, Kornéyeva sólo leía, pero al poco se entabló una conversación, quizá porque los funcionarios querían matar el tiempo, y Vera se puso a predicar en voz alta. (Había que conocerla. Era una persona brillante, con una mente despierta y sin pelos en la lengua, aunque sólo había trabajado de cerrajera, en una caballeriza y como ama de casa.) La escucharon en silencio, aunque a veces la animaban a profundizar con alguna pregunta. Se estaba revelando ante ellos algo inesperado. Se llenó toda la habitación, llegó gente de otras dependencias. Aunque es cierto que no se trataba de jueces de instrucción, sino de mecanógrafas, taquígrafas y encuadernadoras de expedientes, todos pertenecían a ese ambiente, al mundo de los Órganos en 1946. Me sería imposible reproducir aquí su monólogo, tuvo ocasión de decir muchas cosas. Sobre los traidores a la patria también: ¿Por qué no los hubo en la guerra patria de 1812, cuando existía el régimen de servidumbre? ¡Habría sido natural que los hubiera! Pero sobre todo habló de la fe y de los creyentes. Antes, dijo, anteponíais a todo vuestras pasiones desenfrenadas («roba lo robado»),
[111]y, naturalmente, los creyentes os estorbaban. Pero ahora que queréis
Reflexionemos acerca de esos que escuchaban a Kornéyeva en la oficina de la Seguridad del Estado, ¿por qué les alcanzaron tan vivamente las palabras de una insignificante presa?
El propio D.P. Térejov, del que ya hemos hablado, aún recuerda a su primer condenado a muerte: «Me daba lástima». Alguna parte de su corazón debía guardar aquel recuerdo (pero desde entonces, a los muchos que siguieron ya no los recuerda, y ya no lleva la cuenta).
Con este Térejov me ocurrió cierto caso. Mientras me estaba demostrando las excelencias del sistema judicial de Jruschov iba dando enérgicas palmadas sobre el cristal de la mesa, hasta que se cortó la muñeca con el canto del mueble. Pulsó el timbre, el personal se puso firmes y el oficial superior de guardia vino con yodo y agua oxigenada. Al reanudar la conversación, estuvo una hora con el algodón húmedo aplicado impotentemente en la herida. Me dijo que se le coagulaba mal la sangre. ¡Dios le estaba demostrando con toda claridad las limitaciones del hombre! Y él que juzgaba e imponía penas de muerte a otros...
Por más insensibles que fueran los vigilantes de la Casa Grande, ¿es posible que en su interior no hubiera quedado un trocito de alma, como un piñón en su cascara? Cuenta N.P-va. que en cierta ocasión la conducía a interrogatorio una celadora impasible, muda, de ojos impenetrables. De pronto, las bombas empezaron a estallar al lado mismo de la Casa Grande y parecía que acto seguido iban a caer sobre ellas. La vigilante se precipitó sobre ella y la abrazó presa del pánico, ansiando calor y respaldo humanos. Pero cesó el bombardeo. Y otra vez la misma mirada ausente: «¡Las manos atrás! ¡Camine!».