Þóra apretó los ojos. El alemán aquel no era precisamente la persona más jovial que había conocido. Decidió enfrascarse en la lectura de La Atalaya en vez de intentar mantener una conversación Con él. Había leído ya la mitad de un artículo sobre la influencia de la televisión en la juventud del mundo, cuando un hombre de bata blanca apareció por el pasillo en dirección a ellos. Había cumplido ya los cincuenta, las sienes habían empezado a encanecer, pero estaba muy moreno de sol. Sus ojos estaban rodeados por unas marcas blancas, que indicaron a Þóra que se había pasado una buena temporada al sol. Se detuvo delante de ellos, y Þóra y Matthew se pusieron en pie.

– Buenos días -saludó el hombre, extendiendo la mano-. Þráinn Hafsteinsson.

Þóra y Matthew saludaron y se presentaron.

– Entren -dijo el forense en inglés, para que pudiera entenderle Matthew, y abrió la puerta de su despacho-. Discúlpenme por llegar tan tarde -añadió en islandés, dirigiéndose a Þóra.

– No se preocupe -respondió ella-. Ahí al lado hay montones de revistas interesantísimas; habría preferido esperar más -le sonrió.

El médico la miró extrañado.

– Sí, claro. -Entraron en el despacho, donde les recibió un ambiente no demasiado atractivo. Las paredes, en su mayor parte, estaban cubiertas de estanterías con libros técnicos y revistas de todos los tamaños y formas, y entre medias había varios archivadores. El médico fue hacia el gran escritorio donde todo estaba pulcramente ordenado y en su sitio, y les invitó a sentarse en unas sillas colocadas delante-. Bueno. -Puso las dos manos sobre el borde del escritorio al tiempo que lo decía, como queriendo dar a entender que en aquel momento daba comienzo realmente la reunión-. Imagino que seguiremos hablando en inglés. -Þóra y Matthew asintieron. Continuó-: No me resultará demasiado difícil, porque realicé mis estudios de posgrado en Estados Unidos. En cambio, el alemán no lo he vuelto a hablar desde que pasé el examen oral en la selectividad universitaria, hace ya tiempo, de modo que les ahorraré tener que oírme en esa lengua.

– Como le expliqué por teléfono, el inglés me parece perfecto -dijo Matthew, y Þóra intentó que su fuerte acento alemán no la hiciera sonreír.

– Bien -dijo el médico, que alargó el brazo para coger un fichero situado encima del montón de papeles de su mesa, delante de él. Se lo puso delante e hizo ademán de abrirlo- Ahora tendría que empezar disculpándome por el tiempo que fue necesario para conseguir el permiso para enseñarles el informe de la autopsia en su integridad. -Sonrió como para excusarse-. El papeleo que acompaña a estas cosas es siempre enorme, y no siempre resulta fácil de resolver cuando las circunstancias son infrecuentes, como en esta ocasión.

– ¿Infrecuentes? -dijo Þóra inquisitiva.

– Sí -respondió él médico-. Infrecuentes en el sentido de que las partes interesadas prefieren nombrar un representante para conocer los pormenores de la autopsia, así como que se trata de ciudadanos extranjeros. Durante un tiempo llegué a creer que haría falta la firma del difunto para conseguir el permiso, con tanta maraña burocrática. -Les sonrió de nuevo.

Þóra le devolvió cortésmente la sonrisa y de refilón pudo ver que el rostro de Matthew estaba como petrificado.

El médico desvió la mirada y continuó.

– Bien, el papeleo que hubo que superar no era, en realidad, lo único que convertía este caso en especial, y prefiero que ustedes lo comprendan bien antes de que empecemos. -El forense les miró y volvió a sonreír-. Y es que ésta ha sido probablemente la autopsia más insólita, más rara, en la que he participado, o que haya visto desde que terminé la carrera.

Þóra y Matthew no dijeron nada, en espera de que continuara. Ella visiblemente más intrigada que Matthew, que bien podría haber sido una estatua.

El forense carraspeó y abrió el archivador.

– Sin embargo, empezaremos por lo que podemos llamar más o menos convencional.

– Naturalmente. -En el interior de Matthew se hizo audible una especie de murmullo, pero Þóra intentó ocultar sus expectativas. Quería llegar hasta lo insólito.

– Bueno, la causa de la muerte fue asfixia por estrangulamiento -dijo el médico, dando un golpecito sobre la cubierta amarilla del archivador-. Cuando hayamos terminado les entregaré una copia del informe de la autopsia y así podrán apreciar las circunstancias de forma detallada, si lo desean. Lo principal, por lo que respecta a la causa de la muerte, se refiere a cómo fue estrangulado el difunto, y en ese sentido pensamos que se utilizó un cinturón de tela, no de cuero. El que lo hizo, o la que lo hizo, empleó mucha fuerza al apretar, pues dejó huellas muy profundas en el cuello. Tampoco es improbable que la presión se mantuviese más tiempo del necesario para causar la muerte, por algún motivo… suponemos que por un acceso de furia o rabia.

– ¿Cómo pueden saberlo? -preguntó Þóra.

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