No cabe duda de que en este mundo hay cosas más fáciles que encontrar sitio en el aparcamiento del Hospital Nacional. Matthew encontró uno, por fin, a considerable distancia del edificio que alojaba el servicio de anatomía patológica. Þóra había llegado temprano a la oficina y había terminado una carta a la policía en la que solicitaba los informes, como representante de la familia. Metió la carta en un sobre que colocó en la bandeja de Bella y, aunque la secretaria tenía que ir hoy misino a correos, Þóra decidió incrementar la probabilidad de que fuera pegando encima del sobre un
– No está mal -dijo Matthew mientras aparcaba en un lugar que acababa de quedar libre.
Fueron caminando en dirección al pequeño edificio, situado detrás del bloque principal. Había nevado durante la noche y Matthew chapoteaba sobre las huellas de pisadas anteriores. Hacía muy mal tiempo, y una fuerte brisa del norte levantaba el pelo de Þóra. Esa mañana había decidido llevarlo suelto, pero ahora lamentaba aquella decisión, porque el viento se lo hacía volar en todas direcciones. «Menuda pinta tendré cuando lleguemos», pensó. Se detuvo un instante, dio la espalda al viento e intentó protegerse el pelo envolviéndose la cabeza en la bufanda. No ayudaba demasiado contra el frío, pero al menos consiguió proteger el pelo. Después fue tras Matthew a pasos rápidos.
Cuando llegaron por fin al edificio, él dejó de mirar, por primera vez, el lugar donde habían dejado el coche. Se quedó, sin darse cuenta, mirándola fijamente con la cabeza envuelta en la bufanda. Ella podía imaginarse perfectamente lo elegante que debía de parecer, y vio confirmada su idea cuando él levantó las cejas y dijo:
– Menudas barbaridades son capaces de hacer ustedes.
Þóra se contuvo, aunque se moría de ganas de tirarle algo. En vez de eso, se limitó a esbozar una falsa sonrisa y abrió la puerta. Se aproximó a una mujer que estaba dejando en el suelo un cubo de metal vacío y le preguntó dónde podría encontrar al médico forense que habían venido a ver. Después de preguntar si tenía cita con ellos, la mujer les invitó a pasar a un despacho al final de un corredor. Les pidió que esperasen un momentito mientras comprobaba si el doctor había vuelto ya de la reunión matinal.
Þóra y Matthew tomaron asiento en dos sillas arrimadas a la pared del pasillo.
– No pretendía molestarla. Perdone -dijo Matthew sin mirar a Þóra.
Þóra no tenía ningún interés en discutir sobre su aspecto, y no respondió nada. Se quitó la bufanda de la cabeza con toda la dignidad que le fue posible y se la puso sobre las piernas. Alargó un brazo para coger el montón de revistas medio rotas que había encima de una mesita colocada entre las sillas.
– ¿Pero a quién le puede interesar leer estas cosas? -murmuró mientras miraba las revistas.
– Supongo que los que vienen aquí no lo hacen precisamente en busca de lectura-respondió Matthew. Estaba sentado muy estirado, mirando fijamente hacia delante.
Þóra, molesta, dejó el montón de revistas.
– No, quizá no. -Miró el reloj y dijo impaciente-: Pero ¿dónde se habrá metido este hombre?
– Ya vendrá -fue la cortante respuesta-. En realidad me están entrando remordimientos por hacerla venir a esta reunión.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó ella, molesta.
– Me temo que esto le va a resultar de lo más desagradable -respondió, volviéndose hacia ella-. Usted no tiene experiencia en este género de cosas y no estoy nada seguro de que esto sea sensato, mejor sería que yo le contase a usted de qué va todo.
Þóra entornó los ojos.
– He parido dos hijos con los correspondientes dolores, sangre,
Matthew no parecía demasiado impresionado por la fenomenal experiencia de Þóra.
– Pues bastante. Pero se lo ahorraré; a diferencia de usted, yo no necesito defenderme con uñas y dientes.