En los procesos judiciales alemanes aparece, ora aquí, ora allí, un fenómeno asombroso: el acusado se lleva las manos a la cabeza, renuncia a la defensa y no pide nada más al tribunal. El encausado dice que la lista de sus crímenes, revivida y proyectada de nuevo ante él, le llena de repugnancia. Ya no quiere seguir viviendo.
Es la más alta conquista que pueda alcanzar un tribunal: condenar el vicio hasta tal punto que sea el propio criminal quien se aparte repugnado de él.
Un país que ha condenado el vicio ochenta y seis mil veces en los tribunales (y que lo sigue condenando irrevocablemente en la literatura y entre la juventud), año tras año, peldaño tras peldaño, va purificándose de él.
¿Qué hemos de hacer nosotros? Algún día nuestros descendientes verán en varias de nuestras generaciones una estirpe de blandengues: primero permitimos sumisamente que nos mataran a millones, luego mimamos solícitamente a los asesinos en su próvida vejez.
¿Qué le vamos a hacer, si la gran tradición rusa de la con-tricción se les antoja incomprensible y ridicula? ¿Qué hacer si el pánico visceral a soportar aunque sólo sea una centésima parte del sufrimiento que han causado a otros es más fuerte que el afán de justicia? ¿Qué hacer, si hay manos codiciosas que se aferran a una cosecha de bienes regados con la sangre de los muertos?
Como es natural, los que accionaban la manivela de esa picadora de carne en 1937, por ejemplo, ya no son jóvenes, tendrán de cincuenta a ochenta años. Han pasado la mejor época de su vida y no han conocido la pobreza, sino la abundancia y la comodidad. Por eso ya no se les puede aplicar un desquite
—Sí, soy un verdugo y un asesino.
Y si esto se pronunciara en nuestro país tan sólo un cuarto de millón de veces (para no estar por debajo, en proporción con Alemania Occidental), ¿no sería ya bastante?
En pleno siglo XX ya no podemos seguir durante decenios sin distinguir entre atrocidades juzgables ante un tribunal y un «pasado» que no conviene «remover».
¡Debemos condenar públicamente la
¡Qué desasosiego, qué horror, vivir en semejante país!
5. La primera celda. El primer amor
¿Qué tienen que ver las celdas con el amor? Ah, claro, seguramente te encerraron en la Casa Grande durante el bloqueo de Leningrado, ¿verdad? Entonces se comprende, si sigues vivo es porque te encerraron allí. Era el mejor sitio de Leningrado, y no sólo para los jueces de instrucción que hasta vivían ahí y tenían despachos en los sótanos en caso de bombardeo. Bromas aparte, en aquella época, cuando en Leningrado la gente no se lavaba y tenía el rostro cubierto por una costra negra, en la Casa Grande al preso le daban una ducha caliente cada diez días. Cierto que sólo había calefacción en los pasillos, para los vigilantes —las celdas no se calentaban—, pero también es verdad que en la celda había agua corriente y un retrete. ¿En qué otro sitio de Leningrado había de esto? Y de pan, tanto como en la calle: ciento veinticinco gramos. Pero además, una vez al día, ¡caldo de carne de caballo! ¡Y kasha* líquida a diario!
¡Como para ser gato y tenerle envidia a los perros! ¿Pero y el calabozo? ¿Y la
No, no es por eso. No es por eso...
Hay que pararse por un momento y hacer repaso con los ojos cerrados: por cuántas celdas has pasado durante tu condena. Hasta cuesta contarlas. Y en cada una de ellas había gente, gente... En ésta, dos personas, en aquella, centenar y medio. En unas estuviste cinco minutos, en otras, un largo verano.
Pero siempre, entre todas las demás celdas de tu cuenta particular habrá una primera en la que encontraste a tus semejantes, hombres con quienes te unía un destino quebrado.