La recordarás toda la vida, y quizá sólo haya otra cosa que puedas recordar con tanta emoción: el primer amor. Y a estos hombres que compartieron contigo el suelo y el aire de aquel cubo de piedra —en unos días en que revisabas toda tu vida bajo un nuevo prisma— a estos hombres habrás de recordarlos como si fueran de la familia.
Y es que en aquellos días ellos eran tu única familia.
Lo vivido en la primera celda de tu sumario no tiene semejanza alguna con toda tu vida de
Seguramente, era un lugar horrible para un ser humano. Una cija infestada de piojos y de chinches, sin ventana, sin ventilación ni catres, con el suelo sucio, una caja denominada KPZ, dependiente de un soviet rural, una comisaría de policía, un puerto o una estación. [114] 2(Diseminadas por todo el país, las KPZ y las DPZ son lo que más abunda, es en ellas donde está el grueso de la gente.) Una celda individual en la cárcel de Arjánguelsk, donde los cristales están embadurnados de minio para que la mutilada luz del Señor te llegue sólo como un reflejo purpúreo y deba arder perpetuamente en el techo una bombilla de quince vatios. O la «individual» de la ciudad de Choibalsán, donde sobre seis metros cuadrados de suelo estuvimos durante meses catorce personas pegadas unas a otras, cambiando de sitio todos a una las piernas encogidas. O una de las celdas «psíquicas» de Lefórtovo, como la n° 111, pintada de negro, también con una bombilla de veinte vatios encendida las veinticuatro horas del día; pero en lo demás, como cualquier otra celda de Lefórtovo: piso de asfalto, el grifo de la calefacción en el pasillo, en manos del celador, y, lo más importante, un desgarrador rugido durante horas (de los túneles aerodinámicos del vecino Instituto Central de Aerodinámica e Hidrodinámica, aunque es imposible creer que no fuera adrede). Este rugido hacía que la escudilla y la taza se deslizaran por la mesa con la vibración, era inútil intentar hablar, aunque sí se podía cantar a pleno pulmón sin que te oyera el vigilante. Cuando cesaba el bramido te inundaba un bienestar mucho más dulce que la misma libertad.
Pero no era ese suelo sucio, ni esas paredes siniestras, ni ese hedor de la cubeta de lo que te encariñabas, sino de aquellas personas con las que obedecías la orden de dar media vuelta; te encariñabas de algo que trepidaba en vuestras almas, de sus palabras, a veces asombrosas, y de los pensamientos libres y flotantes que nacían en ti precisamente por estar ahí, unos pensamientos que hasta hacía poco no habrías podido alcanzar por resultarte demasiado elevados.
¡Y cuánto te había costado llegar a esta primera celda! Te habían tenido en un foso, o en un box, o en un sótano. Nadie te había dirigido una palabra humana, nadie te había mirado con ojos humanos, no hacían más que picotearte el cerebro y el corazón con sus fauces de hierro. Tú gritabas, tú gemías, y ellos reían.
Durante una semana, o un mes, te encontraste solo entre enemigos, te despediste ya de la razón y de la vida; y llegaste al punto de saltar del radiador de la calefacción para partirte la cabeza contra el cono de hierro del desagüe. Y de pronto, estabas vivo y rodeado de amigos. Y la razón volvía a ti.
¡Esto es la primera celda!
Esperabas esa celda, soñabas con ella casi tanto como con la liberación, pero te sacaban de una rendija para meterte en una madriguera, de Lefórtovo a la legendaria y diabólica Su-jánovka.
Sujánovka era una prisión terrible, una cárcel así sólo la podía tener el MGB. Los jueces de instrucción pronunciaban su nombre como un susurro siniestro para asustar al compañero preso. (Y a los que entraban en ella, después no había forma de preguntarles: o salían delirando incoherencias, o ya no estaban entre los vivos.)
Sujánovka era el antiguo monasterio de Santa Catalina y estaba formada por dos edificios: uno era el de condenados Y el otro, de sesenta y ocho celdas, el de reclusión preventiva mientras durase la instrucción. Los furgones tardaban dos horas en llegar allí. Pocos sabían que la prisión se encontraba a pocos kilómetros de Gorki Leninskie y de la antigua hacienda de Zinaida Volkónskaya. En sus alrededores se extiende un bello paraje.