El jardín estaba desierto, pero en la cima de la pendiente boscosa, una pequeña edificación en la que brillaba una luz se recortaba contra el cielo nocturno.
– Están allí arriba -dijo Sano.
Se adentraron en los árboles, faroles en mano, y ascendieron por un sendero esquivo y cubierto de hierbas. Atravesaron arbustos bajos, resbalaron sobre agujas de pino y hojas muertas y pasaron por encima de rocas y ramas caídas.
– Me parece que alguien nos sigue -dijo Hirata.
Sano hizo caso omiso de la advertencia. Salió sin aliento del bosque y, sobre la cima, vio un pabellón con tejado de juncos. Detrás de sus celosías brillaba una linterna. Llegaban unas voces de detrás del edificio, donde la tierra se encontraba con un cielo inmenso tachonado de estrellas.
– Por favor, prima. Matarla sólo empeorará las cosas. -Era el caballero Miyagi, con voz rasgada por la desesperación.
– No tenemos elección -dijo su esposa.
Mientras Hirata y Sano remontaban la breve distancia que los separaba de la cumbre, el caballero Miyagi empezó a sollozar.
– No saldrás bien parada de esto. Y puede que te ejecuten por asesinato. ¿Qué voy a hacer yo sin ti?
– Nada. -La voz de la dama Miyagi estaba teñida de amargo triunfo-. Durante treinta y tres años te he servido cumpliendo siempre tus deseos, protegiéndote de las consecuencias. Yo maté a la hija de los vecinos porque descubrió que la espiabas en el retrete cuando la invitábamos. Tenía miedo de que ocasionara problemas, de modo que envenené su té. Esto no es más que otra cosa que tengo que hacer para que nadie nos separe.
Así que la dama Miyagi había cometido el asesinato no resuelto que el magistrado Ueda había mencionado. Sin que el miedo dejara de agarrotarle el corazón, en el interior de Sano brotó una oleada de esperanza desbocada. Hablaban como si Reiko todavía estuviera viva. Jadeando, rodeó el pabellón y se detuvo en seco. La luz de su linterna cayó sobre tres figuras, a las que definió en titilantes planos de luz y sombras profundas. El caballero Miyagi estaba de rodillas en el sendero que bordeaba un precipicio para terminar en una brusca caída a un abismo en penumbra. De sus profundidades llegaba el rumor del agua de un río. A unos diez pasos, la dama Miyagi estaba plantada en el borde, sosteniendo a Reiko por el pelo. El viento agitaba sus brillantes ropas.
– ¡Reiko! -gritó Sano.
El daimio volvió hacia Sano un rostro arrasado de lágrimas. La dama Miyagi se giró de golpe. Tenía una daga pegada al cuello de Reiko. La cara de su esposa era una máscara de terror. Cuando vio a Sano se le colmaron los ojos de júbilo. Empezó a hablar, pero la dama Miyagi la pinchó con la punta de la hoja, con un grito áspero.
– ¡Calla!
– Tirad el cuchillo -ordenó Sano a la dama Miyagi, tratando de que su voz no sucumbiera al pánico. Estaba aterrorizado-. Quedáis arrestada por los asesinatos de la dama Harume y Choyei. -Supuso que Reiko debía de haber descubierto de algún modo la verdad, lo que había provocado el ataque de la dama Miyagi. Dejó la linterna en el suelo y le hizo un gesto con la mano-. Matar a mi mujer no os servirá de nada. Dejad que venga conmigo.
– Haz lo que dice, prima -suplicó el caballero Miyagi.
El arma vaciló en la mano temblorosa de la dama, pero no aflojó la mano que agarraba a Reiko. Tenía los ojos vidriosos de desesperación. Su larga cabellera ondeaba al viento. Sano apenas reconocía a la remilgada matrona que había visto dos días atrás. Con las mejillas encendidas, la barbilla manchada de sangre y los dientes a la vista en un rictus grotesco, parecía una loca. Y la vida de Reiko dependía de su habilidad para razonar con ella.
– Sosakan-sama, mi esposa no es mala persona, en realidad -dijo el caballero Miyagi-. La malvada era la dama Harume. Me hacía chantaje. Mi esposa sólo quiere protegerme.
– Si soltáis a Reiko -le dijo Sano a la dama Miyagi-, le recomendaré al sogún que tenga en cuenta las circunstancias especiales. Aconsejaré una sentencia más leve. -Su espíritu aborrecía la idea de dejar que una asesina escapara a la justicia, pero diría cualquier cosa, haría lo que fuera para salvar a Reiko-. Vamos, apartaos del precipicio y hablaremos.
La dama Miyagi no se movió. Sano vio que la garganta de Reiko se contraía, oyó que se le aceleraba la respiración y percibió lo vidrioso de sus ojos.
– Cálmate, Reiko -dijo en voz alta, temeroso de que muriera de terror-. No te va a pasar nada.
– Escucha al sosakan-sama -le rogó el caballero Miyagi a su esposa-. Él puede ayudarnos.
Pero la mirada enrojecida de la dama Miyagi pasó a Sano de largo, como si no existiera, para fijarse en su marido.
– Sí, Harume era malvada. -Llenas de sinceridad, las palabras surgían de algún lugar recóndito y oscuro de su interior-. Tuvo la audacia de concebir un hijo tuyo.
– ¿Un hijo mío? -El caballero Miyagi alzó la voz, lleno de confusión-. ¿De qué me hablas?